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Su Obsesion Prohibida

Su Obsesion Prohibida

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Mafia / Amor a primera vista / Esclava / Sirvienta / Amor-odio / Triángulo amoroso / Secuestro y encarcelamiento / Yandere / Romance oscuro / Completas
Popularitas:20.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Valentina fue comprada a los seis anos por el hombre que la crio. A los dieciocho, un magnate mafioso la reclama como suya. Atrapada entre su tutor obsesivo y un multimillonario que le compra islas y le destroza enemigos, descubre que su propio cuerpo esconde un secreto por el que matarian. ?Escapara... o elegira al hombre equivocado?

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

Capítulo 20: Tequila y honor

La tradición empezó sin que nadie la anunciara.

Valentina lo supo porque los meseros cambiaron. Los jóvenes de chaleco negro que circulaban con champán desaparecieron, y en su lugar salieron dos hombres mayores, de mandíbula dura y manos de trabajador, cargando botellas de tequila sin etiqueta en una charola de madera. Las botellas eran de vidrio oscuro, selladas con cera negra, y cuando el primer hombre le quitó el sello a una con un cuchillo de hueso, el olor le llegó a Valentina desde tres metros: agave puro, tierra, fuego lento.

Los invitados empezaron a moverse. No todos. Solo los hombres. Se acercaron a la mesa de honor donde Don Aurelio estaba sentado como un rey en su trono, con Santiago a su derecha y una silla vacía a su izquierda. Los demás formaron un semicírculo, algunos de pie, otros arrastrando sillas, y las mujeres retrocedieron hacia los bordes del salón como la marea al bajar.

Catalina apareció junto a Valentina sin hacer ruido.

—¿Sabes qué es esto? —preguntó en voz baja.

—No.

—La prueba del tequila. Tradición de Los Lobos Negros. Cada cumpleaños de mi abuelo, los hombres que quieren mostrar respeto beben con él. Copa por copa. Quien se retire primero, pierde cara. Quien aguante más, gana el derecho de pedirle un favor a Don Aurelio esa noche.

—¿Un favor?

—Cualquier cosa. Dentro de lo razonable. —Catalina la miró de reojo—. Y a veces fuera de lo razonable.

Nicolás ya estaba en la mesa. Se había quitado el saco y se había remangado la camisa hasta los codos con una informalidad que Valentina nunca le había visto. Parecía relajado. Parecía otro. Pero ella conocía esa transformación: Nicolás se convertía en lo que el cuarto necesitaba que fuera, y este cuarto necesitaba un hombre de campo, un hombre de tradiciones, un hombre que pudiera beber tequila sin hacer muecas.

Damián estaba al otro lado de la mesa. De pie. No se había sentado. Tenía las manos en los bolsillos y miraba las botellas con una calma que Valentina ya conocía: la calma de antes de la tormenta.

Don Aurelio levantó su copa. El tequila era del color del ámbar oscuro.

—Señores —dijo—. A mi salud.

Bebieron. Todos al mismo tiempo. El golpe del cristal contra la mesa sonó como un disparo suave multiplicado por doce.

La segunda ronda fue igual. La tercera también. Los hombres conversaban entre tragos, se palmeaban la espalda, hacían bromas sobre resistencia y sobre estómagos débiles. Era teatro. Todo era teatro. Pero debajo del teatro había algo real: una medición de voluntades, un termómetro de poder donde cada copa era un voto.

Valentina estaba de pie junto a Catalina, a cinco metros de la mesa, con los brazos cruzados y el estómago apretado. No sabía por qué estaba nerviosa. Sí lo sabía.

En la cuarta ronda, tres hombres se retiraron con sonrisas de derrota y palmadas en los hombros. En la quinta, dos más. Para la sexta, quedaban seis: Don Aurelio, Nicolás, Damián, Santiago, el político sudoroso y un hombre canoso de traje gris que Valentina no conocía.

Santiago le guiñó un ojo a Catalina desde la mesa. Catalina puso los ojos en blanco.

—Mi hermano va a vomitar —dijo sin emoción.

El político se retiró en la séptima ronda. El hombre canoso en la octava. Santiago aguantó la novena pero se levantó en la décima, con una reverencia exagerada hacia su abuelo que arrancó aplausos y risas.

—Ni modo, abuelo —dijo Santiago, apoyándose en el respaldo de la silla—. Todavía me faltan años.

Don Aurelio le palmeó la mejilla con cariño bruto.

Quedaron tres.

Don Aurelio. Nicolás. Damián.

El salón se calló. No gradualmente, como antes. De golpe. Como si alguien hubiera cortado el sonido con tijeras. Hasta el cuarteto de cuerdas dejó de tocar.

Valentina sintió los ojos de medio salón sobre ella. No porque la estuvieran mirando directamente. Porque todos sabían. Todos habían visto la mirada de hace un rato. Todos habían sumado dos más dos.

Nicolás sirvió la undécima ronda él mismo. Le sirvió a Don Aurelio primero, luego a Damián, luego se sirvió a sí mismo. Cada movimiento era lento, deliberado, como un sacerdote preparando la comunión.

—Montero —dijo Nicolás, y su voz cortó el silencio como un cuchillo en mantequilla—. Dicen que los Salvatore beben vino, no tequila.

—Dicen muchas cosas —respondió Damián sin mover un músculo de la cara.

—¿Entonces aguantas?

—Estoy aquí, ¿no?

Nicolás sonrió. Esa sonrisa nueva, la de la revelación, la de "así que era él." Le dio vueltas a su copa entre los dedos.

—Propongo algo —dijo, dirigiéndose a Don Aurelio pero mirando a Damián—. Para hacer esto más interesante.

Don Aurelio levantó una ceja. La ceja de un hombre que ha visto todo pero que siempre está dispuesto a ver algo más.

—¿Qué propones, Ferrera?

—Una apuesta. —Nicolás se recargó en la silla—. El último en pie, aparte del cumpleañero por supuesto, gana el derecho de bailar con la dama de su elección.

No miró a Valentina. No necesitaba mirarla. Todos sabían quién era la dama.

El salón contuvo la respiración.

Valentina sintió que la sangre se le iba de la cara. Las manos le hormiguearon. La rabia le subió por la garganta como bilis.

"Me está apostando. Me está apostando como si fuera una ficha."

Quiso moverse. Quiso salir del salón. Quiso cruzar los cinco metros que la separaban de la mesa y volcársela encima a Nicolás.

Pero no se movió.

Porque Damián la estaba mirando.

No con la mirada de antes, la de tres segundos que incendió el aire. Esta era diferente. Esta decía: "Estoy aquí. No voy a dejar que pase nada. Confía en mí."

Damián volvió a mirar a Nicolás.

—Acepto —dijo. Dos sílabas. Sin inflexión. Como quien acepta un vaso de agua.

Don Aurelio se rió. Una carcajada corta, gruesa, de viejo lobo que reconoce a dos cachorros marcando territorio.

—Me gusta. —Golpeó la mesa con la palma—. Sirvan.

Las copas se llenaron.

Ronda once. Nicolás bebió primero. Dejó la copa sobre la mesa con un golpe controlado. Damián bebió después. Sin golpe. Sin gesto. Solo el cristal posándose en la madera como una pluma.

Ronda doce. Los ojos de Nicolás empezaron a brillar con algo que no era solo el alcohol. Era algo más oscuro. Más antiguo.

—Dime una cosa, Montero —dijo, y su voz había perdido medio tono de control—. ¿Qué te interesa tanto de esta fiesta?

—El tequila —respondió Damián.

—¿Solo eso?

—¿Qué más habría?

Nicolás se inclinó hacia adelante. El movimiento fue apenas perceptible, pero Valentina lo vio: el eje de su cuerpo se había desplazado. El alcohol estaba haciendo su trabajo.

—Hay cosas que no se compran, Montero. Por más dinero que tengas. Hay cosas que se merecen. Que se ganan. Que se cuidan desde que son semillas.

"Está hablando de mí. Está hablando de mí como si yo fuera una planta que él sembró."

Damián no respondió. Solo levantó su copa.

Ronda trece.

El hombre de los sellos de cera sirvió. Don Aurelio bebió con la tranquilidad de quien lleva cincuenta años haciendo lo mismo. Nicolás bebió. Damián bebió.

Ronda catorce.

Nicolás se pasó la mano por la frente. Un gesto mínimo. Un gesto que en cualquier otro contexto sería insignificante. Pero aquí, en esta mesa, frente a estos ojos, fue una grieta.

Damián lo vio. Todo el salón lo vio.

Ronda quince.

Nicolás levantó la copa. La mano le temblaba. No mucho. Lo justo para que el tequila dentro se moviera, para que la superficie del líquido se rizara como un lago bajo el viento.

Bebió.

Dejó la copa en la mesa.

Y su cara cambió.

No fue dramático. No fue una explosión. Fue peor. Fue como ver una pared de concreto agrietarse en cámara lenta. La mandíbula se le apretó tanto que los músculos de las sienes se le marcaron como cuerdas. Los ojos, que toda la noche habían sido los de un diplomático, los de un estratega, los de un hombre que siempre estaba tres movimientos adelante, se oscurecieron hasta volverse los ojos de otra persona.

Los ojos de algo hambriento. Algo posesivo. Algo que llevaba años debajo de la máscara y que el tequila acababa de sacar a empujones.

Miró a Damián.

No fue una mirada. Fue una declaración de guerra.

Y todos lo vieron.

El político sudoroso. Las mujeres de joyas pesadas. Santiago, que había dejado de sonreír. Catalina, que apretaba su copa con los nudillos blancos. Don Aurelio, que observaba con los ojos entrecerrados de un hombre que acaba de ver la única cosa que no esperaba ver esta noche.

La máscara de Nicolás Ferrera se había caído.

No la recogió.

—Una más —dijo Nicolás con voz ronca.

Damián lo miró. Sin prisa. Sin triunfo. Sin nada en la cara excepto esa calma aterradora que era peor que cualquier gesto de victoria.

—Cuando quieras —dijo Damián.

El hombre de los sellos sirvió la ronda dieciséis.

Nicolás tomó la copa. La levantó. La miró como si fuera un espejo.

Y por un instante, solo un instante, sus ojos fueron a Valentina.

No había cariño en esa mirada. No había preocupación paternal. No había "mi niña." Solo había algo crudo, algo desnudo, algo que Valentina reconoció con un escalofrío que le recorrió la columna vertebral de arriba a abajo.

Hambre.

La misma hambre que había visto en otros ojos, en otros hombres, en las noches del Club Ónix.

"Nunca fue un tío. Nunca fue un protector. Fue esto. Siempre fue esto."

Nicolás bebió. Golpeó la copa contra la mesa. El cristal se agrietó.

Nadie dijo nada.

Don Aurelio se puso de pie. El gesto fue lento, solemne, definitivo.

—Suficiente —dijo—. Creo que el tequila ha hablado.

No declaró ganador. No hacía falta.

Damián seguía sentado con la misma postura que tenía en la primera ronda. La espalda recta. Las manos quietas. Los ojos claros.

Nicolás estaba inclinado sobre la mesa, la camisa pegada al pecho por el sudor, la copa rota frente a él, la mandíbula cerrada con tanta fuerza que Valentina casi podía escuchar el rechinar de sus dientes desde donde estaba.

El salón permaneció en silencio tres segundos más. Luego alguien aplaudió. Luego otro. Luego el cuarteto empezó a tocar de nuevo y los meseros volvieron con champán y la fiesta se reanudó como si nada hubiera pasado.

Pero había pasado.

Todos lo sabían.

Santiago se acercó a Valentina por detrás. Le puso la mano en el codo con suavidad.

—Val —dijo en voz baja, sin sonrisa, sin juego—. No te alejes de mí esta noche.

Valentina no respondió. Estaba mirando a Nicolás, que seguía sentado en la mesa, solo, con la copa rota entre los dedos y los ojos fijos en algún punto del mantel.

Parecía un hombre que acababa de perder algo que no sabía que estaba jugándose.

Y Valentina supo, con la certeza fría de quien entiende demasiado tarde una verdad que siempre estuvo ahí, que lo que había visto esta noche no tenía vuelta atrás.

Nicolás la había mirado como la miran los clientes del Club Ónix.

Y ahora ella lo sabía.

Y él sabía que ella lo sabía.

1
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que miedo
Jujerny Del Valle Farfan cuica
es una mujer sin voluntad propia
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que rabia con Valentina
Jujerny Del Valle Farfan cuica
Huy q miedo
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ya era hora 🥺
Jujerny Del Valle Farfan cuica
fuera de lo común me encanta 👏
Jujerny Del Valle Farfan cuica
siempre fue esto lo q quiso el pelambres este 😱
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que le pasa a esta mujer tanto miedo le tiene a Nicolás y no se va
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ojalá consiga aliados q la ayuden a salir de ese horror 😱
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ojalá consiga aliados q la ayuden a salir de ese horror 😱
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que terror vive Valentina!
Jujerny Del Valle Farfan cuica
no soy vip y no lo voy a ser aunque quiera soy de Venezuela 🥺
Jujerny Del Valle Farfan cuica
interesante
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ojalá Damián pueda sacarla d allí
Jujerny Del Valle Farfan cuica
por que tanto encierro es abrumador 🥺
Luz Silvero
x lo q entendí, si no entendí mal
El si la compro, para estar esos días con ella😑
Gaby N
Tanto poder tiene Nicolás?
Xq el banana de Damián no hace nada?
Gaby N
Xq le dice "Cruza"?
Pdll Dsrth
🥰Esta novela diferente al principio casi dejo de leerla pero ya le fui tomando el hilo un buen final
Graciela Saiz
todo el mundo la manipula a esta mujer ,!
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