Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Elia 2
El silencio regresó a la mansión cuando las sirvientas finalmente se marcharon.
La nueva Elia permaneció sentada en el borde de la cama.
Mirando la oscuridad.
Pensando.
Pensando demasiado.
Como siempre.
Había muerto.
Había reencarnado.
Estaba en otro mundo.
Tenía otro cuerpo.
Otro nombre.
Otra familia.
Otro idioma.
Otra realidad.
Y aun así... su ansiedad había decidido acompañarla.
—Fantástico.
Se dejó caer de espaldas sobre el colchón.
—Ni la muerte me dio vacaciones.
Miró el techo.
Pasaron cinco segundos.
Luego diez.
Luego veinte.
Y entonces ocurrió.
Su cerebro comenzó a trabajar.
Rápido.
Demasiado rápido.
[Está bien.]
[No entres en pánico.]
[Analicemos la situación.]
[¿Cuál es la situación?]
[La situación es horrible.]
[Gracias, cerebro. Muy útil.]
Se incorporó de golpe.
Necesitaba ordenar sus pensamientos.
Porque cuanto más revisaba los recuerdos de Elia Russ, más preocupada se sentía.
Tomó papel.
Tomó tinta.
Y comenzó a escribir.
Al principio solo quería hacer una pequeña lista.
Algo simple.
Algo razonable.
Pero cinco minutos después ya estaba elaborando un plan estratégico digno de una invasión militar.
—Bien.
Escribió el primer punto.
Evitar la bancarrota de la familia.
Lo rodeó tres veces.
Luego añadió flechas.
Muchas flechas.
—Porque resulta que la antigua Elia tenía la inteligencia financiera de una cuchara.
Escribió debajo.
Investigar gastos.
Investigar ingresos.
Investigar deudas.
Dejar de comprar estupideces.
Subrayó la última frase con tanta fuerza que casi rompió el papel.
Después escribió el segundo punto.
Ayudar a padre.
Se quedó pensativa.
Los recuerdos de Elia eran confusos respecto a la enfermedad del conde.
Sabía que llevaba años enfermo.
Sabía que empeoraba lentamente.
Sabía que los médicos no habían encontrado una solución.
Y sabía que los tratamientos costaban fortunas.
Pero necesitaba más información.
Mucha más.
Así que añadió..
Conseguir historial médico.
Hablar con médicos.
Investigar magia curativa.
No entrar en pánico.
Miró la última línea.
Y agregó una nota al margen.
[Voy a entrar en pánico.]
Luego llegó el tercer punto.
El más difícil.
El más complicado.
El más vergonzoso.
Respiró profundamente.
Y escribió..
Dejar de ser una persona horrible.
La observó durante varios segundos.
—Sí.
Eso resume bastante bien la situación.
Porque aunque ahora fuera otra persona... el resto del mundo seguía creyendo que era Elia Russ.
La joven arrogante.
Caprichosa.
Malcriada.
Prepotente.
Egoísta.
El terror de los sirvientes.
La pesadilla de los comerciantes.
La causante de varios dolores de cabeza en Sunderland.
Y honestamente... los rumores no parecían exagerados.
—Dios mío.
Se cubrió el rostro.
—¿Cómo lograste tener tan mal carácter?
Por supuesto.
Nadie respondió.
Aunque los recuerdos de la antigua Elia parecían protestar indignados en alguna parte de su cabeza.
Elia siguió escribiendo.
Pedir disculpas.
Ser amable.
No gritar.
No hacer berrinches.
No amenazar empleados.
No lanzar objetos.
Se quedó inmóvil.
—¿Lanzaba objetos?
Los recuerdos respondieron inmediatamente.
Sí.
Lanzaba objetos.
—Qué vergüenza.
Añadió otra línea.
NO LANZAR OBJETOS.
La escribió dos veces.
Por seguridad.
Cuando terminó, observó la enorme cantidad de notas que había acumulado.
Luego añadió nuevas páginas.
Y más páginas.
Y más páginas.
Presupuestos.
Posibles negocios.
Ideas absurdas.
Preguntas.
Hipótesis.
Listas.
Sublistas.
Sublistas de las sublistas.
Porque aunque estuviera en otro mundo... seguía siendo ella.
Y ella siempre enfrentaba los problemas de la misma forma.
Pensando.
Pensando demasiado.
Y escribiendo aún más.
Cuando levantó la vista, el cielo comenzaba a aclararse.
La luz del amanecer atravesaba las cortinas.
Parpadeó.
Confundida.
Miró la ventana.
Luego miró la montaña de papeles.
Después volvió a mirar la ventana.
[...oh no.]
[...ya amaneció.]
Había pasado toda la noche despierta.
Otra vez.
Una risa escapó de sus labios.
Pequeña al principio.
Luego más fuerte.
Hasta terminar riéndose sola en medio de la habitación.
—Mi terapeuta me mataría.
La imagen apareció con tanta claridad que casi podía verla.
Su terapeuta sentada frente a ella.
Con esa expresión paciente que utilizaba cuando estaba decepcionada.
—¿Y qué hiciste cuando te sentiste abrumada?
—Bueno...
—¿Sí?
—Me quedé despierta toda la noche haciendo planes imposibles para solucionar tres problemas gigantescos.
—¿Y dormiste?
—No.
—¿Dormiste aunque fuera una hora?
—No.
La nueva Elia soltó otra carcajada.
—Sí. Definitivamente estaría furiosa.
Su sonrisa se suavizó poco después.
Porque, por primera vez desde que despertó en ese mundo, sintió algo extraño.
No tranquilidad.
Todavía no.
No confianza.
Tampoco.
Pero sí una sensación familiar.
La sensación de estar comenzando de nuevo.
Su antigua vida había terminado.
Había muerto.
No podía regresar.
No podía cambiarlo.
Pero delante de ella había una nueva oportunidad.
Una familia que necesitaba ayuda.
Un padre enfermo.
Una fortuna que salvar.
Y una segunda vida entera por construir.
Miró las hojas desordenadas sobre la cama.
Luego suspiró.
—Bien.
Se puso de pie.
Tenía ojeras.
Dolor de cabeza.
Y probablemente estaba tomando decisiones cuestionables.
Pero aun así sonrió.
Una sonrisa genuina.
—Primero salvaré a esta familia.
Miró otra hoja.
—Luego salvaré a padre.
Miró el espejo.
Y señaló su reflejo.
—Y después intentaremos convertirte en una persona decente.
La joven del espejo la señaló exactamente igual.
La nueva Elia asintió.
—Será difícil.
La joven del espejo parecía estar de acuerdo.
Y por primera vez desde que había reencarnado, ambas compartieron la misma opinión.