Bajo el cielo de Madrid
Camila viaja a España con su pequeña hija buscando una nueva oportunidad. Lo que nunca imaginó era que su vida cambiaría al conocer a Nicolás Ferrer, uno de los futbolistas más importantes del mundo.
Él lo tiene todo... excepto paz. Ella solo busca empezar de nuevo. Pero cuando el destino insiste en cruzar sus caminos, ambos deberán decidir si están dispuestos a arriesgarlo todo por un amor que nunca debió existir.
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Destinos que se cruzan
Capítulo 8: Destinos que se cruzan
El viernes amaneció con un cielo completamente despejado sobre Madrid. Los primeros rayos de sol atravesaban las ventanas del pequeño departamento donde Camila y Lola comenzaban a acostumbrarse a su nueva vida.
—¡Mamá, hoy quiero llevar mi mochila rosa! —dijo Lola mientras salía de la habitación con una enorme sonrisa.
Camila rió.
—Pero si ayer querías la azul.
—Hoy cambié de opinión.
—Está bien, princesa. La rosa será.
Después del desayuno, Camila peinó cuidadosamente el cabello de su hija y la acompañó hasta el colegio. Antes de entrar, Lola la abrazó con fuerza.
—¿Hoy también trabajás mucho?
—Sí, pero cuando salga voy a buscarte como siempre.
—Te quiero.
—Y yo a vos mucho más.
Camila esperó hasta verla entrar al edificio. Recién entonces respiró hondo y caminó hacia la estación de metro.
Al llegar al Grupo Ferrer, el ambiente era más movido de lo habitual.
Laura reunió a todo el equipo administrativo.
—Buenos días. Esta tarde recibiremos a varios patrocinadores importantes. Quiero que todo salga perfecto.
Todos asintieron.
—Camila, necesito que prepares unas carpetas y luego las lleves al salón principal.
—Claro.
Durante toda la mañana trabajó sin descanso. Revisó documentos, imprimió contratos y organizó cada carpeta con el cuidado que la caracterizaba.
Martín la observó desde su escritorio.
—Cada día me sorprendes más.
Camila levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque parece que llevaras años trabajando acá.
Ella sonrió con humildad.
—Solo intento hacer bien mi trabajo.
Mientras tanto, en la ciudad deportiva, Nicolás terminaba el entrenamiento con su equipo.
El entrenador dio las últimas indicaciones antes del partido del fin de semana.
—Descansen. Los quiero al cien por ciento mañana.
Nicolás saludó a algunos compañeros y se dirigió al estacionamiento.
Durante el trayecto hacia la empresa, intentó concentrarse en la reunión que tendría esa tarde.
Sin embargo, una imagen volvía una y otra vez a su cabeza.
Camila.
Su sonrisa.
La forma tranquila en que hablaba.
Y aquellos ojos marrones claros que parecían transmitir paz.
Negó con la cabeza.
—Esto es una locura...
Tenía una relación con Valentina.
No podía permitirse pensar en otra mujer.
En el Grupo Ferrer, los invitados comenzaron a llegar.
Camila llevaba una bandeja con documentación cuando dobló un pasillo sin mirar.
En ese mismo instante, Nicolás salía de una sala acompañado por dos directivos.
Los dos chocaron suavemente.
Las carpetas cayeron al suelo.
—Perdón... —dijeron al mismo tiempo.
Ambos sonrieron.
Nicolás se agachó para ayudarla.
—Creo que ya es la segunda vez que se nos caen los papeles.
Camila soltó una pequeña risa.
—Sí... parece que tengo mala suerte.
—Yo diría que es casualidad.
Mientras recogían los documentos, sus manos volvieron a rozarse.
Por un instante ninguno habló.
Solo se miraron.
El ruido del pasillo desapareció.
Era como si solo existieran ellos dos.
—¿Todo bien? —preguntó Nicolás con una sonrisa.
—Sí... gracias.
—¿Ya te acostumbraste a Madrid?
Camila acomodó una carpeta.
—Todavía estoy conociendo la ciudad, pero me encanta.
—Es una ciudad especial.
—Lo estoy descubriendo de a poco.
Antes de que pudiera agregar algo más, uno de los directivos llamó a Nicolás.
—Tenemos que empezar.
Él asintió.
Volvió a mirar a Camila.
—Espero que disfrutes esta nueva etapa.
Ella sonrió.
—Gracias.
Nicolás se alejó, aunque no pudo evitar mirar hacia atrás una última vez.
Camila seguía observándolo.
Cuando sus miradas volvieron a encontrarse, ambos desviaron la vista casi al mismo tiempo.
Desde el otro extremo del pasillo, Elena había visto toda la escena.
Cuando Camila regresó a su escritorio, sonrió con picardía.
—¿Otra vez te cruzaste con el jefe?
Camila intentó disimular.
—Fue una casualidad.
—Demasiadas casualidades para una sola semana.
—No empieces.
—Solo digo que te miró bastante.
Camila sintió que sus mejillas se calentaban.
—Seguro estaba mirando las carpetas.
Las dos terminaron riéndose.
Esa noche, Nicolás regresó a su departamento.
Valentina lo esperaba en el sofá revisando unas fotografías para una campaña publicitaria.
—¿Cómo estuvo el día? —preguntó ella.
—Bien.
—¿La reunión salió como esperaban?
—Sí.
Respondía con frases cortas.
Su mente seguía en otro lugar.
Valentina lo observó durante unos segundos.
—Últimamente estás muy distraído.
Nicolás intentó sonreír.
—Solo estoy cansado.
Pero sabía que no era verdad.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien había conseguido despertar algo que creía completamente dormido.
Y aunque ambos intentaban convencerse de que solo eran encuentros casuales, el destino parecía decidido a seguir cruzando sus caminos, como si Madrid guardara un plan que ninguno de los dos podía imaginar.