¿Y si el mayor fracaso de tu vida fuera, en realidad, el comienzo de tu historia de amor?
Valeria creyó que reprobar una materia era el fin de su camino. Mientras veía a sus compañeros avanzar, ella tuvo que regresar a un salón que jamás imaginó volver a pisar.
Gabriel, un estudiante que apenas iniciaba su primer semestre de medicina, llegó con la ilusión de cumplir el sueño de convertirse en médico. Lo que no esperaba era encontrar a una joven de mirada melancólica que, sin proponérselo, cambiaría su vida para siempre.
Entre clases interminables, noches de estudio, guardias, cafés compartidos y el peso de una carrera que exige el corazón tanto como la mente, nacerá un amor capaz de demostrar que el destino nunca se equivoca.
Porque hay encuentros que no ocurren por casualidad.
Hay personas que llegan justo cuando creemos haberlo perdido todo.
Y, a veces, la materia que más duele repetir... es la misma que termina enseñándote la lección más importante de tu vida.
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Lo que nunca debimos callar
Capítulo 17
Lo que nunca debimos callar
La tranquilidad que había acompañado a Gabriel y Valeria durante las últimas semanas parecía demasiado perfecta.
Y, como suele ocurrir con las historias que parecen invencibles, el destino encontró la forma de ponerlas a prueba.
Todo comenzó un lunes por la mañana.
La facultad estaba más llena de lo habitual porque los estudiantes de distintos semestres participaban en una jornada académica. Los pasillos estaban repletos de batas blancas, profesores y grupos de trabajo.
Valeria llegó unos minutos antes de su primera clase. Al entrar al edificio principal, recibió un mensaje de Gabriel.
Gabriel: Voy un poco tarde. El bus se retrasó. Espérame para desayunar.
Ella sonrió y respondió:
Valeria: Aquí te espero.
Mientras caminaba hacia la cafetería, alguien la llamó.
—¡Valeria!
Era Adrián.
Llevaba una carpeta llena de apuntes y una expresión de preocupación.
—¿Tienes un momento?
—Claro, ¿qué pasó?
—El profesor adelantó la fecha de la exposición. Quería mostrarte unas diapositivas antes de entrar.
—Perfecto.
Se sentaron en una mesa apartada de la cafetería.
Adrián abrió el computador y comenzó a explicarle algunos cambios.
En ese instante, Gabriel entró al lugar.
Los buscó con la mirada.
Y los encontró.
Desde donde estaba, solo alcanzó a ver a Adrián sonriendo mientras Valeria le acomodaba el cuello de la bata, quitándole una pequeña hoja que se había quedado pegada.
Fue un gesto espontáneo.
Inocente.
Pero visto desde lejos parecía otra cosa.
Gabriel sintió que el corazón se le apretaba.
Antes de que Valeria pudiera verlo, dio media vuelta y salió de la cafetería.
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Una hora después, Valeria encontró un mensaje.
Gabriel: Estoy ocupado. Hablamos luego.
Frunció el ceño.
No era normal.
Lo buscó durante el descanso.
No estaba en la biblioteca.
Tampoco en el jardín.
Daniel lo encontró primero, sentado solo en las gradas del edificio de Anatomía.
—¿Qué haces aquí?
—Nada.
—Mentira.
Gabriel suspiró.
—Vi a Valeria con Adrián.
Daniel guardó silencio.
—¿Y?
—Parecían... muy cercanos.
Daniel lo miró con seriedad.
—¿Le preguntaste qué estaba pasando?
—No.
—Entonces no sabes qué pasó.
Gabriel bajó la cabeza.
—Pero no pude dejar de imaginar cosas.
—Y ese es el problema.
Estás creyendo en lo que imaginaste antes que en la mujer que amas.
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Mientras tanto, Lucía encontró a Valeria caminando sola por el campus.
—¿Dónde está Gabriel?
—No lo sé.
Está raro conmigo.
Lucía frunció el ceño.
—¿Discutieron?
—Ni siquiera hemos hablado.
Valeria recordó el momento de la cafetería.
Entonces comprendió.
—Creo que nos vio con Adrián.
Lucía abrió los ojos.
—Ay, no...
—Pero estábamos hablando de la exposición.
—Lo sé.
Entonces ve y explícaselo.
Antes de que el silencio haga más daño.
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Aquella tarde comenzó a llover.
La mayoría de los estudiantes corrió a refugiarse bajo los techos de la facultad.
Gabriel permanecía solo en el parque donde había besado por primera vez a Valeria.
No le importaba mojarse.
Necesitaba ordenar sus pensamientos.
De repente escuchó unos pasos.
Era ella.
Completamente empapada por la lluvia.
Respiraba agitada.
—Por fin te encuentro.
Gabriel levantó la mirada.
—¿Qué haces aquí?
—Buscándote.
Él guardó silencio.
Valeria dio un paso más.
—¿Por qué te fuiste esta mañana?
—Porque vi algo que me dolió.
Ella comprendió de inmediato.
—¿Lo de Adrián?
Gabriel asintió.
—No fue lo que pensaste.
—¿Cómo puedo estar seguro?
Las palabras la hirieron.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
—¿De verdad dudas de mí?
Gabriel cerró los ojos.
No respondió.
Ese silencio fue suficiente para romperle el corazón.
Las lágrimas comenzaron a mezclarse con la lluvia.
—Pensé que me conocías mejor.
Pensé que confiabas en mí.
Gabriel dio un paso hacia ella.
—Valeria...
Ella retrocedió.
—No.
Déjame terminar.
Nunca te he dado razones para desconfiar de mí.
Nunca.
Y lo que más me duele no es que sintieras celos.
Lo que me duele es que preferiste alejarte antes que preguntarme.
Gabriel sintió que cada palabra pesaba como una piedra.
Tenía razón.
Había dejado que el miedo hablara por él.
Se acercó lentamente.
—Perdóname.
Ella bajó la mirada.
—No quiero un amor lleno de dudas.
Quiero un amor donde podamos hablarnos.
Donde no tengamos que adivinar lo que siente el otro.
Gabriel tomó aire.
—Tienes razón.
Me equivoqué.
No porque sintiera celos...
Sino porque olvidé confiar en la persona que más amo.
Valeria levantó lentamente la vista.
Él extendió su mano.
—¿Me das la oportunidad de hacerlo mejor?
Ella permaneció inmóvil durante unos segundos.
Después entrelazó sus dedos con los de él.
—Esta será la última vez que el silencio gane una batalla entre nosotros.
Gabriel asintió.
—Te lo prometo.
La abrazó con fuerza.
Esta vez no era un abrazo para celebrar.
Era un abrazo para reparar.
Para volver a construir la confianza que, por un momento, había estado a punto de romperse.
Desde la entrada del parque, Daniel, Lucía, Camila, Sofía y Mariana observaban la escena.
Daniel sonrió con alivio.
—Se reconciliaron.
Lucía negó con una pequeña sonrisa.
—Sí...
Pero creo que hoy aprendieron una de las lecciones más difíciles del amor.
No basta con querer mucho a alguien.
También hay que elegir confiar en esa persona todos los días.
Y mientras la lluvia seguía cayendo sobre la facultad, Gabriel y Valeria entendieron que el amor no se rompe por los malentendidos.
Se rompe cuando dejamos de escucharnos.
Y ellos acababan de decidir que jamás permitirían que el silencio escribiera el final de su historia.