Amir era el tercer hijo de Elena y Zayn, hermano de Karim, Layla y Sara. Y aunque todos lo respetaban, lo admiraban y lo querían como al hombre más noble y leal que existía, él cargaba con una soledad que nadie más podía comprender. Había nacido para proteger. Desde niño, mientras Karim aprendía a sentarse en un trono y dictar leyes, mientras Layla aprendía a blandir la espada y desafiar al mundo, Amir aprendía a vigilar, a esperar, a estar alerta. Se había convertido en el Capitán General de la Guardia Real y el Guardián de los Límites, el hombre que conocía cada sendero, cada bosque, cada escondite y cada peligro en los tres reinos de Al-Jazair, Velarion y Zoraya.
Incluye contenido (+18), si no les gusta, sigue tu recorrido.
¡Gracias y Bendiciones!
NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL LÍMITE DEL DESEO.
Las horas que separaron el atardecer de la medianoche fueron para Amir las más largas y agonizantes de toda su existencia. El tiempo parecía haberse detenido, cada minuto se estiraba como una cuerda tensa a punto de romperse, y su mente no podía alejarse ni un segundo de la imagen que Nalia le había dejado grabada a fuego: su cuerpo esbelto y curvo, la tela mojada pegada a su piel revelando cada contorno, sus ojos verdes brillando con desafío y promesas, y esas palabras que le resonaban en la cabeza una y otra vez: «Te dejaré verme. Te dejaré tocarme... pero solo con las manos. Te dejaré sentir todo lo que quieres, pero no te dejaré entrar».
Amir se paseaba de un lado a otro en sus aposentos, incapaz de quedarse quieto. Se había quitado la pesada armadura, vistiendo solo una túnica ligera de lino oscuro, abierta en el pecho y ceñida a la cintura, y unos pantalones ajustados que le marcaban las piernas fuertes y musculosas. Su piel estaba caliente, sus manos inquietas, y en su entrepierna, la dureza constante y dolorosa de su deseo no había disminuido ni un ápice desde el encuentro en el agua. Se tocaba la mandíbula, el cuello, el pecho, recordando la suavidad de los dedos de ella al rozarlo, recordando su aroma embriagador que parecía haberse quedado impregnado en su propia piel.
Sabía que esta noche sería la prueba definitiva. Nalia no era una mujer común; era mitad elfa, dueña de la paciencia eterna, y mitad hada, dueña de los placeres más sutiles y profundos. Ella sabía exactamente lo que hacía. Sabía que cada caricia prohibida, cada roce que se quedaba a medias, cada beso que no llegaba a consumarse, hacía crecer el deseo hasta límites insoportables, convirtiendo la espera en un fuego que consumía todo el ser. Y Amir, que siempre había sido el guerrero de hierro, el hombre que dominaba sus instintos, que controlaba cada movimiento y cada emoción, se sentía ahora como un niño indefenso ante esa mujer que había llegado de otro siglo para desarmarlo por completo.
Cuando por fin la luna ascendió a lo más alto del cielo, redonda, enorme y brillante, bañando todo el palacio y los jardines con una luz plateada y fría, Amir no pudo esperar ni un segundo más. Salió de sus habitaciones con paso rápido y silencioso, deslizándose por los pasillos oscuros como la sombra que era, con el corazón golpeándole con fuerza contra las costillas, sintiendo que se le saldría del pecho en cualquier momento.
Caminó hacia el Muro Norte, la parte más alta y antigua de las murallas de Al-Jazair, un lugar apartado, rodeado de almenas de piedra gris y cubierto de enredaderas florales que crecían salvajes. Desde allí se veían las llanuras infinitas y el bosque antiguo, y por la noche, nadie solía acercarse, salvo los guardias que hacían la ronda lejos de allí. Era el lugar perfecto para el secreto, para el juego, para el amor que desafiaba al tiempo.
Al llegar a lo alto de la escalera de piedra, Amir se detuvo en seco, sin aliento, con la sangre acelerándosele en las venas hasta el punto de doler.
Ella ya estaba allí.
Nalia estaba recostada contra el muro de piedra, bajo la luz directa de la luna, y parecía más una aparición divina que una mujer de carne y hueso. Esta vez no vestía la túnica de seda verde. Llevaba una prenda aún más ligera, hecha de un tejido tan fino y transparente que era casi invisible, una especie de velo blanco que cubría su cuerpo sin ocultar absolutamente nada. Era como si estuviera desnuda, envuelta solo en luz y aire. La tela caía suelta sobre sus hombros, dejando al descubierto sus brazos largos y suaves, su cuello esbelto y la curva perfecta de sus pechos, que se adivinaban firmes y redondos, con los pezones oscuros y erectos, marcados con claridad bajo la tela. La prenda le llegaba hasta los pies, abierta por delante, revelando toda la longitud de sus piernas largas y torneadas, su piel blanca y luminosa que brillaba bajo los rayos de luna, y la sombra oscura y seductora de su intimidad, oculta apenas por el borde de la tela.
Su cabello, suelto y salvaje, caía en cascada sobre su espalda y sus hombros, mezclando tonos dorados y plateados, y alrededor de ella, el polvo brillante de magia flotaba en el aire, creando una atmósfera irreal, cargada de electricidad y deseo.
Al escuchar sus pasos, Nalia levantó la cabeza y sonrió, esa sonrisa lenta, traviesa y llena de promesas que ya se había convertido en la perdición de Amir. Sus ojos verdes lo recorrieron de arriba abajo, desnudándolo con la mirada, evaluando su estado, viendo cómo su pecho subía y bajaba agitadamente, cómo sus manos temblaban a los costados, cómo su mirada estaba clavada en su cuerpo, hambrienta y devoradora.
—Por fin llegas, mi Guardián —dijo ella, y su voz, suave y ronca a la vez, resonó en el silencio de la noche, llegando directo a la entrepierna de él, haciéndolo estremecerse—. Pensé que te habías perdido por el camino... o que te habías arrepentido.
Amir dio un paso hacia ella, luego otro, incapaz de mantenerse lejos, atraído como por un imán hacia ese cuerpo que le ofrecía todo y nada a la vez.
—¿Arrepentirme? —respondió él, con la voz rota y profunda, llena de ese fuego que ya no podía ocultar—. Llevo horas muriendo por llegar aquí, Nalia. Llevo horas imaginando esto, imaginándote así, bajo la luna, mía... aunque sea solo por esta noche, aunque sea solo con lo que tú me permitas. Me tienes loco. Me tienes consumido. Y ahora que estoy aquí... ahora que te veo... creo que no voy a ser capaz de aguantar lo que me pides.
Nalia soltó una risa suave y aterciopelada, y se enderezó lentamente, separándose del muro, caminando hacia él con esa gracia etérea que la hacía flotar más que caminar. Se detuvo a solo unos centímetros de su cuerpo, tan cerca que él podía sentir el calor que irradiaba su piel, tan cerca que el aroma dulce y embriagador de flores y miel lo envolvió por completo, emborrachándolo, nublando su razón.
—Esa es la idea, mi amor —susurró ella, alzando una mano suave y dejando que sus dedos rozaran la tela de su túnica, recorriendo su hombro, su cuello, bajando despacio por su pecho, trazando la línea de sus músculos a través de la ropa—. Quiero que estés al límite. Quiero que me desees tanto que duela. Quiero que cada caricia que te dé, cada roce que me des, sea como una quemadura en la piel, para que cuando por fin rompamos todas las reglas, cuando por fin nos entreguemos por completo, el placer sea tan grande que nos haga olvidar hasta nuestros propios nombres.
Amir cerró los ojos un instante, disfrutando y sufriendo a la vez ese contacto ligero que le recorría el cuerpo como fuego líquido. Cuando los abrió, sus ojos ámbar ardían con una intensidad salvaje, fijos en los labios de ella, en su escote, en sus piernas, devorando cada detalle, cada curva, cada milímetro de piel que se le ofrecía.
—Entonces empieza... —le pidió él, con voz ronca y urgente—. Haz lo que quieras conmigo. Pero déjame tocarte, Nalia. Déjame saber cómo eres.
Ella sonrió, y dando un paso más, pegó su cuerpo al de él, fusionando su calor con el suyo, haciendo que la tela transparente de su vestido se aplastara contra su pecho, revelando sin lugar a dudas la forma exacta y perfecta de sus pechos, la dureza de sus pezones que presionaban contra su ropa, enviando descargas eléctricas directas a su cerebro.