Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
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Capítulo 20
Capítulo 20
CANDY
Valentina despertó y no sabía cuántos días habían pasado.
La luz era blanca, artificial, sin sombras. El techo era bajo y de un color indefinido entre gris y beige. Olía a desinfectante y a plástico y a algo metálico que tardó en reconocer como su propia sangre. Había tubos en su brazo izquierdo y una máquina a su derecha que emitía un pitido constante que le taladraba el cráneo.
—Señorita Mora. ¿Puede oírme?
Un médico. Bata blanca. Barba corta. Ojos cansados. Hablaba español con acento que no era mexicano — colombiano, quizá, o venezolano. Uno de los médicos de la misión humanitaria.
—¿Dónde...?
—Hospital de campo. Lleva cuatro días inconsciente. Tiene rotura de bazo, daño parcial en la córnea del ojo derecho y múltiples laceraciones. La operamos de urgencia. Está estable.
Las palabras le llegaban como desde el fondo de un pozo — distorsionadas, lejanas, con un eco que no era acústico sino neurológico. Su cerebro procesaba las sílabas una por una, como un niño que aprende a leer.
—Samir —dijo Valentina.
El médico no respondió de inmediato. Esa pausa fue suficiente.
—Su compañero, el señor Al-Rashid, falleció la noche del ataque. La herida abdominal... no pudimos controlar la hemorragia.
Valentina cerró los ojos. No lloró. No gritó. No hizo nada. Se quedó acostada en la cama del hospital con los ojos cerrados y la mandíbula apretada mientras las palabras del médico se hundían en ella como piedras en agua oscura. Samir. El café en el termo. Las bromas sobre los chicles. La voz tranquila diciendo "Antes de la guerra, este barrio tenía tres pastelerías." El rifle que agarró del suelo. Los cuatro disparos.
El médico siguió hablando. Valentina no escuchó. Estaba buscando algo dentro de los cuatro días de oscuridad — algún recuerdo, algún fragmento, alguna señal de que Santiago había estado ahí. De que se había sentado junto a su cama. De que le había tocado la mano o la frente o el pelo mientras ella flotaba en la nada.
No encontró nada. Él nunca volvió a su lado.
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La foto se llamaba CANDY.
La había tomado la cámara de Valentina — automáticamente, por el golpe de la explosión, o porque ella había apretado el disparador sin saberlo en el último segundo antes de perder el conocimiento. Nadie sabía exactamente cómo. Pero la imagen existía: un cuerpo de soldado cubriendo a una periodista contra el suelo de un refugio destruido, con el humo entrando por la puerta y los restos de papel de dulces — rojos, azules, verdes, amarillos — flotando en el aire como confeti.
Los editores de Canal 7 la publicaron sin consultar a Valentina. Se viralizó en seis horas. Para el tercer día, CANDY era portada en catorce países. Para la semana, tres naciones habían anunciado refuerzos militares en Levante citando la imagen. Los titulares decían: "La foto que cambió una guerra."
Valentina la vio por primera vez en la pantalla de un teléfono que alguien le prestó en el hospital. La miró durante un minuto entero. No reconoció ni al soldado ni a la periodista. Eran dos cuerpos en una imagen — uno encima del otro, rodeados de escombros y de dulces — y Valentina los miró como se mira una foto de desconocidos.
—Esa eres tú —le dijo una enfermera.
—Lo sé.
No se reconoció de todos modos.
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El avión de regreso era un vuelo militar con asientos de lona y ruido de motor que no dejaba pensar. Valentina viajó con una venda en el ojo derecho, el brazo izquierdo vendado del codo a la muñeca y una bolsa de plástico con sus pertenencias: pasaporte, cuaderno, cargador de cámara. La cámara se había roto en la explosión. Alguien había rescatado la tarjeta de memoria.
Andrea la esperaba en el aeropuerto. Valentina la vio desde el final del pasillo de llegadas — el pelo rizado, los ojos rojos, los brazos abiertos. Se abrazaron. Andrea lloró. Valentina no lloró. Llevaba días sin llorar. Los ojos le dolían del esfuerzo de no llorar, pero las lágrimas no salían, como si un mecanismo interno se hubiera trabado.
—Vámonos a casa —dijo Andrea.
La casa era la misma. Todo era lo mismo — los muebles, las ventanas, el olor a suavizante de telas. Valentina se sentó en el sofá y miró la pared. Andrea le preparó té. Valentina no lo bebió. Andrea le habló de cosas que no importaban — el clima, un programa de televisión, un vecino que se había mudado. Valentina no respondió.
—Val. Háblame.
—Estoy bien.
—No estás bien.
—Andrea, estoy bien. Necesito estar sola.
Andrea la miró con esa expresión que Valentina conocía — la de alguien que quiere ayudar y sabe que no puede. Se fue. Valentina cerró la puerta. Se acostó en la cama. No durmió.
Roberto llamó desde San Lorenzo esa noche. Su voz temblaba.
—Hija. ¿Estás bien? Tu madre quiere que vengas a la Capital. Todos estamos preocupados.
—Estoy bien, papá. Solo necesito descansar.
—Vi la foto. La de los dulces. Valentina, eso...
—Papá. Estoy bien.
Colgó. El grupo de WhatsApp de la familia tenía doscientos mensajes sin leer. No los abrió.
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Las noches eran peores.
Valentina se acostaba a las diez y se quedaba mirando el techo hasta las tres de la mañana. A las tres se levantaba, caminaba hasta la cocina, bebía agua, volvía a la cama. A las cinco se dormía por veinte minutos y se despertaba con el corazón latiendo como si hubiera corrido un maratón. Los sueños eran siempre los mismos: dulces cayendo del cielo, manos de niños extendiéndose, un patio que explotaba en cámara lenta.
El pelo empezó a caérsele en la segunda semana. Mechones enteros que aparecían en la almohada por la mañana, en el desagüe de la regadera, entre los dedos cuando se pasaba la mano por la cabeza.
Los ataques llegaron en la tercera semana. No los físicos — los de las redes sociales. Cuentas anónimas que comentaban debajo de CANDY: "Buitre." "¿Por qué filmabas en vez de ayudar?" "¿Viste al terrorista antes de la explosión y no hiciste nada?" "187 muertos y tú sacando fotos."
Valentina leyó cada comentario. Los leyó todos, uno por uno, como quien traga veneno a propósito. Y en el fondo de la noche, cuando el insomnio le afilaba cada pensamiento hasta convertirlo en cuchillo, se hizo la pregunta que los comentarios le plantaban como una semilla de hiedra venenosa: ¿Vi al bombardero? ¿Lo vi y no hice nada?
No recordaba. Los cuatro días de coma habían borrado los bordes del recuerdo. El hombre con la bolsa de dulces existía en su memoria como una imagen congelada — sonrisa, camisa holgada, papel de colores — pero no podía recordar si lo había visto antes de que los niños corrieran hacia él o después. No podía recordar si tuvo un segundo para gritar. No podía recordar si gritó.
Un martes por la tarde, caminando por la calle hacia la farmacia, vio a un hombre parado en una parada de autobús. Alto. Espalda recta. Pelo oscuro. Perfil que parecía cortado con cuchillo. Valentina se detuvo. El corazón se le subió a la garganta.
—¡Santiago! —gritó.
El hombre no se dio la vuelta. Un autobús se detuvo. El hombre subió. El autobús arrancó. Valentina se quedó de pie en la acera con el nombre todavía vibrando en el aire y el eco de su propia voz rebotando contra las paredes de los edificios como la última nota de una canción que nadie más estaba escuchando.
No era él. O sí era él y no la escuchó. O sí era él y no quiso escucharla.
Tres meses de silencio. Ninguna llamada. Ningún mensaje. Ninguna señal. Santiago Herrera había desaparecido de su vida como se desaparecen las cosas en las guerras — sin aviso, sin explicación, sin despedida.
Valentina volvió a casa. Se sentó en el sofá. Miró la pared.
Afuera, la ciudad seguía funcionando como si nada hubiera pasado. Porque para la ciudad, nada había pasado. La guerra era una foto en un periódico, un titular que duraba tres días, un trending topic que se olvidaba a la semana. Para Valentina, la guerra era el patio del refugio, los dulces, el nombre de Samir, y un hombre en una parada de autobús que no se dio la vuelta.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.