Valeria solo quería encajar. Por eso aceptó ir a esa fiesta con sus compañeras de universidad, sin sospechar que su presencia molestaba más de lo que creía. Su brillante expediente académico y la atención involuntaria del chico más codiciado del campus la habían convertido en el blanco de una envidia silenciosa. Esa noche, una trampa meticulosamente diseñada destruyó su reputación en cuestión de horas y alteró el curso de su vida para siempre.
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Capítulo I La ilusión del amor
—¡Valeria, ven ahora mismo! —la voz de Esperanza retumbó en la sala, afilada y dominante—. ¿Dónde se metió esta tonta?
Valeria ajustó el uniforme de la universidad con manos temblorosas antes de salir apresurada de la cocina.
—Señora, disculpe, estaba terminando de servir el desayuno… —murmuró, manteniendo la mirada fija en las baldosas.
—No me interesan tus excusas baratas. Cuando te llamo, apareces al instante —sentenció Esperanza, dando un paso al frente con la postura rígida y los ojos llenos de desprecio.
A Valeria se le oprimió el pecho. Un frío amargo le recorrió la espalda al dar un paso hacia atrás.
—Recuerda quién paga el tratamiento de tu hermano —añadió Esperanza, bajando la voz a un susurro cruel—. Su vida depende del dinero que yo decida soltar. Si te vuelves inútil, el apoyo se acaba.
La mención de su hermano fue un golpe directo al estómago. A Valeria se le hizo un nudo en la garganta y apretó los puños a los costados para disimular el temblor de sus manos. Su hermano era lo único que le quedaba tras la muerte de su madre, la sola razón por la que soportaba el infierno en el que se había convertido esa casa desde que su padre se volvió a casar.
—Lo siento, señora. No volverá a pasar —alcanzó a responder con el hilo de voz que le quedaba.
Tragándose la impotencia, terminó las tareas pendientes a toda prisa. Solo al cruzar la puerta de la casa y sentir el aire fresco de la calle pudo respirar de nuevo. Su verdadera vía de escape era la universidad; cada jornada de estudio la acercaba un paso más a su título de abogada y a la libertad que tanto ansiaba.
Horas más tarde, en los pasillos del campus, dos figuras observaban a la distancia a la joven que repasaba sus apuntes concentrada en un banco.
—Mira quién está allá —dijo Elena Fuenmayor, acomodándose un mechón de cabello con desdén mientras esbozaba una sonrisa calculadora—. Deberíamos invitarla esta noche a nuestra pequeña reunión.
—¿A ella? —Diana De Las Rosas la miró con una mueca de fastidio—. No sé qué le ven, pero me parece perfecto. Va siendo hora de poner a la alumna estrella en su lugar.
Elena caminó a paso firme hacia el banco, modificando la expresión de su rostro por una de absoluta cordialidad al acercarse.
—Hola, Valeria, empezó Elena, modulando la voz con suave amabilidad—. Esta noche celebramos el cumpleaños de Diana y pensamos que sería un buen gesto invitarte. Nos gustaría que vinieras.
Valeria levantó la vista, sorprendida. Sabía bien quiénes eran Elena y Diana: chicas acostumbradas a salirse siempre con la suya y que jamás le habían dirigido la palabra. La repentina amabilidad le encendió todas las alarmas.
—Agradezco mucho la intención —respondió Valeria, manteniendo una postura firme pero educada—, pero esta noche tengo un compromiso familiar que no puedo cancelar.
Elena apretó disimuladamente la mandíbula, cruzando una mirada de frustración con Diana. Su plan dependía por completo de que Valeria aceptara. Diana, al notar que la cortesía no estaba funcionando, decidió jugarse una carta más arriesgada.
—Qué lástima —comentó Diana con tono despreocupado, lanzándole una mirada de reojo a Elena—. Mateo nos confirmó que va a ir. De hecho, por lo que nos contó el otro día, nos dio la impresión de que tenía muchas ganas de verte allí.
El nombre de Mateo hizo que a Valeria se le detuviera el corazón por un segundo. Sintió un calor repentino subirle por las mejillas. Mateo era el único chico del campus que le llamaba la atención, alguien que siempre le había parecido inalcanzable. ¿Afectaría realmente su ausencia si él esperaba encontrarla?
La tentación venció a la prudencia.
—Miren… la reunión en mi casa es muy importante y no puedo faltar —respondió Valeria, tratando de disimular la emoción en su voz—, pero podría alcanzarlas más tarde, cuando termine. Pásenme la dirección.
Elena y Diana intercambiaron una sonrisa contenida. Tras darle los datos del lugar, se despidieron con una amabilidad estudiada y se alejaron por el pasillo.
Valeria se quedó sola en el banco, viendo cómo se marchaban mientras la mente le iba a mil por hora. Tenía que pensar en cómo escaparse de la casa. La "comida familiar" no era una celebración para ella; su presencia solo era requerida para servir la mesa y atender a las visitas de Esperanza como una empleada más. Pero esta vez, la idea de ver a Mateo le daba el impulso que necesitaba para arriesgarse.
se me hizo tan corta y muy buena 👍😍