En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer
NovelToon tiene autorización de Marion Cecilia Coloma Aguirre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 9: La calma antes de la tormenta
Dicen que cuando la vida se muestra demasiado perfecta, cuando todo encaja con tanta armonía y no hay sombras que enturbien el día a día, es porque algo está por cambiar. En ese momento, con catorce años cumplidos y viviendo en esa burbuja de paz en Maipú, no entendía ese dicho.
Para mí, nuestra felicidad era algo que habíamos construido con esfuerzo, confianza y cariño, y estaba convencido de que duraría para siempre.
No imaginaba que, mientras nosotros nos entregábamos por completo a nuestro mundo, otros observaban desde lejos, esperando el momento justo para sembrar la discordia.
Nuestra rutina seguía siendo la misma, pero con pequeños cambios que nos hacían sentir que crecíamos juntos.
Ya no solo éramos dos jóvenes que compartían una casa; nos habíamos convertido en compañeros de vida, en quienes el otro buscaba refugio y seguridad.
Cada mañana, al despertar, lo primero que veía era su cabello rubio desparramado sobre la almohada y sus ojos verdes, que me miraban con una ternura que me llenaba el pecho de calor.
En la cocina, mientras preparábamos el desayuno, hablábamos de lo que haríamos, de lo que aprenderíamos y de todo lo que queríamos lograr con el paso del tiempo.
En el colegio, seguíamos siendo ejemplo de constancia y respeto.
Nuestras notas eran buenas, nos llevábamos bien con todos, pero manteníamos esa distancia que nos permitía protegernos de chismes y discusiones ajenas.
Sin embargo, empecé a notar pequeños detalles que al principio no di importancia: miradas que se apartaban rápido cuando pasábamos, susurros que se cortaban en seco al acercarnos, compañeros que antes nos hablaban con naturalidad y ahora nos saludaban con una sonrisa forzada.
Pero yo pensaba que eran cosas sin importancia, simple curiosidad o envidia sin malicia, y prefería no darle vueltas para no enturbiar lo que teníamos.
Al volver a casa, todo volvía a ser como siempre.
Nicole seguía llenando cada rincón con su color favorito: cortinas de un rosa suave que filtraba la luz del sol, cojines que invitaban a recostarse, cuadros con flores pintadas por ella misma.
Yo, por mi parte, seguía eligiendo detalles en negro que le daban solidez y elegancia a cada espacio: marcos de madera, estantes, sillas y hasta la cubierta de los libros que guardaba en el escritorio.
Juntos lográbamos un equilibrio que nos hacía sentir que esa casa era la única en el mundo donde realmente pertenecíamos.
Las tardes de estudio seguían siendo momentos de gran unión.
Nos sentábamos frente a frente en el amplio escritorio, rodeados de libros y cuadernos, y nos ayudábamos mutuamente.
Cuando terminábamos, nos sentábamos en el jardín, bajo la sombra de los árboles, y nos quedábamos en silencio, disfrutando del viento que bajaba suave desde la cordillera y de la paz que nos rodeaba.
A veces Nicole me tomaba de la mano, me miraba fijamente a los ojos grises y me decía con voz suave: Nicolás, no cambiaría nada de lo que tenemos.
Eres lo mejor que me ha pasado en la vida”. Y yo le respondía lo mismo, sintiendo que esas palabras eran más verdaderas que cualquier juramento.
Los fines de semana seguían siendo para compartir con nuestras familias.
Ellos nos seguían apoyando sin reservas, nos traían regalos, nos preguntaban por nuestros planes y nos repetían que estábamos haciendo las cosas bien.
Nos decían que la confianza era lo más valioso que podíamos tener, que debíamos cuidarla como si fuera un tesoro frágil, porque una vez que se rompe, cuesta mucho volver a armarla.
En ese momento yo escuchaba esas palabras, pero no les daba toda la importancia que merecían, porque creía que entre nosotros esa confianza era tan fuerte que nada podría quebrarla.
Sin embargo, sin que nosotros lo supiéramos, fuera de nuestras cuatro paredes ya se estaban moviendo los hilos. Había personas que no soportaban vernos tan unidos, tan protegidos, tan felices sin necesidad de pedir nada a nadie.
Por envidia, por aburrimiento o por simple maldad, empezaron a buscar la forma de dañarnos.
No lo harían de frente, ni con golpes ni con gritos, sino con algo mucho más peligroso: palabras disfrazadas de verdad, historias inventadas con detalles creíbles, que poco a poco empezarían a llegar a nuestros oídos.
Pero por ahora, en este capítulo de nuestra historia, nada de eso había ocurrido todavía.
Vivíamos en la plenitud de nuestro amor, confiados en nosotros mismos y en el futuro, sin saber que esa calma que nos parecía eterna no era más que el silencio que precede a la tormenta más fuerte que jamás habríamos imaginado.