Elena Rossi, la princesa consentida de los Rossi, tras la disolución de la trinidad, busca un nuevo comienzo académico en Manhattan. Sin embargo, el pasado de los Rossi es un lazo de sangre imposible de cortar, y las mafias locales no tardan en rastrear sus pasos en Nueva York.
Para sobrevivir en este nueva etapa de su vida, Elena no estará sola. Cuenta con el amparo constante de Christopher Sterling, un frío y letal custodio profesional encargado de su seguridad perimetral. En medio de balaceras en callejones húmedos y persecuciones a alta velocidad, la estricta relación jerárquica y el protocolo de un contrato laboral por su padre empiezan a desmoronarse.
Entre la adrenalina del peligro y la soledad de las noches, un sentimiento profundo e indomable transformará a la heredera y a su sombra en un equipo indestructible y un amor que atravesará todas las barreras que les pondrá la vida en el camino.
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Capitulo 13
El silencio que se instaló en el auto durante el viaje de regreso al departamento fue el más pesado y asfixiante que habíamos compartido jamás. Ya no era la tensión de la adrenalina ni el temor a una emboscada perimetral en la avenida central, era la barrera infranqueable que Christopher acababa de levantar entre los dos con ese "lo siento, señorita Rossi"
Lo miré de reojo mientras maniobraba con su habitual precisión entre los taxis amarillos de Manhattan. Su perfil parecía una máscara de piedra tallada, con los ojos fijos en el asfalto y los nudillos blancos de tanto apretar el volante. El amago de debilidad que había tenido en el parque se había esfumado, reemplazado por la rigidez del soldado que prefiere morir antes de romper las directrices de la gerencia de Chicago
Al llegar al complejo, subimos en el ascensor de servicio manteniendo los metros reglamentarios. Yo no abrí la boca. Sentía una mezcla de frustración y furia fría corriéndome por las venas. Mi orgullo de Rossi, ese mismo amor propio que me hacía manejar los balances contables con mano de hierro, se había plantado
Si Christopher creía que iba a rogarle o a pasarme los próximos meses suplicando por un gesto de humanidad, estaba muy equivocado. Pero el capricho y la determinación eran rasgos familiares imposibles de extirpar: si la única forma de que se despojara del uniforme y aceptara la realidad era tocándole la fibra que más lo desestabilizaba, entonces jugaría la carta más peligrosa del tablero
Cuando entramos al piso alto, él se colocó junto al tablero de control del pasillo este para verificar el cierre manuscrito de las persianas. Me quité el tapado de paño oscuro con una lentitud calculada, dejando a la vista la funda de la pistola en mi cintura, y lo encaré antes de que pudiera retirarse a su oficina de servicio
— Mañana no vamos a ir a la biblioteca del norte, Christopher — le anuncié con un tono de voz gélido, desprovisto de cualquier matiz de cercanía — Recibí una notificación manuscrita de los abogados de la corporación. Hay una inconsistencia en las auditorías de los galpones del muelle sur, cerca del distrito industrial periférico. Voy a ir a revisar las planillas físicas de la aduana vieja personalmente a las diez de la noche, que es cuando el jefe de turno me puede recibir sin levantar sospechas en la central de Illinois
Christopher interrumpió su escaneo perimetral de golpe, girándose hacia mí con una rapidez que delató su alarma inmediata. Sus ojos oscuros brillaron con esa tensión técnica que intentaba camuflar su preocupación real
— Señorita Elena, el sector sur de los muelles periféricos es un área de alto riesgo no consolidada por nuestras cuadrillas — objetó, dando un paso al frente y abandonando por un segundo su postura rígida — El reporte de la aduana este indica que los remanentes de las bandas del puerto utilizan esos galpones abandonados como zona de descarte. Realizar una inspección presencial a esa hora es una vulnerabilidad inaceptable para los protocolos de seguridad. Le solicito que derive la documentación a la oficina de Chicago para que realicen la verificación mediante un enviado de Franco
— La auditoría lleva mi firma, Christopher, y en Nueva York las decisiones operativas las tomo yo — le respondí, sosteniéndole la mirada con una altivez que desafiaba cualquier norma de su manual de procedimientos — Prepará el coche de contingencia y notificá a los hombres del perímetro. Mañana a las veintidós horas quiero estar en la entrada del galpón diecisiete. Y no quiero retrasos — ordené dándome media vuelta y yéndome a mí habitación sin esperar que él dijera más nada
El miércoles transcurrió en una calma que presagiaba la tormenta. Christopher pasó todo el día encerrado en el sector de servicio, limpiando el armamento y coordinando las frecuencias de radio con los refuerzos que Franco mantenía en las esquinas de la avenida principal. Yo me dediqué a repasar mis apuntes de la universidad en la sala, pero mi mente estaba puesta por completo en el plan que había diseñado. Sabía perfectamente que el galpón diecisiete era una boca de lobo, la zona sur estaba prácticamente desierta a esa hora y la niebla del río solía bajar con tanta fuerza que borraba las luminarias del predio. Era el escenario perfecto para una Rossi dispuesta a todo con tal de quebrar el orgullo de su custodio
A las nueve y media de la noche, salí al palier vestida con ropa oscura, unas botas cómodas y el blazer ajustado que ocultaba mi arma corta. Christopher ya me esperaba junto al ascensor. Había algo diferente en su semblante, la rigidez habitual estaba teñida por una palidez sutil en la comisura de los labios, un rastro del insomnio que le había provocado saber el destino que nos esperaba
Bajamos al subsuelo en un silencio sepulcral y subimos al sedán gris plata. El viaje hacia la periferia sur de Manhattan fue un descenso hacia la oscuridad. A medida que nos alejábamos del centro financiero, los rascacielos iluminados le dejaban el lugar a estructuras de chapa oxidada, galpones con los vidrios rotos y calles internas cubiertas por el agua estancada y la niebla que subía desde el muelle
Christopher manejaba con una lentitud exasperante, escaneando cada esquina con los ojos entrecerrados y la mano derecha sutilmente metida por debajo del saco blindado. Al llegar a la entrada del galpón diecisiete, detuvo el motor pero dejó las luces de posición encendidas, iluminando la enorme puerta de chapa que crujía por la acción del viento frío del norte
— Manténgase detrás de mí, señorita Rossi — ordenó con una voz que vibraba con una tensión contenida, una orden técnica que esta vez arrastraba una súplica oculta — Las cuadrillas de refuerzo se posicionaron a doscientas yardas, pero la niebla reduce la visibilidad al mínimo. Si detecto el menor movimiento extraño en el interior, cancelamos la inspección de inmediato y regresamos al departamento
— Entendido, Sterling... Vamos a trabajar — le contesté, bajando del auto y sintiendo el frío de la noche pegándome en la cara mientras aferraba la empuñadura de mi pistola corta por debajo del tapado
El interior del galpón era un laberinto de sombras y cajas de madera acumuladas que olían a humedad y a combustible viejo. Caminamos despacio, con Christopher medio paso adelante, cubriendo el frente con su arma reglamentaria mientras sus ojos oscuros se movían con un ritmo frenético
Llegamos a la pequeña oficina del fondo, una estructura de madera con los vidrios esmerilados donde supuestamente debían estar los balances históricos manuscritos del jefe de turno
Abrí la puerta y encendí la linterna de mano, enfocando los estantes vacíos. No había ningún abogado esperándonos, ni planillas físicas que revisar, la trampa que yo misma había montado con mi falsa información estaba lista para cerrarse, pero el peligro real de la zona sur decidió presentarse sin necesidad de invitaciones
Un crujido seco resonó en el ala oeste del galpón, seguido por el sonido de unos pasos rápidos que se arrastraban sobre el cemento húmedo. Christopher reaccionó con la velocidad de un rayo, empujándome hacia el interior de la oficina y colocándose en la puerta para cubrir el perímetro con su cuerpo
— ¡Tenemos intrusos en el sector de descarga, Elena! ¡Al suelo! — gritó, abandonando el protocolo de golpe ante la inminencia de la amenaza activa
De la oscuridad del depósito salieron tres siluetas armadas con escopetas cortas, abriendo fuego sin mediar palabra. Las detonaciones retumbaron en las chapas del techo con un estruendo ensordecedor, destrozando los vidrios de la oficina y llenando el aire de astillas y polvo gris
Christopher respondió de inmediato, gatillando su arma grande con una rapidez que obligó a dos de los atacantes a buscar refugio detrás de los contenedores de hierro
Aprovechando el caos y la densa humareda, decidí ejecutar mi jugada definitiva. En lugar de quedarme protegida debajo del escritorio de madera, me deslicé por la puerta lateral de la oficina que daba a la rampa de carga exterior, exponiéndome de forma deliberada en mitad de la niebla para forzar la situación al límite
Avancé dos pasos y disparé dos veces con mi arma corta hacia la silueta del tercer agresor, logrando que retrocediera, pero quedando completamente al descubierto bajo la luz parpadeante del muelle norte
— ¡Elena! ¡No! — el grito que pegó Christopher no tuvo nada que ver con el manual de la firma, fue un alarido de terror puro, la voz de un hombre al que le estaban arrancando el alma del cuerpo al ver a la mujer que amaba caminando directo hacia la línea de fuego enemigo
El tercer atacante, al ver mi silueta solitaria, levantó el cañón de su arma directo hacia mi pecho. Fue un segundo eterno donde el viento frío pareció detenerse. Christopher no buscó cobertura ni midió los riesgos perimetrales que tanto repetía en el departamento, se lanzó en una carrera loca por la rampa de cemento, disparando su cargador completo con una furia salvaje que terminó por abatir al agresor justo antes de que este pudiera presionar el gatillo
El impacto del cuerpo del delincuente contra el suelo coincidió con la llegada de las camionetas de refuerzo de Chicago, cuyas sirenas empezaron a cortar la niebla del sur. Pero a Christopher no le importó la llegada de las cuadrillas ni la resolución técnica del conflicto. Llegó hasta mi posición con el rostro desencajado, la respiración entrecortada y los ojos oscuros inyectados en sangre por el pánico absoluto que había experimentado
Me tomó de los brazos con una violencia tosca, sacudiéndome sutilmente mientras su arma caía al piso olvidada en mitad del charco de agua
— ¿Estás loca? ¿Qué demonios estabas pensando al salir de la oficina? — me gritó a centímetros de la cara, con la voz quebrada por una angustia inmensa que ya no tenía forma de contener detrás de ningún "señorita Rossi" — ¡Casi te matan, Elena! ¡Pudo haberte volado la cabeza en esa rampa y yo no hubiera llegado a cubrirte! ¡Te expusiste a propósito, carajo!
Lo miré fijo a los ojos, sosteniendo su agarre con mi orgullo de Rossi intacto, sintiendo el temblor descontrolado de sus manos sobre mis hombros. La analista contable fría había logrado su objetivo: el muro de concreto del custodio se había pulverizado por completo bajo la amenaza de mi propia muerte
— Sí, me expuse a propósito, Christopher — le confesé con una voz baja pero firme que cortó el aire helado del muelle — Porque prefiero morirme en un callejón de Nueva York antes de seguir viviendo con un hombre que prefiere esconderse detrás de un manual de procedimientos de Chicago antes de aceptar que se muere por mí. Mírame a la cara y decime ahora mismo que no sentís nada, decime que solo sos la sombra que mi padre paga a fin de mes y te juro que no te vuelvo a molestar en la vida
Christopher me observó con una mezcla de furia, dolor y una rendición absoluta que le llenó la mirada de una elegancia hermosa. La lucha interna que lo había torturado desde el parque del norte se terminó en ese playón húmedo, rodeados de casquillos y bajo el parpadeo de las luces de la aduana vieja
Con un suspiro que pareció arrancarle el aire de los pulmones, me atrajo hacia su cuerpo con una fuerza tremenda, atrapando mis labios en un beso desesperado, salvaje, que fue la respuesta definitiva a mi capricho y a mi orgullo de Rossi.