Valentina Solís carga una herida que nadie ve.
Huérfana a los doce, maltratada por quienes debían protegerla y rescatada por una familia poderosa, aprendió muy pronto que el mundo no regala segundas oportunidades. Solo un chico —Tomás, un pintor de dieciocho años con los ojos más tristes que había visto— le enseñó que existía algo llamado amor. Pero Tomás murió, y con él murió la única parte de Valentina que sabía sentir.
Hasta que conoció a Adrián Montiel.
Adrián es frío, controlador y obscenamente rico. Dirige un imperio con la misma precisión con la que domina cada centímetro del espacio entre ellos. Valentina se convirtió en su amante secreta —sin nombre, sin promesas, sin futuro. Tres años viviendo en las sombras de un hombre que se parece demasiado al fantasma que ella no puede soltar.
Porque Valentina tiene un secreto: Adrián no es el hombre que ella ama. Es solo la sombra del que perdió.
Pero los secretos no duran para siempre.
Cuando la verdad estalla, Adrián descubre que durante tres años fue el sustituto de un muerto. Su orgullo se quiebra. Su mundo se incendia. Y en medio del fuego, sale a la luz otro secreto aún más devastador: Adrián tampoco es quien cree ser. Él también fue comprado, elegido y moldeado para reemplazar a alguien que ya no existe.
Dos sustitutos. Dos máscaras. Y entre los escombros, la pregunta que ninguno de los dos puede responder: ¿queda algo real debajo de todo lo que fingieron ser?
De las calles de San Martín a un pueblo costero donde el mar lava las mentiras, esta es una historia de posesión y libertad, de hombres que destruyen lo que aman y de una mujer que debe decidir si quiere seguir viviendo —y por quién.
NovelToon tiene autorización de Iris Vega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
Capítulo 15: Renata aparece
Valentina salió de la consulta con una frase pegada a la lengua.
Hasta los treinta.
La dijo una vez y, de pronto, existía. Tenía forma. Tenía número. Tenía el peso incómodo de una confesión que no podía volver a tragarse entera.
En la calle, San Martín estaba en hora pico. Coches atrapados, gente cruzando con vasos de café, vendedores ofreciendo paraguas aunque no llovía. La vida ajena seguía avanzando con una insolencia casi ofensiva.
Valentina estaba por pedir un Uber cuando alguien la llamó desde la esquina.
—¡Val!
Solo una persona decía su nombre como si estuviera a punto de convertirlo en chisme, abrazo o amenaza.
Renata Vidal venía hacia ella con una chamarra de mezclilla, botas negras y el cabello recogido en una cola alta. Sonreía como siempre: amplia, luminosa, un poco descarada. En la Universidad de San Martín, esa sonrisa le había abierto puertas, becas, trabajos temporales y la paciencia de profesores que con otros estudiantes eran de piedra.
—Rena —dijo Valentina, sorprendida—. ¿Qué haces aquí?
Renata la abrazó sin pedir permiso.
Olía a perfume barato, tabaco frío y menta.
—También me da gusto verte, amargada.
Valentina aceptó el abrazo tarde, pero lo aceptó.
Renata había sido su compañera de cuarto durante el primer año de universidad. La única que no preguntó por qué Valentina dormía con la luz del baño encendida. La única que dejaba una taza de café junto a su escritorio sin decir “te ves mal”. Después tomaron caminos distintos, pero Renata aparecía cada tanto como un mensaje inesperado: una foto de un perro feo, un audio de dos minutos insultando a un profesor, una invitación a comer tacos a medianoche.
—¿Me estabas siguiendo? —preguntó Valentina.
—Qué dramática. Iba a llamarte. Te vi salir y pensé: “Mira, el universo me ahorró saldo”.
—Los mensajes de WhatsApp son gratis.
—No si tu plan es miserable.
Valentina la miró mejor.
Renata seguía sonriendo, pero tenía ojeras. Maquilladas, sí, pero ahí. Y la mano izquierda, la que sostenía el celular, estaba demasiado rígida.
—¿Qué pasó?
Renata levantó las cejas.
—¿Ya no puedo querer ver a mi ex roomie favorita?
—Puedes. Pero no apareces frente a una consulta clínica para hablar de nostalgia.
La sonrisa de Renata se sostuvo un segundo más.
Luego bajó apenas.
—Necesito un favor.
Terminaron en una cafetería pequeña, a dos cuadras del consultorio. Valentina pidió té porque ya había tomado demasiado café ese día. Renata pidió un espresso doble y un pan dulce que no tocó.
—¿Estás trabajando en Club Imperial? —preguntó Valentina al ver el logo dorado en una credencial que asomaba de su bolsa.
Renata la guardó rápido.
—Mesera. Temporal.
—Club Imperial no contrata temporales sin referencias.
—Tengo encanto.
—Tienes deudas.
Renata soltó una risa.
—Qué feo que me conozcas.
Valentina esperó.
La risa murió.
Renata sacó el celular y lo puso boca abajo sobre la mesa, como si el aparato pudiera escuchar.
—Estoy buscando a alguien.
—¿Un ex?
—Ojalá.
La palabra salió con filo.
Valentina apoyó la taza.
—Rena.
Renata respiró hondo. Por primera vez, la mirada se le fue a la ventana, no a Valentina.
—Cuando mis papás murieron, la policía dijo que fue accidente. Camión sin frenos, noche, lluvia, esas cosas que ponen en los reportes cuando no quieren trabajar de más.
Valentina se quedó quieta.
Renata casi nunca hablaba de sus padres. En la universidad decía “murieron” con la misma ligereza con que decía “se acabó el azúcar”. Era una puerta cerrada con música encima.
—Pero no fue accidente —continuó Renata—. Un testigo vio al conductor bajar del coche que los chocó. Vio un tatuaje.
Valentina sintió frío en los dedos.
—¿Qué tatuaje?
Renata desbloqueó el celular. Le mostró una imagen borrosa, tomada de alguna cámara de seguridad vieja. Un hombre de espaldas, cuello inclinado, camisa manchada por lluvia. En la parte alta de la espalda, apenas visible bajo el cuello, había una mariposa oscura.
—Esto.
—Rena...
—No empieces con voz de lástima.
—No es lástima.
—Peor si es prudencia.
Valentina miró la imagen. Era mala, granulada, casi inútil. Pero la mariposa estaba ahí.
—¿Y crees que trabaja en Club Imperial?
—Creo que alguien con ese tatuaje va ahí. Varios miembros de la familia Duarte se reúnen en el club. Uno de ellos tiene una mariposa en la espalda.
Valentina reconoció el apellido. Duarte. Dinero viejo, negocios oscuros, fiestas privadas donde los invitados firmaban confidencialidad con más entusiasmo que contratos.
—Eso no significa que sea el mismo hombre.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Quieres que lo sea.
Renata sonrió otra vez.
Esa sonrisa ya no tuvo luz.
—Quiero mirarlo a los ojos y preguntarle si recuerda cómo sonaba mi mamá cuando pidió ayuda.
Valentina sintió que algo se le cerraba en el pecho.
—¿Qué favor necesitas?
Renata deslizó una tarjeta sobre la mesa. No era de Club Imperial. Era una invitación negra, con letras doradas, para un evento privado en Bahía Grande la semana siguiente.
—Los Duarte van a estar ahí. Necesito entrar como personal de apoyo, no como mesera del salón principal. Los de apoyo se mueven por zonas privadas.
—¿Y yo qué tengo que ver?
—Tú conoces gente que puede conseguir nombres. Carrasco, Montiel, la editorial, no sé. Tú siempre pareces no estar conectada a nada, pero todos acaban girando alrededor de ti.
Valentina casi se rió por lo triste de la frase.
—No voy a ayudarte a acercarte a un posible asesino.
—No te estoy pidiendo permiso.
—Entonces, ¿para qué viniste?
Renata bajó la mirada a sus manos.
Ahí estaba. La grieta.
—Porque si desaparezco, quería que alguien supiera dónde buscar.
Valentina sintió que la terapeuta le preguntaba, desde una habitación lejana: ¿a quién podrías llamar?
Hay gente.
Pero alguien seguro era otra cosa.
—No digas eso.
—¿Qué parte? ¿La honesta?
—La parte estúpida.
Renata soltó una carcajada breve. Luego se cubrió la boca con la mano y, por un segundo, pareció una estudiante de primer año escondiendo una travesura.
Pero sus dedos temblaban.
Valentina los vio.
Renata también se dio cuenta y cerró el puño sobre la mesa.
—Voy a encontrarlo, Val —dijo, con los ojos todavía sonriendo—. Aunque tenga que meterme en la boca del infierno con una charola en la mano.
Su mirada brillaba como si todo fuera un juego.
Pero la mano que sostenía el celular no dejaba de temblar.