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La Maldición Del Cielo

La Maldición Del Cielo

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Romance / Época / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias

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Encuentros al Atardecer

​Durante los días posteriores, la vida de Manuel se dividió en dos realidades contrapuestas.

​Por las mañanas, ocupaba el trono de granito en la Sala del Consejo, vistiendo la pesada túnica de Estado y la corona de plata. Frente a él, el archiduque Roderik y los delegados de Valoria presentaban mapas, tratados de impuestos aduaneros y borradores para la renovación del comercio marítimo entre ambos reinos.

​El archiduque Roderik era un hombre de negocios pragmático y observador. Esperaba encontrar en el rey Manuel a un joven impulsivo o un tirano azotado por arranques de mal carácter, tal como señalaban los rumores continentales. Sin embargo, se topó con un monarca meticuloso, sumamente informado sobre las cuotas de importación y exigente con cada cláusula que pudiera perjudicar a los artesanos de Eldamar.

​—Majestad, las tarifas de peaje en el puerto del este nos parecen excesivas —argumentó el canciller valoriano durante una de las sesiones exhaustivas—. Requerimos un margen de exención más amplio para asegurar el flujo de nuestros navíos.

​Manuel apoyó los codos en la mesa de nogal y miró fijamente al diplomático.

​—Eldamar mantiene sus puertos abiertos a sus productos, canciller —respondió Manuel con voz firme y serena—. Sin embargo, no reduciré las tasas a costa de los astilleros locales. Revisaremos la redacción de los artículos del cuarto al octavo mañana por la mañana.

​El rey prolongaba deliberadamente las discusiones formales. Encontraba pequeños detalles normativos para debatir, solicitaba nuevos balances de suministros y ordenaba redactar de nuevo los acuerdos protocolarios. Los consejeros reales no salían de su asombro ante la minuciosidad del joven soberano, ignorando que su verdadera motivación no era la burocracia, sino posponer indefinidamente la partida de la delegación de Valoria.

​Cada tarde, tan pronto como la sesión del consejo era levantada, el rey se retiraba apresuradamente a la Torre del Firmamento, se despojaba de las insignias reales y descendía por la escalera secreta hasta el Jardín de Cristal.

​Allí lo esperaba Valeria.

​La joven, creyendo que Manuel era únicamente el encargado de los jardines de la cumbre, acudía diariamente al pabellón de cristal a la misma hora. Traía consigo un pequeño cuaderno de dibujo donde retrataba las especies florales y compartía con él sus impresiones sobre la vida en el palacio.

​—El palacio de tu rey es una fortaleza imponente, Manuel —comentó Valeria una tarde, sentada sobre un banco de piedra mientras lo observaba regar un rosal exótico—. Pero hay una atmósfera constante de alerta entre los sirvientes. Todos caminan mirando las nubes o escuchando las campanas.

​Manuel detuvo la regadera por un instante, sintiendo un leve pellizco de culpa en la garganta.

​—El rey de estas tierras lleva una carga compleja, milady —respondió él con cautela, sin mirarla directamente—. El clima refleja sus tormentas internas. La gente ha aprendido a protegerse de él.

​Valeria dejó el cuaderno sobre sus rodillas y miró los ventanales de la cúpula con expresión meditativa.

​—Mi padre me advirtió antes de cruzar la frontera que debía mantenerme alejada del rey Manuel —dijo la joven con voz suave—. Me contó los rumores que circulan en las cortes lejanas: que es un hombre impredecible, frío y peligroso, que desata tempestades cuando alguien lo contraría. Me dijo que muchas damas de la nobleza han intentado ganarse su favor y han terminado huyendo entre nevadas violentas.

​Manuel apretó la empuñadura de madera de la herramienta. Una leve sombra de temor recorrió sus pensamientos.

​—¿Y vos... le tenéis miedo al rey? —inquirió él en un susurro, temiendo la respuesta.

​Valeria negó lentamente con la cabeza, esbozando una sonrisa serena que disipó cualquier helada inminente en el aire.

​—No se puede temer a alguien a quien no se conoce realmente —respondió ella—. Pero al ver este reino, no veo la obra de un tirano. Veo los canales que construyó para proteger a los granjeros, las exenciones de impuestos tras las tormentas y la disciplina con la que gobierna. Creo que debe ser una existencia terriblemente solitaria.

​Manuel la miró a los ojos, profundamente conmovido. Por primera vez en su vida, alguien no juzgaba su maldición como una monstruosidad o un recurso político, sino como un sufrimiento humano.

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