Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?
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Capítulo 19 La boda de sus sueños
El compromiso de Marco Vivaldi e Isabella Rossi fue la noticia más comentada de toda la región durante semanas.
Quienes durante años habían asegurado que el dueño de los viñedos jamás se casaría, ahora buscaban cualquier excusa para acercarse a la mansión y confirmar con sus propios ojos que la noticia era cierta.
Las mujeres que alguna vez soñaron con convertirse en la señora Vivaldi hablaban de sorpresa.
Los hombres comentaban que, al final, Marco había terminado enamorándose de la muchacha más sencilla del pueblo.
Y aunque los rumores nunca desaparecieron del todo, por primera vez dejaron de hacer daño.
Porque Marco había dejado de vivir pendiente de ellos.
Una tarde, mientras paseaban entre los viñedos, Isabella caminaba descalza sobre la tierra tibia.
Llevaba las sandalias en una mano y el viento jugaba con su vestido de verano.
Marco la observaba con una mezcla de diversión y ternura.
—¿Siempre haces eso?
Ella sonrió.
—¿Caminar descalza?
—Sí.
—Mi padre decía que la tierra también abraza.
Marco soltó una pequeña risa.
—Tu padre debía de ser un hombre muy sabio.
Isabella levantó los ojos hacia él.
—Lo era.
Guardaron silencio unos instantes.
Ella tomó un racimo de uvas entre los dedos.
—¿Ya pensó cómo quiere que sea la boda?
Marco respondió sin dudar.
—Como tú la soñaste.
Ella sonrió.
—Eso no es una respuesta.
—Sí lo es.
Isabella rió.
—¿Y si la sueño demasiado grande?
—La haremos.
—¿Y si la sueño demasiado sencilla?
—También.
Ella negó con la cabeza.
—No puede decir que sí a todo.
Marco se acercó un poco más.
—Puedo cuando se trata de ti.
Isabella sintió cómo sus mejillas se coloreaban.
Aún no se acostumbraba a aquel Marco que comenzaba a expresar lo que sentía.
Los preparativos empezaron pocos días después.
Lucía se convirtió, sin proponérselo, en la organizadora principal de la boda.
Elisa ayudaba a elegir las flores.
Gianna discutía con el chef el menú.
Y Lorenzo, divertido, aseguraba que jamás había visto a Marco obedecer tantas órdenes sin protestar.
Una mañana, Isabella llegó al salón principal con un cuaderno entre las manos.
—¿Qué es eso? —preguntó Marco.
Ella sonrió.
—Mi libreta de sueños.
Él levantó una ceja.
—¿Existe algo así?
—Desde los quince años.
Se sentó a su lado y comenzó a pasar las páginas.
Había dibujos hechos a mano.
Pequeñas notas.
Flores secas pegadas entre las hojas.
Incluso recortes de revistas.
—Mire.
Aquí imaginé mi vestido.
Marco contempló el dibujo.
Era un vestido elegante, pero sencillo, con mangas de encaje y una larga falda que caía con naturalidad.
—Es hermoso.
—También quería una ceremonia al aire libre.
Entre árboles o viñedos.
No dentro de una iglesia enorme.
Pasó otra página.
—Y aquí escribí que el novio debía sonreír cuando me viera entrar.
Marco levantó la vista.
—Eso será fácil.
Ella sonrió.
—¿Está tan seguro?
—Completamente.
Porque no creo poder hacer otra cosa.
Isabella sintió que el corazón le latía con fuerza.
Aquel hombre reservado estaba aprendiendo a enamorarla con palabras sencillas.
Y eran precisamente esas las que más valor tenían.
El día anterior a la boda, Lucía encontró a Marco completamente solo en la bodega.
Sostenía una botella de vino entre las manos.
—¿Nervioso?
Él sonrió.
—Mucho.
—Pensé que nunca escucharían esa palabra salir de tu boca.
Marco observó la botella.
—Es un vino que mi padre preparó el año antes del accidente.
La he conservado durante dieciocho años.
Lucía comprendió de inmediato.
—¿Piensas abrirla mañana?
Él asintió.
—Creo que habría sido el primero en brindar por nosotros.
La mujer apoyó una mano sobre su hombro.
—Estoy segura de que, dondequiera que estén, tus padres también estarán presentes.
Marco sintió un nudo en la garganta.
No respondió.
Solo acarició la vieja botella con un respeto casi sagrado.
La mañana de la boda amaneció luminosa.
El cielo parecía pintado de un azul imposible.
Los viñedos lucían más verdes que nunca.
Las sillas blancas habían sido colocadas formando un pasillo entre las vides.
Pequeños arreglos de flores silvestres decoraban el camino.
No había excesos.
No había ostentación.
Solo belleza.
Exactamente como Isabella lo había imaginado.
Marco esperaba junto al altar improvisado.
Vestía un elegante traje negro.
Lorenzo permanecía a su lado.
—Respira.
Marco soltó una risa nerviosa.
—No recordaba cómo hacerlo.
La música comenzó a sonar.
Todos se pusieron de pie.
Entonces apareció Isabella.
Llevaba el vestido de su libreta de sueños.
El encaje parecía mezclarse con la luz del sol.
El velo se movía suavemente con la brisa.
Y en las manos sostenía un pequeño ramo de flores silvestres y lavanda.
Marco dejó de escuchar todo lo que ocurría a su alrededor.
Solo podía verla a ella.
Cada paso que daba parecía acercarla no solo hacia el altar.
Sino hacia la vida que siempre había creído imposible.
Cuando Isabella llegó a su lado, levantó lentamente la vista.
Él estaba sonriendo.
Tal y como ella había escrito años atrás.
—¿Qué ocurre? —susurró ella.
Marco negó con la cabeza.
—Nada.
Solo estaba pensando...
que eres aún más hermosa de lo que imaginé.
Las mejillas de Isabella se tiñeron de rojo.
Tomó su mano.
Y ambos se giraron hacia el oficiante.
Los votos fueron sencillos.
No hubo discursos largos.
Cuando llegó el turno de Marco, sostuvo ambas manos de Isabella.
—Prometo cuidar de ti.
Escucharte.
Respetarte.
Y aprender cada día a ser el esposo que mereces.
Ella sonrió entre lágrimas.
—Y yo prometo llenar de luz incluso los días más oscuros.
Caminar a tu lado.
Creer en ti cuando tú no puedas hacerlo.
Y recordarte siempre que nunca volverás a estar solo.
El oficiante sonrió.
—Por el poder que me ha sido conferido...
los declaro marido y mujer.
Puede besar a la novia.
Marco la miró durante un instante.
Como pidiendo permiso.
Isabella respondió acercándose apenas unos centímetros.
Entonces sus labios se encontraron por primera vez.
Fue un beso corto.
Tierno.
Lleno de emoción.
Los aplausos estallaron entre familiares, trabajadores y amigos.
Lucía lloraba sin intentar ocultarlo.
Elisa abrazaba a su hija con orgullo.
Y Lorenzo sonreía convencido de que jamás volvería a ver a Marco Vivaldi tan feliz.
Sin embargo, ninguno de ellos imaginaba que el verdadero desafío de aquel matrimonio apenas estaba comenzando.
Porque, detrás de la felicidad de ese primer beso como esposos, Marco seguía escondiendo el secreto que más miedo le daba revelar.
El mismo secreto que muy pronto pondría a prueba el amor que acababan de prometerse.