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Siento lo que sientes

Siento lo que sientes

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:9k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**

Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.

Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.

Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.

Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.

El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.

Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.

**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**

NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Cap 8: Compartir emociones

La oficina de Santiago Montero Castellanos era exactamente lo que Valentina habría imaginado si alguien le hubiera pedido que describiera el despacho de un hombre sin emociones: paredes blancas, escritorio de nogal sin una sola foto, un sofá de cuero italiano que parecía nunca haber sido sentado, y un ventanal que iba del piso al techo mostrando la Ciudad de México como un tablero de luces.

No había plantas. No había cuadros. Ni un Post-it. El único objeto personal era el reloj Junghans en la pared, cuyo tic-tac llenaba el silencio como un metrónomo.

Valentina se sentó en la silla frente al escritorio. Sus pies apenas tocaban el piso —la silla era demasiado alta o ella era demasiado baja— y tuvo que acomodar la bolsa sobre las rodillas para tener algo que agarrar con las manos.

Santiago la miraba sin hablar. Había cerrado el teléfono al oírla entrar. Ahora tenía las manos sobre la mesa, los dedos entrelazados, la postura de alguien que va a conducir una junta de consejo y no una conversación con una empleada de veintitres años que no había hecho nada malo excepto existir con demasiadas emociones.

—Lo que pasó en la junta —dijo.

Valentina se encogió.

—No fue a propósito. Lo juro. Solo estaba pensando y...

—Lo sentí todo —la interrumpió, sin levantar la voz—. La furia. El sarcasmo. Algo sobre un rayo. —La miró con esa expresión que no era ni enojo ni reproche, sino la misma concentración que usaría para diagnosticar una falla en un sistema—. Casi me mareo junto a la ventana.

El aire de la oficina se volvió muy delgado.

—¿Se... se mareó?

—Por un instante. —Santiago descruzó las manos y se tocó la sien izquierda, un gesto breve, casi quirúrgico—. Tuve un impulso que no era mío. Duró medio segundo. Pero fue suficiente para que mi cuerpo reaccionara.

Valentina se quedó sin palabras. La magnitud de lo que había hecho —sin querer, sin saber, sin poder controlarlo— le cayó encima como una losa.

"Mi enojo casi lo tira por la ventana."

La smartband vibró. 112 lpm.

—No... no fue mi intención —susurró—. Yo no quería que...

—Lo sé. —Santiago la detuvo con un gesto de la mano—. No estoy culpándote. Estoy informándote. Porque si esto vuelve a pasar, necesito que entiendas lo que implica.

El Junghans marcó las seis y cuarenta.

—¿Por qué odias el team building? —preguntó Santiago, con la misma inflexión que usaría para preguntar "¿por qué falla este indicador?"

—¿Perdón?

—La reacción fue desproporcionada. No es normal enfurecerse tanto por una caminata.

Valentina lo miró. En la historia de preguntas que nadie debería hacer, "¿por qué odias convivir con tus compañeros?" ocupaba un lugar especial. Pero Santiago no preguntaba por curiosidad —preguntaba porque necesitaba datos para solucionar un problema.

—Soy introvertida —dijo, y la palabra le salió como una disculpa—. No me gusta estar con mucha gente. Me canso. Me pongo nerviosa. Y los deportes al aire libre... —Se miró las manos—. No soy buena.

Santiago procesó la información durante tres segundos exactos.

—Pero el team building tiene beneficios demostrados. Estudios de Harvard Business Review indican que las actividades de integración aumentan la productividad en un diecisiete por ciento y reducen...

—Señor Montero.

—...la rotación laboral en un...

—Señor Montero. —Valentina se sorprendió a sí misma por haber levantado la voz. La silla chirrió cuando se inclinó hacia adelante—. Con todo respeto. Que algo funcione en teoría no significa que funcione para todos. Hay gente que recarga energía estando sola. Que se agota con las multitudes. Que después de una hora de dinámicas grupales necesita tres horas de silencio para volver a funcionar. No es pereza. No es falta de compromiso. Es cómo estamos hechos.

Santiago se detuvo. La miró como si fuera la primera persona en interrumpirlo en un tiempo considerable. Quizá porque lo era.

"Líder de secta", pensó Valentina.

Santiago parpadeó. Un músculo de su mandíbula se tensó. Pero no dijo nada.

—Entiendo —dijo al fin, con un tono que sugería que no entendía en absoluto—. Pero necesitas aprender a regular tus reacciones emocionales. No puedo funcionar si cada vez que te molestas me llega una descarga que me desestabiliza.

—No puedo apagar lo que siento.

—No te estoy pidiendo que lo apagues. Te estoy pidiendo que lo gradúes.

Se miraron. El ventanal mostraba la ciudad oscureciéndose. Las luces de Reforma empezaban a encenderse en secuencia, como un circuito eléctrico que despierta. Valentina pensó que esa ventana, desde este ángulo, hacía que Santiago pareciera más solo de lo que probablemente estaba. Un hombre recortado contra una ciudad de millones, separado del mundo por veinticinco pisos de cristal y una incapacidad de sentir que ahora se estaba resquebrajando por culpa de ella.

O tal vez no. Tal vez estaba exactamente así de solo. Y tal vez siempre lo había estado.

Santiago miró la hora.

—Esta noche, mantente tranquila. Intenta no ver nada que te altere. —Hizo una pausa mínima—. Mañana intentamos otra cosa.

—¿Qué cosa?

—Mañana te digo.

Valentina se levantó. Se colgó la bolsa. Caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.

—Señor Montero.

—¿Qué?

—El grupo de WhatsApp donde todos dicen que están encantados con el team building... Hay otro grupo. Sin jefes. —Tragó saliva—. Ese grupo ahora mismo está en llamas.

Santiago no contestó. Pero Valentina habría jurado que, por una fracción de segundo, algo se movió detrás de sus ojos. Sorpresa, tal vez. O algo parecido.

Salió. Cerró la puerta.

---

A las 23:40, Valentina estaba en su cama con el celular en la cara y la caja de pañuelos al alcance.

Sabía que no debía. Lo sabía. Santiago se lo había dicho hacía cinco horas: "Mantente tranquila." Nada que la altere. Cero drama. Cero lágrimas.

Pero el especial posterior al final de temporada de "Amores que Duelen" estaba disponible desde las diez de la noche, y Valentina tenía la fuerza de voluntad de un algodón de azúcar frente a una pistola de agua. La miniatura del episodio mostraba a los protagonistas bajo la lluvia, y eso bastó. Presionó play con la convicción de que "solo vería cinco minutos para saber cómo empieza."

Duró cuarenta y siete minutos. Los protagonistas se reencontraban en la estación de tren. La música de piano. La lluvia. El abrazo. Valentina lloró desde el minuto doce y no paró hasta los créditos.

Se sonó la nariz. Se limpió la cara. Se terminó el medio litro de agua que tenía en la mesita de noche. La smartband marcaba 98 lpm —alto para alguien acostada en la cama, pero Valentina llevaba cuarenta y cinco minutos en estado de emergencia sentimental.

Apagó el teléfono. Se tapó hasta la barbilla. Cerró los ojos.

El celular vibró.

Número desconocido. Valentina dejó que sonara. Tres timbrazos. Cuatro. Se detuvo.

Vibró de nuevo.

Lo colgó.

Entonces llegaron los mensajes. Uno, dos, tres, en rápida sucesión:

"Soy yo."

"Santiago Montero."

"Contesta."

Valentina se quedó mirando la pantalla con los ojos hinchados, la nariz roja, y el corazón a punto de salirse del pecho. El nombre "Santiago Montero" brillaba en la oscuridad de su cuarto como un letrero de neón que no debería existir.

Su dedo flotó sobre el botón de llamar.

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Lau
interesante 🤭 comenzando
Graciela Pinto Caetano
esperaba otro final!!!
Tere Bru
novela tan larga ,para un final así !! desilusión total 😔
Milo Mosquera
Muy linda.
Milo Mosquera
😍😍😍😍
Stella Vega
??? Y ???
Stella Vega
????Y ??
engerling marrugo arroyo
😭 y el final 😭😭
Viviana Gonzalez
Estimada Escritora, muchas gracias, por una historia Fascinante, Extraordinario, me encantó pero siento que faltaron los besos, más vida de ellos como pareja,
Is Cantil
Jajaja pobre, no sabe porque comió ese taquito 🤣🤣
Karen Bel
que paso aquí? así termina 😢
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