🚩🔞⚠️Tras cinco años de injusto exilio en las heladas estepas del norte, el implacable General Yan Jincheng regresa a la capital con un solo objetivo: vengarse de la dinastía Li. Para salvar a su familia biológica de la ejecución pública, el Segundo Príncipe, Li Xiaowei, acepta un destino humillante: convertirse en el consorte cautivo de su antiguo amor.
En un palacio militar donde el rencor y los secretos dictan las reglas, Xiaowei soportará el dolor de la servidumbre y la crudeza del cautiverio en un silencio frío. Sin embargo, lo que el general ignora es que el príncipe sacrificó su propia reputación para mantenerlo con vida.
¿Podrá el remordimiento de Jincheng sanar un cuerpo y un alma destrozados cuando la verdad salga a la luz en medio de un imperio en cenizas? Una historia BL oscura de traición, redención y amor incondicional.
HAY SUFRIMIENTO. SI NO ESTÁN LISTOS, NO LO LEAN.⚠️🔞🚩
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Arrepentimiento
El silencio en los aposentos privados del general era pesado, roto únicamente por el crupitar errático del brasero de bronce que Jincheng había ordenado encender a toda prisa. El olor a sangre y sudor rancio que dominaba el ambiente militar había sido desplazado por el aroma penetrante de las soluciones antisépticas, el vinagre medicinal y las hierbas amargas que el médico del ejército había esparcido sobre la mesa.
Li Xiaowei yacía boca arriba en la gran cama. Ya no vestía los harapos grises de sirviente; el médico los había cortado con tijeras para no lastimar más su piel. Ahora estaba cubierto hasta el pecho por una fina sábana de lino blanco, pero su rostro seguía teniendo el color de la ceniza. La fiebre alta lo mantenía en una frontera difusa entre la vida y la muerte, un limbo donde los recuerdos y la realidad se mezclaban de forma caótica.
Al lado del lecho, el viejo médico militar terminaba de limpiar sus manos ensangrentadas en un cuenco de agua tibia. Su rostro arrugado reflejaba una seriedad absoluta. No se atrevía a mirar directamente al General Yan Jincheng, quien permanecía de pie al pie de la cama, inmóvil como una estatua de piedra, con la mirada fija en el pecho del príncipe, que subía y bajaba con dificultad.
—La infección es profunda, mi general —informó el médico en un susurro, temiendo desatar la furia del hombre frente a él—. El desgarro en su interior fue grave, y el esfuerzo físico posterior hizo que las heridas internas volvieran a abrirse repetidamente. La suciedad del grano y polvo causó una inflamación masiva. Si la fiebre no cede antes del amanecer, sus órganos fallarán. He aplicado ungüentos para detener la hemorragia y calmar el dolor, pero el resto depende de su fuerza de voluntad.
—Déjanos —ordenó Jincheng. Su voz no tenía la fuerza dominante de antes; era un murmullo hueco, carente de aire.
El médico inclinó la cabeza, recogió sus pertenencias a toda prisa y salió de la habitación, cerrando la puerta con cuidado.
Jincheng se quedó solo con su prisionero. El general dio un paso lento hacia el borde de la cama, despojándose de su pesada capa militar, que cayó al suelo con un sonido sordo. Miró sus propias manos limpias. El agua había borrado los restos de la sangre de Xiaowei, pero la sensación pegajosa y tibia seguía quemándole la piel de forma mental. La culpa era un monstruo que le devoraba las entrañas. Ver al príncipe tan indefenso, reducido a un suspiro en su propia cama, destruía pieza por pieza la coraza de odio que había construido durante cinco largos años.
De repente, el cuerpo delgado de Xiaowei se sacudió por un espasmo violento. Su cabeza comenzó a moverse de un lado a otro sobre la almohada, y un sudor frío y brillante brotó de su frente. Sus labios agrietados se abrieron, emitiendo un murmullo incomprensible, atrapado en el delirio de la fiebre.
—No... no lo hagan... —deliraba Xiaowei, con los ojos cerrados pero las cejas fruncidas por una angustia intolerable—. La tormenta... la nieve está muy fría... Padre, retira la orden de ejecución... Yo firmaré... yo diré que es un traidor...
Jincheng se inclinó hacia el frente de inmediato, conteniendo la respiración. Sus ojos se abrieron con sorpresa al escuchar las palabras inconexas del príncipe.
—¿De qué estás hablando, Xiaowei? —susurró Jincheng, acercando su rostro al del joven, con el corazón latiéndole con fuerza en la garganta.
—El amuleto... lo rompí... —continuaba el príncipe en su delirio, con las lágrimas acumulándose finalmente bajo sus párpados cerrados y rodando por sus mejillas ardientes—. Se lo prometí... lo mantendré vivo... Jincheng debe vivir... aunque me odie... aunque me mate... no le den el veneno...
Las palabras del delirio golpearon la mente de Jincheng como un rayo en una noche despejada. “¿Mantendré vivo a Jincheng? ¿No le den el veneno?” El rompecabezas de la supuesta traición de hace cinco años mostró una pieza completamente nueva, una grieta en la versión oficial que la Princesa Xue'er le había repetido horas antes. Jincheng sintió que el suelo temblaba bajo sus pies. Una sospecha horrible y devastadora comenzó a tomar forma en su mente: ¿y si Xiaowei nunca lo había vendido por ambición? ¿Y si todo había sido un sacrificio?
Movido por la desesperación y un instinto de protección que ya no podía contener, Jincheng extendió su mano y la colocó suavemente sobre la mejilla ardiente de Xiaowei, intentando traerlo de vuelta de la pesadilla.
—Xiaowei... despierta. Mírame. Estoy aquí —dijo Jincheng. Su tono de voz era completamente diferente; ya no era el general despiadado que escupía insultos, sino un susurro suave, limpio y cargado de una ternura angustiada que recordaba al joven teniente del pasado.
El contacto de la mano de Jincheng y la suavidad inusual de su voz actuaron como un choque eléctrico en el sistema nervioso de Xiaowei.
Los ojos del príncipe se abrieron de golpe. La neblina de la fiebre se disipó por un instante, permitiéndole enfocar el rostro del hombre que estaba inclinado sobre él. Al reconocer la cercanía de Jincheng, el cuerpo de Xiaowei reaccionó con un terror biológico absoluto. Sus pupilas se dilataron por el pánico y un temblor incontrolable recorrió cada uno de sus músculos, haciendo que sus dientes castañearan de forma audible.
Intentó retroceder, arrastrando su cuerpo hacia el lado opuesto de la cama, pero el movimiento brusco desató una punzada de dolor tan atroz en su interior que se le cortó el aire. Un gemido de agonía pura escapó de sus labios partidos, y tuvo que clavar las uñas en las sábanas de lino para no perder el conocimiento de nuevo. Su respiración se volvió rápida, superficial y aterrorizada, como la de un animal acorralado que sabe que la siguiente herida será la última.
—No te muevas, por favor. Te vas a lastimar más —dijo Jincheng, intentando mantener la voz lo más suave y calmada posible, dando un paso atrás para darle espacio al príncipe—. El médico ya te revisó. Estás a salvo aquí.
Esa suavidad, esa voz tan dócil y desprovista de la furia a la que se había acostumbrado en los últimos días, causó un pánico aún más profundo en Xiaowei. El príncipe mantenía la espalda pegada contra la madera de la cabecera, abrazándose el vientre bajo con ambas manos como si intentara protegerse de un ataque inminente. La desconfianza brillaba en sus ojos como dos dagas. No entendía el cambio de actitud del general; para él, la amabilidad de un verdugo solo podía significar una cosa: una nueva forma de tortura, un juego cruel diseñado para hacerle bajar la guardia antes de infligirle un dolor peor.
—¿Qué... qué es lo que quiere ahora, General Yan? —consiguió articular Xiaowei. Su voz era un hilo débil, temblorosa por la fiebre y el miedo, pero mantenía esa distancia helada—. Si ha venido a... a golpearme otra vez... hágalo de una vez. No necesito... sus mentiras de piedad.
Cada palabra del príncipe era un puñal que se clavaba directamente en el orgullo y el corazón de Jincheng. El general vio el temblor continuo en los hombros de Xiaowei y se dio cuenta de la magnitud del daño que había causado. El hombre que una vez lo había mirado con amor incondicional en los jardines secretos, ahora temblaba de terror absoluto ante su simple cercanía.
—No voy a golpearte, Xiaowei. Jamás volveré a ponerte una mano encima de esa manera —prometió Jincheng, dando otro paso atrás, mostrando sus manos vacías en un gesto de rendición absoluta—. Escuché lo que dijiste en tu delirio. Hablaste de una orden de ejecución... de un trato para mantener can vida a alguien. Dime la verdad, te lo ruego. ¿Qué pasó hace cinco años en la corte de tu padre?
Al escuchar la pregunta, la máscara de frialdad de Xiaowei regresó por pura necesidad de supervivencia. La mención del pasado encendió todas las alarmas en su mente. No podía confesar. Recordaba la fragilidad de su padre enfermo y el peligro de la red de espías que la Princesa Xue'er aún controlaba desde las sombras; si Jincheng actuaba de forma impulsiva basándose en una verdad a medias, desataría una purga política que terminaría en una guerra civil sangrienta, destruyendo también al propio general. Tenía que mantener el secreto, tenía que seguir siendo el culpable.
—Solo fueron... fantasmas de la fiebre, General —respondió Xiaowei, obligándose a mirar fijamente a los ojos de Jincheng, ignorando el temblor que aún sacudía su pecho—. Hace cinco años cumplí con mi deber. Lo traicioné para salvar la dinastía Li. No busque misterios donde solo hay... el remordimiento de un prisionero derrotado. Si su curiosidad está satisfecha, déjeme morir en paz.
Jincheng apretó los dientes, sintiendo que el llanto le subía por la garganta. Sabía que el príncipe estaba mintiendo; la forma en que desvió la mirada y la rigidez de su postura delataban que ocultaba algo inmenso. Pero lo que más le dolía era que Xiaowei prefería soportar el dolor físico del desgarro en su cuerpo y la humillación de la servidumbre antes que confiar en él. La desconfianza era un abismo infranqueable que él mismo había cavado con su brutalidad.
El general no insistió. Caminó despacio hacia la mesa de noche, tomó un paño limpio, lo empapó en el agua con vinagre medicinal y se acercó a la cama con movimientos exageradamente lentos, para no asustar de nuevo al joven. Al ver que Jincheng se aproximaba, Xiaowei cerró los ojos con fuerza y contuvo el aliento, esperando el dolor, pero lo único que sintió fue el contacto fresco y delicado de la tela húmeda sobre su frente ardiente, seguido por el roce suave de los dedos del general limpiando el hilo de sangre de su labio partido.
Xiaowei no abrió los ojos. Soportó la caricia inesperada en silencio, mientras el arrepentimiento de Jincheng comenzaba a crecer en la penumbra de la alcoba, una marea negra de culpa que prometía ahogarlos a ambos antes de que la verdad saliera completamente a la luz.