**Una promesa sellada con sangre y eternidad.**
Tras la traición de su prometido, Cecil intenta concentrarse en lo único que siempre le ha dado sentido a su vida: la medicina. Como parte de una comisión médica de Oxford, viaja al reino de Kratos, sin imaginar que aquel viaje cambiará su destino para siempre.
Desde su llegada, extraños sueños y recuerdos que no le pertenecen comienzan a atormentarla. Al mismo tiempo, se siente inexplicablemente atraída por el rey Azharel, un hombre tan poderoso como enigmático, cuyos ojos parecen guardar el dolor de siglos enteros.
Lo que Cecil ignora es que su historia con Azharel comenzó mil años atrás, cuando él era un príncipe vampiro que renunció a todo por amor. Separados por la tragedia y la muerte, una promesa sellada con sangre y eternidad los mantuvo unidos a través del tiempo.
Ahora, mientras los secretos del pasado resurgen y antiguos peligros vuelven a despertar, Cecil deberá descubrir quién fue realmente y por qué el rey vampiro la mira como si hubiera esperado mil años para volver a verla.
Una apasionante historia de amor, destino y reencarnación, donde ni siquiera la muerte puede romper los lazos de un amor eterno.
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Su hermana dice que fue a buscar al dragón.
Merida sacudió suavemente la cabeza y sonrió.
—Gracias, Jackson, pero debo seguir trabajando.
El joven suspiró resignado.
—Lo entiendo, Meri.
Guardó silencio unos segundos y luego habló.
—Por cierto, fui a hablar con la bruja Imelda.
La sonrisa de Merida desapareció un poco.
Bajó la mirada.
—Sí, ella me lo contó.
Jackson sonrió esperanzado.
—¿Y qué piensas?
Merida jugueteó con las flores entre sus manos.
—No estoy preparada para tener una relación.
Jackson abrió los ojos.
—Pero ya tienes diecinueve años.
Luego soltó una pequeña risa.
—Diría que incluso ya te estás pasando de la edad.
Merida levantó la mirada inmediatamente.
—¿Me estás llamando vieja?
Jackson abrió los ojos de par en par.
—¡No! Claro que no.
Ella lo observó unos segundos y luego soltó una pequeña risa.
—Eso espero.
Después señaló la mesa llena de remedios.
—Mira, debo seguir trabajando.
—Además, tengo que regresar mañana temprano.
Jackson asintió.
—Está bien.
La observó unos segundos.
—¿Te parece si damos un paseo más tarde?
Merida dudó.
—No lo sé.
—Tengo que acostarme temprano.
Jackson sonrió.
—Te esperaré.
Ella sonrió con amabilidad.
—Ya veremos.
El muchacho soltó una pequeña risa y comenzó a alejarse.
—Entonces esperaré.
Merida lo observó irse.
En ese momento, uno de los jóvenes brujos se acercó a ella.
—Vaya… sí que es insistente.
El otro soltó una pequeña risa.
—Tu problema es que te cuesta decirle que no.
Merida los miró.
—No quiero ser grosera.
El primero se cruzó de brazos.
—Entonces tendrás que aguantarlo.
Ella suspiró.
—Es un buen chico.
Miró las flores que sostenía entre sus manos.
—Pero no sé cómo decirle que no siento nada por él.
El otro brujo sonrió.
—Pues está detrás de ti.
Merida se sobresaltó y volteó rápidamente.
No había nadie.
Los dos comenzaron a reír.
Ella soltó un suspiro.
—Qué divertidos.
Uno de ellos sonrió.
—Para que estés más tranquila, nosotros nos encargaremos de él.
El otro añadió:
—Pero tienes que ser clara.
Merida los miró.
—¿Clara?
El muchacho señaló las flores.
—Aceptarlas también es una respuesta.
Ella bajó la mirada.
—¿Cómo?
—Indirectamente le estás diciendo que sí.
Merida observó las flores unos segundos.
No lo había pensado.
Nunca había sido buena para rechazar a las personas.
Y mucho menos cuando alguien era amable con ella.
Guardó silencio.
—Supongo que tienen razón.
Los dos sonrieron.
—No queremos que le rompas el corazón.
Ella rio.
—Ni yo quiero hacerlo.
El resto del día continuó con normalidad.
Merida decidió alargar un poco más las consultas.
Atendió a más aldeanos de lo habitual.
Mientras tanto, los dos jóvenes brujos se encargaron de distraer a Jackson y lo llevaron hacia otro extremo de la aldea.
La tarde comenzaba a caer.
Los rayos anaranjados del sol atravesaban los árboles, bañando de luz las pequeñas casas.
Merida estaba terminando de guardar sus frascos de medicina cuando una mujer apareció corriendo.
Su respiración estaba agitada y sus ojos reflejaban desesperación.
—¡Mi hija!
Merida se levantó inmediatamente.
—¿Qué ha pasado?
La mujer intentó recuperar el aliento.
—Mi niña se internó en el bosque.
Las personas comenzaron a mirarse entre sí.
—¿Cómo?
La mujer señaló a una pequeña niña que lloraba.
—Su hermana dice que fue a buscar al dragón.
Los aldeanos se alarmaron de inmediato.
El líder de la aldea dio un paso al frente.
—Tenemos que ir por ella.
Varios hombres asintieron.
—Vamos.
—No puede estar sola.
—Ya está anocheciendo.
Merida tomó rápidamente un bolso y comenzó a guardar varios frascos.
Uno de los aldeanos la miró.
—¿Qué haces?
Ella levantó la vista.
—Voy con ustedes.
El hombre dudó.
—Podría ser peligroso.
Merida asintió.
—Precisamente por eso.
—Si alguien resulta herido, necesitarán ayuda.
El líder de la aldea sonrió.
—Entonces vamos.
Merida miró a una de las mujeres.
—Por favor, cuando mis amigos regresen, díganles lo que ha ocurrido.
La mujer asintió.
—Así lo haré.
Merida ajustó el bolso sobre su hombro.
Y, junto a varios aldeanos, comenzó a caminar hacia el bosque.
El viento empezó a soplar con más fuerza.
Las enormes copas de los árboles se movían lentamente.
A lo lejos, un extraño rugido resonó en la distancia.
Merida levantó la mirada.
No sintió miedo.
Pero sí una extraña sensación en el pecho.
Como si, sin saberlo, estuviera dando el primer paso hacia el destino que la esperaba desde hacía mucho tiempo.
Muy lejos de allí, alguien también avanzaba hacia el mismo bosque.
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Por otro lado, el príncipe Azharel continuaba su viaje hacia el territorio de las brujas.
Las enormes montañas se alzaban a ambos lados del camino.
Sus picos parecían tocar las nubes y, entre ellas, se abrían gigantescas cavernas donde habitaban los dragones.
Cada cierto tiempo, profundos rugidos resonaban en la distancia.
Los caballos se inquietaban.
Pero los vampiros permanecían tranquilos.
Aunque tampoco se acercaban demasiado.
Azharel iba acompañado únicamente por dos vampiros.
Había decidido viajar con una pequeña escolta para no llamar la atención.
Los tres vestían ropas mucho más sencillas de lo habitual.
Capas oscuras y prendas humildes que ocultaban su verdadera identidad.
Uno de los vampiros observó una de las cuevas.
—Cada vez rugen más fuerte.
Azharel dirigió la mirada hacia la montaña.
—No se acerquen demasiado.
Los dos hombres lo miraron.
—¿Temes a los dragones?
El príncipe soltó una pequeña risa.
—No.
Luego añadió:
—Pero tampoco soy un idiota.
Los tres sonrieron.
—Si nos acercamos demasiado, comenzarán a incendiarlo todo.
Otro rugido sacudió la montaña.
Uno de los vampiros miró a los caballos.
—Creo que quieren comerse a nuestros animales.
Azharel sonrió.
—Ya han comido.
—Los dragones rara vez atacan sin motivo.
Continuaron avanzando.
La conversación era tranquila.
Pero entonces…
Un movimiento atravesó los árboles.
Todo ocurrió en un segundo.
Un enorme lobo saltó desde un lado del camino.
El primer vampiro apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Las enormes garras atravesaron su cuello.
Y de un solo movimiento, la bestia le arrancó la cabeza.
La sangre salpicó el suelo.
Los caballos relincharon aterrados.
Azharel desenfundó su espada inmediatamente.
—¡Emboscada!
El otro vampiro bajó del caballo.
—¡Mi príncipe!
Pero no hubo tiempo para más.
El lobo volvió a atacar.
Esta vez iba directamente hacia Azharel.
El príncipe reaccionó rápidamente.
Saltó hacia un lado.
La enorme criatura cayó sobre el caballo.
El animal murió al instante.
Azharel rodó por el suelo y se levantó.
—¡Ataca!
El vampiro avanzó.
Pero, en ese preciso momento…
Una flecha salió disparada desde el bosque.
Atravesó el hombro de Azharel.
El príncipe soltó un gruñido de dolor.
Retrocedió un paso.
Miró hacia los árboles.
Una sombra desaparecía entre ellos.
Sus ojos se estrecharon.
—Eso no fue un lobo…
Intentó sacar la flecha.
Pero algo era extraño.
En lugar de salir, parecía hundirse aún más.
Frunció el ceño.
Volvió a intentarlo.
Nada.
La flecha seguía avanzando lentamente hacia el interior de su hombro.
Una sensación de debilidad comenzó a recorrer su cuerpo.
Sus piernas temblaron.
—Maldita sea…
A pocos metros, el otro vampiro luchaba contra el enorme lobo.
Logró herirlo.
Pero otro apareció detrás de él.
La segunda bestia saltó sobre su espalda.
El vampiro gritó.
Las enormes mandíbulas atravesaron su cuello.
Y cayó muerto sobre el suelo.
Azharel quedó solo.
Frente a él había dos enormes lobos.
Las criaturas gruñían mostrando sus colmillos.
Azharel apretó la espada.
Sabía que podía enfrentarlos.
Pero algo no estaba bien.
La flecha seguía robándole las fuerzas.
Cada segundo se sentía más débil.
Uno de los lobos comenzó a rodearlo.
El otro avanzó lentamente.
Azharel respiró profundamente.
Pensó rápido.
Entonces miró una de las cuevas de dragón.
Y sonrió.
—Perfecto…
Los lobos saltaron.
Pero Azharel ya estaba corriendo.
Subió por las rocas y se dirigió hacia la cueva.
Las bestias lo perseguían.
Cada vez estaban más cerca.
Una de ellas lanzó un zarpazo.
Azharel apenas logró esquivarlo.
Sus piernas comenzaban a fallar.
El veneno de la flecha estaba haciendo efecto.
Entonces, reunió toda la fuerza que le quedaba.
Tomó su espada.
Y la lanzó hacia el interior de la cueva.
El metal chocó contra la piedra.
El sonido resonó profundamente.
Azharel se arrojó hacia un lado.
Los lobos saltaron para atraparlo.
Y entonces…
Un rugido estremeció la montaña.
Una gigantesca llamarada salió disparada desde el interior.
El fuego envolvió a las dos criaturas.
Los lobos soltaron un último aullido antes de desplomarse sobre el suelo.
Segundos después, un enorme dragón emergió de la oscuridad.
Sus escamas brillaban bajo la luz del sol.
Sus ojos dorados observaban a las criaturas muertas.
Y sin prestar atención a Azharel, comenzó a devorarlas.
El príncipe no perdió tiempo.
Se levantó como pudo.
Tomó aire.
Y comenzó a bajar la montaña.
Cada paso era más difícil que el anterior.
La flecha seguía hundiéndose en su hombro.
La vista comenzaba a nublarse.
Pero siguió avanzando.
A lo lejos, los árboles del bosque aparecieron ante él.
Y, sin saberlo, estaba acercándose al mismo lugar donde Merida caminaba junto a los aldeanos.
Dos destinos.
Dos vidas completamente distintas.
Estaban a punto de encontrarse.
Y el destino que Imelda había visto en la cera comenzaba a cumplirse.
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Merida se quedó quieta junto a los aldeanos.
Todos miraban hacia las montañas.
El rugido había sido muy fuerte.
Uno de los hombres habló.
—Fue un dragón.
Otro se llevó las manos a la cabeza.
—¡La niña!
El miedo comenzó a extenderse entre todos.
Merida intervino de inmediato.
—Tranquilos.
Los aldeanos la miraron.
—Los dragones viven en lo alto de las montañas.
Señaló la distancia.
—Aria no pudo haber subido hasta allí.
—Se necesitan varios días para llegar.
Las personas parecieron tranquilizarse un poco.
El líder de la aldea tomó aire.
—Debemos llamarla.
Todos comenzaron a avanzar.
—¡Aria!
—¡Aria!
Merida también se unió.
—¡Aria!
—¡Aria!
El grupo continuó internándose en el bosque.
Los árboles eran enormes.
La luz del sol apenas atravesaba las ramas.
El viento movía las hojas produciendo un suave murmullo.
Entonces Merida vio algo en el suelo.
Se agachó.
Era un pequeño trozo de tela azul.
Lo tomó entre sus dedos.
—¿Reconocen esto?
Uno de los aldeanos abrió los ojos.
—Es parte del vestido que llevaba esta mañana.
Merida se puso de pie.
—Entonces vamos en la dirección correcta.
El líder asintió.
—Sigamos.
Todos comenzaron a caminar más deprisa.
—¡Aria!
—¡Aria!
Las voces se perdían entre los árboles.
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Por otro lado, Azharel descendía de la montaña.
Su respiración era pesada.
Durante la huida había rodado varios metros por las rocas.
Su ropa estaba rasgada y cubierta de tierra.
La flecha seguía clavada en su hombro.
Pero lo peor era que continuaba hundiéndose lentamente.
Cada vez más.
Cada vez más profundo.
El príncipe apoyó una mano en un árbol para mantenerse de pie.
Intentó arrancarla.
Pero no pudo.
Una fuerte punzada de dolor atravesó todo su cuerpo.
Sus piernas comenzaron a fallar.
Entonces cayó de rodillas.
Y luego al suelo.
Su respiración se aceleró.
Algo estaba pasando.
No era una flecha normal.
Estaba debilitándolo.
Pero había algo peor.
La sed comenzaba a apoderarse de él.
Su garganta ardía.
Su cuerpo la exigía.
Necesitaba sangre.
Y la necesitaba pronto.
Cerró los ojos.
Intentando controlar sus instintos.
Entonces escuchó una pequeña voz detrás de él.
—Señor… ¿está herido?
Azharel abrió los ojos.
Y se volteó.
Frente a él había una niña.
Debía tener unos seis años.
Tenía el cabello negro recogido en dos trenzas.
Sus ojos azules eran enormes y brillantes.
Sus mejillas estaban rosadas.
Y sostenía una pequeña flor entre sus manos.
La niña lo miraba con curiosidad.
Azharel la observó unos segundos.
Su mente todavía estaba confundida.
—¿Eres un espíritu?
La niña parpadeó.
—No.
Luego sonrió.
—Quería montar un dragón y me perdí.
Azharel soltó una pequeña exhalación.
Pero en cuanto la niña se acercó…
Todo cambió.
El olor.
Lo sintió inmediatamente.
La sangre.
Joven.
Dulce.
Tibia.
Podía imaginarla recorriendo sus pequeñas venas.
Escuchar los latidos de su corazón.
Y un deseo aterrador comenzó a apoderarse de él.
Sus colmillos amenazaban con aparecer.
Sabía perfectamente lo que ocurriría si ella daba un paso más.
Saltaría sobre ella.
Rompería su cuello.
Y la mataría.
Azharel apartó la mirada.
Apretó los dientes.
—Lárgate de aquí.
La niña lo miró confundida.
—¿Señor?
Él apretó los puños.
La sed aumentaba.
—Lárgate.
La niña dio un paso más.
—Pero está herido…
Azharel la miró.
Sus ojos comenzaban a adquirir un tono rojizo.
—¡Largo!
El grito resonó en todo el bosque.
La niña se sobresaltó.
Sus ojos se llenaron de miedo.
Dio un paso hacia atrás.
Azharel volvió a gritar.
—¡Corre!
Y comenzó a emitir fuertes sonidos para asustarla.
La pequeña soltó un pequeño grito.
Y salió corriendo.
Azharel la observó alejarse.
Entonces apoyó la cabeza contra el árbol.
Y murmuró entre dientes:
—Eso…
Respiró agitadamente.
—Corre.
La niña desapareció entre los árboles.
Y Azharel cerró los ojos.
Sabía que había tomado la decisión correcta.
Porque, si ella se hubiera quedado unos segundos más…
No habría podido detenerse.
Sin saberlo, acababa de salvarle la vida.
Y, al mismo tiempo, el destino seguía acercándolo a alguien más.
Muy cerca de allí, Merida continuaba llamando a Aria.
Cada paso que daban acortaba la distancia entre ellos.
y el no cae en cuenta como es manipulado por ella , ciego por no querer ser menos en un mundo donde las bestias tienen poder y eso le va a jugar en contra 🤔
y el rey segado por el dolor tomando malas decisiones😡😡