Valentina fue criada como hija de la casa Vargas, hasta que una copa rota, una mentira y el silencio de todos la condenaron a tres años de servidumbre en la manada Oscura.
Allí lavó ropa con las manos abiertas por el hielo, limpió establos, cargó leña, durmió sobre paja y aprendió que nadie iba a ir por ella. Cuando el plazo termina, Rodrigo Vargas, el Alfa que alguna vez significó hogar, aparece para llevarla de regreso.
Pero la Valentina que vuelve no busca abrazos, explicaciones ni perdón.
En la casa que la entregó, Isabela ocupa su lugar, Don Alejandro intenta arreglar su futuro como si fuera un problema familiar, Elena llora demasiado tarde y Rodrigo empieza a entender que la culpa no repara nada.
Solo Abuela Consuelo sigue llamándola "mi niña".
Cuando las cicatrices salen a la luz y las mentiras comienzan a romperse, Valentina decide algo simple: nunca más volverá a vivir como una Omega que otros pueden vender, esconder o nombrar a su antojo.
Y mientras la verdad de Isabela se pudre bajo perfumes falsos, un Beta llamado Diego aparece con una bondad tranquila que Valentina ya no creía posible.
Pero en un mundo de Alfas, manadas y destinos marcados por la luna, sobrevivir no será suficiente.
Valentina tendrá que elegir si quedarse entre las ruinas de la familia que la enterró... o caminar hacia una vida donde nadie vuelva a apagar su nombre.
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Capítulo 8
Capítulo 8
Rodrigo la encontró en el patio de leña.
Valentina había visto a una criada vieja cargando troncos para el brasero de Consuelo. La mujer tenía la espalda doblada y tosía cada tres pasos. Valentina no preguntó. Tomó la mitad de la carga y empezó a acomodarla junto al muro.
El trabajo le resultaba conocido. Eso no lo volvía ligero.
—No tienes que hacer eso.
La voz de Rodrigo llegó desde la entrada.
Valentina puso un tronco sobre la pila.
—Alguien tiene que hacerlo.
—Hay criados.
—Sí.
—Entonces deja la leña.
Ella tomó otro tronco.
Rodrigo caminó hasta quedar frente a ella. La capa oscura le caía sobre un hombro. Parecía haber dormido poco. Tenía una sombra bajo los ojos y esa rigidez de quien lleva días preparando una frase y aún no sabe cómo decirla.
—Tenemos que hablar.
—No.
Él parpadeó, como si no hubiera considerado esa respuesta.
—No era una pregunta.
—Ya lo sé.
Valentina acomodó el tronco. Una astilla se le clavó en la palma. La sacó con la uña.
Rodrigo se acercó y le quitó el siguiente pedazo de leña de las manos.
—Basta.
Ella miró sus manos vacías.
—Eso también lo decían allá.
Rodrigo dejó el tronco en el suelo.
—No compares todo con la manada Oscura.
Valentina levantó la vista.
—Entonces deme otra cosa con qué compararlo.
La frase lo hizo callar.
En la parte trasera del patio, la criada vieja fingía ordenar una cuerda. No se atrevía a irse. Tampoco a mirar.
Rodrigo bajó la voz.
—Yo no sabía lo que te hacían.
Valentina no respondió.
—Sabía que el acuerdo era duro. Todos lo sabían. Pero me dijeron que era servicio, no...
No terminó.
—¿No qué? —preguntó Valentina.
Rodrigo apretó los labios.
—No eso.
Ella tomó el tronco que él había dejado en el suelo.
—Le haré una pregunta.
—Hazla.
—En tres años, ¿fue a la manada Oscura?
Rodrigo se quedó inmóvil.
Valentina puso el tronco sobre la pila.
—¿Una vez? ¿Preguntó por mí? ¿Mandó a alguien que no fuera a pedir firmas? ¿Quiso saber dónde dormía?
El viento movió unas hojas secas junto al muro.
Rodrigo miró hacia la casa.
—Pensé que si iba, empeoraría las cosas.
Valentina soltó una risa baja.
No sonó alegre. Sonó oxidada.
—Qué cómodo.
—Valentina.
—No fue.
—No.
La respuesta al fin fue clara.
Ella asintió una vez.
—Entonces no hay nada que hablar.
Rodrigo dio un paso.
—Estoy aquí ahora.
Valentina lo miró de pies a cabeza. Las botas limpias, la capa buena, las manos sin marcas.
—Sí.
La palabra no le dio nada.
Él pareció sentirlo.
—¿Qué quieres que haga?
Valentina pensó en la piedra, en Lucía, en Consuelo respirando con dificultad, en Elena diciendo "temporal" frente al pabellón frío. Pensó en la mesa donde su lugar ya no existía.
—Saber qué hizo.
Rodrigo abrió la boca.
—Sé que te fallé.
—No.
Él frunció el ceño.
—¿No?
—Eso es una frase limpia. Lo que hizo no fue limpio.
La criada vieja dejó caer una cuerda. Rodrigo no miró hacia ella.
Valentina tomó los dos últimos troncos y los acomodó.
—Cuando sepa decirlo sin arreglarlo para que le duela menos, quizá pueda hablar conmigo.
Rodrigo permaneció frente a ella.
—No sé cómo.
—Eso sí lo creo.
Valentina levantó la carga pequeña que quedaba para Consuelo.
Rodrigo se apartó.
Al pasar junto a él, ella no bajó la cabeza.
—Y no vuelva a quitarme algo de las manos para demostrar que ahora quiere ayudar.
Entró a la casa.
Rodrigo quedó en el patio, junto a la leña que no había sabido cargar.
Pero me fascina la narrativa... Dura, blanco o negro, no hay floritorios en los romances., que casi no hay o no se perciben... cómo ese que "día a día crece" y no descubris si es un romance normal o personas que coinciden en tiempo y espacio.
Es rara y está muy buena