Valentina Reyes lo tenía todo calculado: irse de aquella mansión, olvidar a Sebastián Montero y nunca volver. Pero la vida tiene otros planes.
Cuando Lumina Tech, la empresa que él le regaló y ella convirtió en su orgullo, está al borde de la quiebra, Valentina no tiene más opción que regresar a Las Lomas de Chapultepec — la residencia del hombre más poderoso de Ciudad de México. El mismo hombre que la crio como su protegida. El mismo que le rompió el corazón sin decir una sola palabra de amor en siete años.
Sebastián Montero parece no haber cambiado: la silla de ruedas, la mirada fría, el control absoluto. Pero debajo de esa armadura hay un hombre que la buscó por dos años después de que ella desapareció. Un hombre que guarda un anillo de oro en el bolsillo. Un hombre que esconde un secreto tan oscuro que prefirió perderla antes que destruirla.
Entre la guerra de las grandes familias empresariales, los celos que ninguno admite, y una conspiración que pone en peligro su vida, Valentina deberá decidir: ¿puede amar a un hombre que nunca le dirá "te quiero"… o su silencio es la prueba más grande de amor que existe?
Once años. Una historia de orgullo, sacrificio y el amor más terco del mundo.
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Capítulo 9
Capítulo 9 — Los ojos de Braulio
Sebastián sabía dónde estaba.
Valentina sintió primero el frío en la espalda y después el enojo. No fue una chispa. Fue algo más lento, más pesado, subiéndole desde el estómago hasta la garganta.
Daniel miró a Braulio y luego a ella.
—¿Quieres que te pida otro taxi?
La pregunta era correcta. No invadía, no ordenaba, no decidía por ella. Por eso mismo le dio más rabia la comparación.
—No —dijo Valentina—. Gracias.
Braulio seguía junto a la puerta abierta del auto.
—Señorita Reyes.
—¿Desde cuándo está aquí?
—Desde hace unos minutos.
—No le pregunté eso.
El chofer bajó la vista, no por culpa sino por lealtad. Esa lealtad también la enfureció.
—Don Sebastián pidió que la recogiera cuando saliera.
—¿Y cómo sabía que iba a salir de aquí?
Braulio no respondió.
Daniel dio un paso.
—Vale...
—Está bien —lo cortó ella, sin mirarlo—. Gracias por la información de Terranova. Te escribo mañana.
Daniel dudó, pero no insistió.
—Cuídate.
Valentina subió al auto antes de decir algo que no pudiera ordenar después. El camino a Las Lomas fue silencioso. Braulio no encendió música. No habló. La Ciudad pasaba por la ventana en manchas de luz, y cada semáforo le parecía una oportunidad perdida de bajarse y caminar hasta que el enojo se gastara.
No se gastó.
Cuando entró a la Residencia Montero, no fue a su habitación. Cruzó el vestíbulo directo al despacho.
Sebastián estaba ahí.
No en la silla de ruedas, sino de pie junto al escritorio, apoyado en el bastón. El detalle no la distrajo. Esa noche nada iba a distraerla.
Él la vio entrar y su rostro no cambió.
—Llegaste tarde.
Valentina cerró la puerta.
—¿Me está vigilando?
El silencio fue inmediato.
Sebastián apoyó el bastón contra el borde del escritorio y tomó asiento en la silla con un movimiento controlado. No parecía sorprendido. Eso terminó de encenderla.
—Te estoy protegiendo. No es lo mismo.
—No me diga lo que es o no es cuando manda a su chofer a esperarme afuera de un club.
—Fuiste sola a una cita anónima en Club Dorado.
—Y dejé mi ubicación con Luna.
—Luna no puede sacar a nadie de ese lugar si algo sale mal.
—¿Y Braulio sí?
—Braulio sabe a quién llamar.
Valentina se rio sin humor.
—Claro. A usted.
—Entre otras personas.
—No soy una propiedad de Las Lomas que sale con código de rastreo.
La frase golpeó. Lo vio en la línea de su mandíbula.
—Nunca dije que lo fueras.
—No hace falta decirlo. Lo organiza todo para que se sienta así.
Sebastián no levantó la voz.
—Recibiste un mensaje de un desconocido, te pidieron ir sola y aceptaste. ¿Qué esperabas que hiciera?
—Nada.
—Eso no iba a pasar.
—Ese es exactamente el problema.
Él la miró durante varios segundos.
—Si te hubiera pasado algo...
—No me pasó.
—Pero pudo pasar.
—Todo puede pasar. También puede quebrar Lumina. También puede volver Diego. También puede aparecer otra Camila Herrero a recordarme que soy una carga. No puede poner un chofer detrás de cada cosa que me puede doler.
Sebastián apretó los dedos sobre el brazo de la silla.
—No estoy intentando evitar que te duela.
—Entonces, ¿qué intenta?
Por un momento, pareció que iba a responder algo real. Algo que no sonara a logística, estructura, calendario o protección. Valentina esperó, odiándose por esperar.
Sebastián apartó la mirada.
—Evitar que te hagan daño.
El enojo se le volvió cansancio de golpe.
—No sabe la diferencia.
Él no contestó.
Valentina abrió la puerta.
—Mañana voy a pedir taxi. Si Braulio aparece, no me subo.
—De acuerdo.
La respuesta la frenó.
—¿De acuerdo?
—Braulio no te seguirá.
Valentina no supo si eso era una concesión o una estrategia distinta. Con Sebastián, una nunca sabía si una puerta abierta llevaba a la salida o a otra habitación cerrada.
—Buenas noches.
—Valentina.
Ella no volteó.
—Buenas noches —repitió.
Esa noche no bajó a cenar. Doña Esperanza tocó una vez con una bandeja. Valentina agradeció, la dejó entrar y no tocó la comida hasta que se enfrió. El pastel de queso seguía en el refrigerador pequeño. Tampoco lo tocó.
A la mañana siguiente, salió de Las Lomas a las siete quince.
Braulio no estaba en la entrada.
Había un taxi esperando.
El conductor bajó la ventanilla.
—¿Valentina Reyes?
Ella miró hacia la casa. Ninguna cortina se movió. Ninguna figura apareció en el pórtico.
Subió al taxi con una sensación incómoda en el pecho. Había pedido espacio. Se lo habían dado. Entonces, ¿por qué se sentía como otra forma de perder?
En Lumina, Luna la recibió con un vaso de café y una mirada de inspectora.
—Llegaste en taxi.
—Eso hacen las personas normales.
—Las personas normales no viven en una mansión con chofer y drama histórico.
Valentina dejó el bolso sobre la mesa.
—Le pedí que Braulio no me siguiera. No me siguió.
—¿Y eso te molesta?
—No.
Luna levantó una ceja.
Valentina abrió la computadora portátil con más fuerza de la necesaria.
—Me molesta que incluso cuando me da lo que pido, siento que estoy jugando un juego que él conoce mejor.
Luna bajó la voz.
—Tal vez porque Braulio no era el problema completo.
—No empieces.
—No voy a empezar. Solo digo que a veces una se enoja por la jaula y luego se asusta cuando abren la puerta.
Valentina no respondió. La frase se quedó en la mesa, junto al café, demasiado cerca de la verdad.
Trabajó hasta que el cuello le ardió. Daniel mandó el contacto de Fondo Terranova y Luna programó una llamada para el lunes. Rodrigo no mencionó Club Dorado. Tampoco Sebastián.
El silencio duró todo el día.
Esa noche, en el despacho de Las Lomas, Sebastián desbloqueó su celular.
La imagen llegó sin texto: una captura de la cámara exterior del Club Dorado. Valentina salía por la puerta principal con Daniel Herrera a su lado. Él estaba inclinado hacia ella, diciendo algo. Ella no sonreía, pero tampoco parecía sola.
Sebastián apagó la pantalla.
Su rostro no cambió.
Los dedos, en cambio, buscaron la pulsera de ébano y la hicieron girar una vez, luego otra y luego una tercera.