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Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Status: Terminada
Genre:Vampiro / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 19: LA CORONACIÓN DE LA REINA

El silencio en el Gran Trono de Sombras no era un silencio ordinario. Era una entidad viva, densa y pesada, tejida con los suspiros contenidos de una aristocracia ancestral que jamás había creído capaz a una mujer mortal de reclamar el trono. O, peor aún, de sobrevivir al temperamento y la posesividad implacable de Alistair Vance.

El aire en la vasta bóveda de piedra negra olía a cera de abeja silvestre, a mirra, a hierro frío y al inconfundible e embriagador aroma del poder antiguo. Filas interminables de candelabros de plata forjada se alzaban hacia el techo abovedado, donde la penumbra parecía bailar al ritmo de cientos de llamas parpadeantes. A ambos lados de la gran nave central, alineados con una precisión casi militar, se encontraban los miembros de los Altos Consejos, los lores de las Casas Olvidadas y los embajadores de los clanes de la noche. Lucían sus mejores galas de seda, cuero y joyas que no veían la luz del sol desde hacía milenios.

Sin embargo, a pesar de la opulencia de la corte, todas las miradas —algunas cargadas de veneración, muchas de celos amortiguados y la mayoría de un temor reverencial— estaban fijadas en la figura que avanzaba lentamente por la alfombra de terciopelo carmesí.

Elena Rossi.

Avanzaba con la cabeza erguida, la barbilla levantada en un gesto de desafío implacable que no dejaba lugar a dudas sobre su derecho a estar allí. El vestuario no era una simple prenda de vestir; era una armadura de soberanía y deseo. El vestido, confeccionado en el terciopelo más profundo y oscuro que la luz parecía absorber en lugar de reflejar, se ceñía a su silueta sin la menor timidez. Orgullosa, majestuosa, Elena lucía sus curvas deslumbrantes, convirtiéndolas en el lienzo de una dinastía renacida.

Los intrincados bordados en hilo de oro puro serpenteaban por el corsé, dibujando antiguas runas de protección sobre su cintura y sus marcadas caderas, descendiendo en un manto de pliegues pesados que acariciaban el suelo de mármol negro a cada paso que daba. Distante del ideal pálido, rígido y casi cadavérico del mundo gótico, Elena emanaba una calidez encendida, un magnetismo carnal y lleno de vida que desconcertaba a la aristocracia vampírica. Sus ojos expresivos brillaban con una seguridad aplastante; no intentaba encajar en el molde de las reinas frágiles del pasado, sino que estaba refundando el molde a su propia e inconfundible imagen.

A mitad del recorrido, Elena escuchó los murmullos de la corte.

—Mírala... —susurró Lady Vespera desde la primera fila, apretando el abanico de plumas de cuervo—. Muestra las curvas, muestra la forma, muestra la vida sin un gramo de vergüenza. Desfilar con semejante calor entre los muertos... es casi una provocación.

—No es una provocación, Vespera, es una advertencia —musitó a su lado el Lord de los Abismos, con sus ojos fijos en los bordados dorados que destellaban con el fuego—. El Rey mataría a cualquiera de nosotros antes de que alcanzáramos a pestañear si la miráramos con la intención equivocada.

Elena no pestañeó. Su mirada permanecía clavada al fondo del salón, donde la gran escalinata conducía a la cima del estrado. Allí esperaba el hombre que había gobernado en la soledad más absoluta durante más de trescientos años, el rey de belleza sobrehumana y aura helada que erizaba la piel de cualquiera que se atreviera a mirarlo directamente: Alistair Vance.

Alistair estaba de pie junto al asiento de piedra y obsidiana. Su presencia era monumental. Imponente, cubierto por su túnica ceremonial de gala y una capa que parecía hecha de la mismísima noche, observaba a Elena ascender hacia él. En sus ojos, de un carmesí profundo y hambriento, no había la frialdad con la que solía juzgar al mundo. Había una devoción ardiente, una posesividad feroz y un alivio antiguo.

Nadie en ese salón comprendía la magnitud de lo que Alistair sentía en ese instante. Durante tres siglos, el soberano absoluto había estado convencido de que su tuo cantante —la única mujer cuya sangre y alma estaban predestinadas a unirse a la suya— jamás nacería. Había vivido en una penumbra desprovista de color hasta que, veintidós años atrás, el destino jugó su carta más extraña. Alistair jamás olvidaría la noche en que percibió por primera vez ese latido cautivador, esa sintonía de sangre tan brutal y perfecta... cuando Elena no era más que una chispa de vida latente en el vientre de su madre. Desde ese mismísimo segundo, la había protegido desde las sombras, guardando en secreto su existencia hasta que esa tormentosa gala los puso frente a frente, desatando una atracción ineludible y ardiente que culminaba hoy.

Cuando Elena llegó al primer escalón de la plataforma, la música de los violines de hueso y los tambores cesó de golpe. El silencio regresó, cargado de una tensión eléctrica y sensual.

Subió el primer escalón. El terciopelo bordado rasgó el aire limpio.

Subió el segundo. Los bordados de oro destellaron como fuego vivo.

Subió el tercero, y llegó al nivel donde Alistair la esperaba.

Él dio un paso al frente y le ofreció la mano. Sus dedos largo y fríos se entrelazaron con los de ella, y el contacto envió una descarga de calor directo al pulso de Elena.

—Luces deslumbrante, mi pequeña tentación —le susurró Alistair, con una voz tan baja y grave que solo vibró en el pecho de Elena. Un matiz de posesión y humor oscuro rasgó su tono rígido—. Toda la corte está conteniendo el aliento. Te temen... pero sobre todo, les enfurece la forma en que me haces pertenecerte.

—Que se acostumbren al espectáculo entonces —respondió Elena con una sonrisa pequeña y atrevida, clavando sus ojos expresivos en los del Rey—. Dijiste que la noche era tuya, Alistair. Es hora de demostrar que tú eres mío.

Los labios de Alistair se curvaron en una sonrisa peligrosa, fascinada. Se volvió hacia la congregación y la sombra del salón pareció estirarse tras él, cobrando vida propia y alzándose por las paredes como si el castillo entero respondiera a la voluntad del monarca.

—¡Hijos de la Noche! —la voz de Alistair Vance resonó en el Gran Trono de Sombras, retumbando en la piedra con una autoridad aplastante—. Durante más de trescientos años he gobernado este reino en completa soledad, sirviendo a la ley y a la sangre sin permitir que nada tocara mi corazón.

La multitud aguantó la respiración.

—Hoy —continuó Alistair, apretando la mano de Elena y atrayéndola ligeramente hacia su costado, donde el contraste de sus curvas cálidas contra su figura alta y esculpida era hipnótico—, la noche reclama a su verdadera Reina. No por alianzas políticas ni por conveniencia de la aristocracia, sino por la ley más antigua y sagrada que rige nuestra existencia: la ley del alma y la sangre.

El Gran Sumo Sacerdote de la Orden Oscura, una figura envuelta en túnicas grises, se adelantó sosteniendo en sus manos marchitas la Corona de las Sombras, forjada en hierro estigio, espinas de plata pura y coronada por un rubí central que parecía pulsar como un corazón latiendo.

El sacerdote se inclinó profundamente ante Elena.

—Elena Rossi —proclamó la voz rasposa del anciano—. ¿Aceptas el peso de la eternidad? ¿Aceptas el hambre de la noche, el destino de la tuo cantante y la lealtad indefectible al Reino de las Sombras?

Elena miró a la multitud de la aristocracia que antes la miraba con desdén. Vio sus propios miedos del pasado disolverse bajo el calor del amor de Alistair. Sintió el peso del terciopelo sobre sus caderas y la fuerza implacable del hombre que la miraba como si fuera el único ser divino sobre la tierra.

—Lo acepto —dijo Elena. Su voz sonó clara, firme y llena de una calidez que resonó en cada rincón.

Alistair tomó la corona. Con una lentitud casi litúrgica y los ojos fijos en los de ella, la alzó sobre la cabeza de Elena.

—Por el vínculo indivisible de nuestras almas, por la sangre que nos unió antes de que tus ojos vieran la luz... —declaró Alistair, su voz retumbando con una intensidad que hizo vibrar el aire—. Te corono, Elena, Reina del Reino de las Sombras.

La corona descendió, posándose sobre sus oscuros cabellos.

En el instante en que el metal tocó su frente, una onda de energía mística y cálida se expandió por el Gran Trono. La sangre de Elena pareció cantar en respuesta a la de Alistair, desatando una ráfaga de viento que hizo oscilar las velas.

El Sumo Sacerdote presentó el cáliz ceremonial. Alistair tomó una daga de plata, hizo un corte limpio en la palma de su mano y dejó caer su sangre dorada y densa. Luego, con una delicadeza infinita, tomó la mano de Elena, trazó una pequeña línea en su piel suave y permitió que su sangre pura se mezclara con la de él en el recipiente.

Alistair le ofreció la copa. Elena la tomó con ambas manos y bebió. El elixir ardió en su garganta con una dulzura adictiva y embriagadora. Cuando bajó el cáliz, una pequeña gota carmesí quedó atrapada en el centro de sus labios carnosos.

Alistair no esperó el protocolo. Inclinándose hacia adelante, ante los ojos atónitos de toda la corte nobiliaria, atrapó la gota con su lengua y inclinó el rostro de Elena para sellar la coronación con un beso abrasador, lento y profundamente posesivo. Elena suspiró contra sus labios, enredando una mano en el cuello del soberano mientras el fuego del deseo prendía entre los dos.

Un jadeo colectivo recorrió la sala. El rey frío e inalcanzable estaba devorando a su reina a la vista de todos.

Cuando Alistair finalmente se separó, con los ojos brillando en un rojo encendido y el aliento entrecortado, se volvió hacia la multitud sin soltar la cintura de Elena.

—¡Inclínense ante su Reina! —ordenó el Soberano.

Como una gran ola rompiéndose contra la corteja, el salón estalló.

—¡LARGA VIDA A LA REINA ELENA! ¡LARGA VIDA A LOS SOBERANOS DE LA NOCHE!

Los lores se inclinaron presurosos. Las damas cayeron en profundas reverencias de seda. Los guerreros golpearon las empuñaduras de sus espadas contra el suelo en un ritmo ensordecedor de sometimiento total.

Alistair la guió suavemente hacia el gran trono doble de obsidiana. Elena se giró, acomodando con un gesto soberbio y elegante la caída de su vestido de terciopelo, y se sentó. Sentada en el trono, coronada, sexy y envuelta en la majestad del oro, Elena encarnaba el triunfo del destino.

Alistair se sentó a su lado. Su mano izquierda buscó la muslo de Elena por debajo de los pesados pliegues del vestido, apretando con una caricia ardiente que la hizo contener el aliento, mientras su otra mano descansaba de forma regia sobre el apoyabrazos.

—Has esperado veintidós años para este momento, ¿verdad? —le susurró Elena de lado, con la mirada fija en los nobles que comenzaban a desfilar para rendirle pleitesía.

—He esperado más de trescientos años por ti, Elena —respondió Alistair, inclinando levemente la cabeza hacia ella, con una mirada cargada de una promesa peligrosa y adictiva—. Y ahora que eres mi Reina... la eternidad entera no va a ser suficiente para consumir lo que siento por ti.

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karen S
Hasta yoo me perdi junto con ellos
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