Astrid lo tenía todo: un matrimonio con el exitoso doctor Lucas Morgan, una hija pequeña llamada Ariana y una vida que parecía perfecta. Pero detrás de la fachada, Lucas la traiciona con otra mujer y su propia suegra, Marta, la humilla sin piedad, convencida de que Astrid nunca fue lo suficientemente buena para su hijo.
Cuando la verdad sale a la luz, Astrid pierde mucho más que un esposo. Pierde la dignidad, la seguridad económica y casi la voluntad de seguir adelante. Con Ariana apenas en brazos, se ve obligada a empezar de cero en un mundo que le dio la espalda.
Lo que nadie anticipó fue la transformación de Astrid. Con inteligencia, trabajo implacable y una determinación que nadie le conocía, reconstruye su vida paso a paso. En el camino se cruza con Mateo Romano, un empresario íntegro y reservado que no busca rescatarla sino caminar a su lado. Lo que comienza como respeto mutuo se convierte en un amor profundo que redefine lo que significa ser pareja.
Pero las sombras del pasado no se rinden fácilmente. Lucas enfrenta las consecuencias legales de sus actos y termina en prisión. Marta, consumida por el arrepentimiento, busca a Astrid en sus últimos días para pedirle perdón. La familia que Astrid construyó con Mateo —incluyendo a los pequeños Emiliano y Gael— se ve amenazada cuando Lucas sale libre y reaparece en sus vidas.
La historia da un giro inesperado cuando Ariana, ya adulta y estudiante de medicina, se enamora de Noel, un joven brillante cuyo hermano gemelo murió en una operación fallida realizada por Lucas años atrás. El amor entre Ariana y Noel queda atrapado entre la culpa heredada y un odio que ninguno de los dos eligió cargar.
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Capítulo 2
En cuanto la puerta del salón se cerró, las piernas de Astrid perdieron toda su fuerza. Su cuerpo se tambaleó y sus manos se aferraron apresuradamente a la pared más cercana para no caer. Le costaba respirar. No por cansancio ni por haber caminado demasiado, sino por el dolor que le llenaba el pecho. Un dolor demasiado grande para contenerlo.
Las lágrimas que había forzado a mantenerse desde hacía rato cayeron a borbotones, sin poder detenerse. Hasta que se convirtieron en un llanto imposible de frenar.
—¿Por qué...? —la voz de Astrid se quebró—. ¿Por qué tenía que ser frente a todos?
Astrid se cubrió la boca. Pero los sollozos escapaban de todas formas. Su cuerpo temblaba con violencia.
Quizás la gente creía que la humillación de Marta era lo más doloroso de esa noche. Pero no lo era. Lo que verdaderamente la había destrozado era Lucas. Su esposo.
El hombre que una vez le prometió que la protegería. El hombre que sostuvo su mano frente al altar y juró amarla en cualquier circunstancia.
Ese hombre estuvo ahí, escuchó y vio todo, y eligió guardar silencio. Peor aún: Lucas le dio la razón a su madre.
Astrid sentía que le estrujaban el pecho hasta hacerlo pedazos. Seis años de su vida los había entregado a ese hombre. Cuando Lucas era apenas un médico joven con ingresos modestos, fue Astrid quien administró sus finanzas.
Cuando Lucas tuvo que estudiar hasta altas horas de la noche para obtener su especialidad, fue Astrid quien se aseguró de que todo en el hogar funcionara.
Cuando su hija nació y lloró toda la noche por la fiebre, fue Astrid quien se mantuvo despierta hasta el amanecer.
¿Y Lucas? Lucas dormía porque al día siguiente tenía que trabajar.
Astrid nunca se lo recriminó. Porque lo amaba. Lo amaba profundamente.
Pero esa noche, por primera vez, se hizo una pregunta a sí misma: ¿alguna vez Lucas la había amado con la misma intensidad?
Su teléfono sonó. El nombre de Lucas apareció en la pantalla.
Astrid lo miró fijamente. Las lágrimas volvieron a correr. Antes, ver ese nombre siempre la hacía sonreír. Ahora lo único que sentía era dolor.
El teléfono seguía sonando. Finalmente, Astrid contestó.
—¿Qué quieres? —preguntó con la voz ronca.
—Astrid, ¿dónde estás? —Lucas respondió con otra pregunta, en tono cortante.
Ni una palabra de disculpa ni un asomo de arrepentimiento. Esa primera frase terminó de enfriar el corazón de Astrid.
—¿Para qué necesitas saber dónde estoy?
—No te comportes como una niña —la voz de Lucas al otro lado de la línea se elevó aún más.
Astrid rio. Una risa que sonaba devastadora.
¿Una niña? Después de todo lo que había pasado, ¿Lucas seguía pensando que la culpable era ella?
—Tú misma te pusiste en ridículo esta noche —continuó Lucas, furioso.
Esas palabras hicieron que Astrid se quedara helada.
—¿Qué?
—Arruinaste el ambiente de la fiesta.
Las lágrimas de Astrid se detuvieron. No podía creer lo que estaba escuchando.
—¿Yo arruiné el ambiente?
—Si tan solo hubieras controlado tus emociones...
—¡Basta! —Astrid le gritó a Lucas. Era la primera vez que lo hacía en todos los años de matrimonio.
El grito hizo que Lucas callara de inmediato.
—¿Dices que yo me puse en ridículo? —la respiración de Astrid era agitada—. Lucas, tu madre me insultó delante de todos.
Lucas siguió en silencio, sin responder.
—Tú, que eres mi esposo, también me humillaste. ¿Y ahora me echas la culpa a mí?
Se escuchó un largo suspiro de Lucas al otro lado. Como si fuera él quien estuviera enfrentando un gran problema.
—Solo quiero que cambies. Tu gordura me avergüenza.
La frase era tan simple. Y sin embargo, resultaba mucho más dolorosa que todos los insultos de Marta.
Finalmente, Astrid comprendió. El problema no era su peso ni su apariencia. El problema era que Lucas ya no la quería.
Las lágrimas de Astrid volvieron a caer. Pero esta vez no hubo llanto. Solo sentía un vacío absoluto.
—Entiendo lo que quieres decir. Buenas noches, Lucas.
Astrid colgó. Después apagó el teléfono. No quería volver a escuchar la voz de su esposo.
El camino de regreso se sintió interminable. Las luces de la calle se veían borrosas porque sus ojos no dejaban de llenarse de lágrimas. Cada rincón de la ciudad le recordaba a Lucas. El restaurante donde tuvieron su primera cita. La librería donde Lucas le compró su novela favorita. El parque donde caminaron juntos empujando la carriola de su hija.
Todos esos recuerdos se habían convertido en cuchillos. Cada vez que los evocaba, el pecho de Astrid dolía más.
Al llegar a la casa, Astrid entró de inmediato. La casa grande se sentía terriblemente silenciosa. No había sonidos ni calidez, solo soledad.
Astrid caminó hasta la habitación de Ariana, su hija de apenas dos años. La niña dormía profundamente.
—¿Se portó bien? —le preguntó Astrid a Iris, su prima.
—Sí. Desde que la dejaste, Ariana estuvo tranquila. A la hora de dormir obedeció sin protestar —respondió Iris con una sonrisa suave.
—¿Ya regresaste? ¿Ya terminó el evento? —preguntó Iris, extrañada.
—Me adelanté. Estaba preocupada por Ariana —respondió Astrid con una sonrisa tenue.
—Entonces me voy —dijo Iris. Astrid la había llamado específicamente para que cuidara a su hija mientras salía.
Después de asegurarse de que su hija estaba bien, Astrid se dirigió a su habitación. Se quitó todas las joyas que había usado para la fiesta.
Sin querer, sus ojos se posaron sobre algo que había encima de la cama. Una pequeña caja de regalo, medio escondida debajo de la almohada.
Astrid frunció el ceño. No recordaba haber comprado nada. Con extrañeza, la abrió. Adentro había un collar de diamantes precioso.
Astrid se quedó atónita. Era evidente que el collar era muy caro. Su corazón se aceleró.
"¿Lucas me compró este collar?", murmuró. Una sonrisa comenzó a formarse lentamente en su rostro.
Pero esa sensación cálida duró solo unos segundos. Porque una pequeña tarjeta cayó del interior de la caja.
Astrid la recogió. La leyó. Y al instante, todo su cuerpo se paralizó.
Para Stella.
Gracias por hacer que mis días tengan más color.
— L
El tiempo pareció detenerse. Astrid releyó la nota una y otra vez, para asegurarse de que no había leído mal. Sus manos comenzaron a temblar.
"¿Stella? ¿Quién es?", pensó. Su mente trabajaba a toda velocidad, intentando recordar a la dueña de ese nombre.
"¿La 'L' se refiere a Lucas?", murmuró al reconocer que la letra se parecía a la caligrafía de su esposo.
"¡Quizás Lucas me ha estado engañando todo este tiempo!"
Astrid trató de averiguar quién era Stella. Abrió las redes sociales de Lucas. Buscó el nombre de Stella en cada publicación.
De pronto, sus ojos se detuvieron en una foto donde Lucas estaba sentado frente a su escritorio. Un teléfono encendido mostraba como fondo de pantalla a una mujer hermosa. Claramente, no era una foto de Astrid.
"¿De quién es ese teléfono? ¿Por qué esa cara me resulta conocida?", se dijo Astrid.
Amplió la imagen para verla con más claridad.
—Es esa modelo... —susurró.
Hacía unos días, Astrid había visto el rostro de esa mujer en una revista. Una modelo joven en pleno ascenso, con un rostro hermoso, estatura alta, cuerpo esbelto. Perfecta. Exactamente el tipo de mujer de la que Lucas se sentiría orgulloso.
Lentamente, Astrid se dejó caer al suelo. El collar resbaló de sus manos. Las lágrimas comenzaron a brotar a raudales. Hasta que se rindió al llanto, desbordando toda su tristeza y su dolor.
Un llanto mucho más desgarrador que el anterior. Porque esta vez no solo era su dignidad lo que se había roto, sino su corazón.
Todo este tiempo, Astrid había creído que Lucas solo se avergonzaba de ella. Resultó que había otra razón. Una razón mucho más cruel, que nunca se había atrevido a imaginar.
Astrid abrazó sus propias rodillas. Su cuerpo temblaba con violencia. Esa noche, sintió que su matrimonio quizás había terminado hacía mucho tiempo. Y ella fue la última en darse cuenta.