Mil Montañas entre Nosotros
— o La Jaula de Cristal —
Nieves Solano tiene dieciocho años, los padres muertos y ningún lugar al que ir.
Cuando Adrián Montalvo —el CEO más temido de Ciudad de México— le ofrece un trato, ella no tiene opción: vivir en su penthouse de Polanco a cambio de que su tío no termine en prisión. Lo que él no le dice es por qué. Lo que ella no imagina es que ese hombre guarda un odio antiguo contra su familia… y un secreto mucho más peligroso que el odio.
Durante tres años, Nieves sobrevive entre las paredes de cristal de un departamento que parece un palacio y se siente como una cárcel. Adrián es frío, controlador y cruel. Pero a veces —solo a veces— ella descubre grietas: un perro llamado Cariño que solo ella puede acariciar, flores frescas que aparecen cada semana en su habitación, y un celular privado que guarda únicamente su nombre.
Cuando por fin recupera su libertad, Nieves jura no volver jamás.
Pero el destino no ha terminado con ella.
Un favor desesperado la lleva de regreso a sus brazos. Un pacto de treinta días. Una casa de playa donde el hombre que la destruyó le muestra, por primera vez, quién es realmente. Y una red de mentiras tejida por la esposa de él —Regina Valcárcel— que amenaza con destruirlos a ambos.
Cuando la verdad explote, Nieves tendrá que elegir: salvar al hombre que la enjauló… o salvarse a sí misma.
Y en el fondo de una maleta vieja, un celular esconde tres palabras que él nunca tuvo el valor de decir en voz alta.
Género: Dark Romance / CEO Romance / Drama
Tono: Angst · Slow Burn · Enemies-to-Lovers
Contenido: Temas maduros (16+). Relaciones tóxicas, coerción, trauma. No apto para lectores sensibles.
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Capítulo 18
Capítulo 18. La libertad
Yo no sabía nada de teléfonos escondidos ni de verdades guardadas en cajones.
En esos días, mi mundo era mucho más pequeño: una cama dura en la residencia de La Nacional, una mesa coja que Valentina estabilizó con un folleto viejo de actividades culturales, una hervidora prestada y una ventana que daba a una pared con humedad.
Mi libertad cabía en nueve metros cuadrados.
La primera noche sola no dormí. La segunda tampoco. La tercera cerré la puerta con llave tres veces, empujé una silla contra la manija y aun así desperté sudando porque soñé con el sonido del elevador privado.
No había elevador.
Solo estudiantes riéndose en el pasillo, una tubería vieja goteando y una chica del cuarto vecino que hablaba por teléfono con su mamá todas las noches a las diez.
La vida normal era ruidosa.
Yo había olvidado eso.
Valentina llegó el lunes con una bolsa enorme de supermercado.
—Traje provisiones de supervivencia: pan, atún, manzanas, chocolate y esta cosa verde que parece saludable pero probablemente sabe a castigo.
—Es brócoli.
—Lo sé. Estoy fingiendo ignorancia para no sentir culpa.
Se metió sin pedir permiso y empezó a llenar mi repisa como si fuera dueña del cuarto. Después pegó un calendario en la pared.
—Plan de guerra.
—¿Guerra contra quién?
—Contra tu tendencia a dejarte morir discretamente. Mira: comidas, clases, descanso, y aquí —señaló un cuadro con marcador rojo— TOEFL.
La palabra me hizo parpadear.
—No he decidido.
—Yo sí.
—Valentina.
—No digo que te vayas mañana. Digo que tengas una puerta abierta. Una que no controle ningún Montalvo.
No discutí.
Esa fue la primera vez que el examen dejó de parecer un trámite universitario y empezó a parecer una salida.
Volver a clases fue más difícil que mudarme.
El escándalo en redes no había desaparecido, pero se había vuelto ruido de fondo. Otro tema ocupaba a la generación cada semana: un profesor acusado de vender exámenes, una fiesta cancelada, un meme de la facultad de Derecho. La crueldad estudiantil tenía memoria corta cuando no podía seguir alimentándose.
Algunas miradas se quedaban.
Algunos susurros también.
Pero Hugo Peña volvió a sentarse cerca de mí en laboratorio.
—Te guardé reactivo —dijo, dejando un frasco junto a mi mesa.
—Eso suena ilegal.
—Es acetato, no plutonio.
—Gracias.
Hugo se rascó la nuca.
—Oye... lo de internet estuvo horrible. Perdón por no decir nada antes.
La disculpa llegó tarde, pero llegó.
—No sabías qué decir.
—No. Y fui cobarde.
Lo miré.
Era raro escuchar a alguien admitir una cobardía sin intentar maquillarla.
—Gracias por decirlo.
—Si alguien vuelve a molestar, me dices.
Pensé en Adrián, en su "si hay una amenaza real, me informas". Pensé en lo cansada que estaba de hombres ofreciendo protección después del daño.
Pero Hugo no pedía nada.
—Te digo —respondí.
Con los días, empecé a medir el tiempo de otra manera.
Lunes de laboratorio. Martes de clase de inglés. Miércoles de ejercicios de comprensión auditiva para el TOEFL. Jueves de biblioteca. Viernes de cenar tacos baratos con Valentina en un puesto donde el pastor era más grasa que carne y aun así sabía a milagro.
El Jardín de los Ahuehuetes cambió lentamente. Las lluvias dejaron charcos oscuros junto al estanque. Las hojas se volvieron opacas. Las jacarandas, desnudas y pacientes, parecían guardar su color para una primavera que todavía no me pertenecía.
A veces, caminando por el campus, olvidaba por diez minutos que existía Polanco.
Luego un Mercedes negro pasaba por la avenida y el cuerpo se me cerraba como una puerta.
Eso era lo peor de la libertad: no bastaba con abrir la jaula. Había que convencer al cuerpo de salir.
La primera vez que intenté tomar el Metrobús sola, me bajé una estación antes.
No porque me perdiera. Porque un hombre con traje oscuro se paró demasiado cerca de la puerta y mi cuerpo decidió que era peligro antes de que mi cabeza pudiera leer la escena. Bajé con el corazón golpeándome las costillas y llamé a Valentina desde la banqueta.
—No puedo —le dije.
—Sí puedes. No tienes que llegar hoy al destino perfecto. Solo no regreses a la jaula.
—Estoy en Insurgentes, no en una película de superación.
—Mejor. Las películas de superación tienen música horrible.
Me hizo caminar hasta una cafetería, comprar una horchata y sentarme quince minutos. Después tomé otro Metrobús. Solo tres estaciones. Llegué tarde a clase, sudada y temblando, pero llegué.
Esa noche marqué el día en el calendario con una X pequeña.
No era victoria para nadie más.
Para mí sí.
Una tarde, mientras resolvía una prueba de práctica del TOEFL en la biblioteca, una pregunta de lectura hablaba de universidades estadounidenses y laboratorios de investigación. C University aparecía mencionada en un anuncio al margen, como parte de una convocatoria de intercambio para Ingeniería Química.
Me quedé mirando el nombre.
C University.
Estados Unidos.
Un lugar donde nadie me hubiera visto bajar de un Mercedes. Donde nadie supiera quién era Adrián Montalvo, ni Regina Valcárcel, ni Tío Gerardo. Un lugar donde mi apellido no llegara antes que yo a cada habitación.
Valentina me encontró así, con el lápiz suspendido sobre la hoja.
—¿Qué ves?
Le señalé la convocatoria.
Leyó en silencio. Luego me miró con una seriedad poco común.
—Eso. Eso es.
—No sé si puedo.
—Claro que puedes.
—No hablo tan bien inglés.
—Mientes. Te la pasas corrigiendo subtítulos.
—No tengo dinero.
—Becas, intercambios, préstamos, mi viejo si hace falta.
—No quiero tu dinero.
—No dije que te lo regalaría. Te cobraría intereses emocionales: mandarme fotos, responder llamadas y no casarte con un gringo aburrido.
Me reí.
Valentina se inclinó sobre la mesa.
—Nieves, mírame.
La miré.
—No tienes que irte porque huyes. Puedes irte porque quieres vivir.
La frase se quedó dentro de mí, creciendo despacio.
Esa noche, de regreso en mi cuarto, abrí el sitio de C University. Leí requisitos, fechas, cartas de recomendación, puntaje TOEFL. Hice una lista en una hoja nueva.
Por primera vez en mucho tiempo, una lista no era una forma de sobrevivir al día.
Era un mapa.
No sabía si iba a conseguirlo.
No sabía si mi pasado podía cruzar fronteras más rápido que yo.
Pero esa noche tomé una decisión.
Me iría.
A un lugar donde nadie conociera mi jaula.
no no me husto