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Bésame en el infierno

Bésame en el infierno

Status: Terminada
Genre:CEO / Policial / Completas
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Dante Lam era un fantasma.

Tres explosiones, veintisiete fragmentos de cristal extraídos de su cuerpo y una cirugía de reconstrucción facial después, el agente de élite de Interpol aceptó la misión más peligrosa de su carrera: asumir la identidad de Dean Yang, heredero de la Joyería Yang, e infiltrarse en el corazón del imperio criminal más poderoso del mundo.

El problema fue que Anderson Lorenzo ya lo estaba esperando.

Heredero de la dinastía militar-industrial Lorenzo, magnate de armas con contactos en cada gobierno del planeta, Anderson es un hombre que consigue todo lo que desea. Y desde el momento en que estrechó la mano de "Dean Yang", supo exactamente quién se escondía detrás de esa cara nueva. No dijo nada. No lo delató. En cambio, compró el edificio donde Dante vivía. Instaló cámaras en su departamento. Aprendió su sabor favorito de helado. Y cada noche, mientras Dante dormía inconsciente en un sótano del que no sabía que era prisionero, Anderson besaba su nuca sin que él lo supiera.

Obsesivo. Peligroso. Irresistible.

Pero Dante no es una presa fácil. Francotirador de élite, políglota, entrenado para resistir cualquier forma de tortura, tiene una regla inquebrantable: nunca mezclar la misión con los sentimientos. Y hay alguien más esperando su corazón——Leslie Avis, su compañero de armas en Interpol, el hombre que lo protege en silencio y jamás pide nada a cambio.

Entre un agente de la ley y un señor de las armas no debería existir nada. Pero cuando Dante descubre que Anderson recibió tres balazos por salvarlo y cruzó un puente en llamas cargándolo en su espalda, la línea entre el deber y el deseo se quiebra.

Y luego está Marlin——el joven vulnerable que Dante rescató de un casino, el amigo inocente que siempre sonríe con dulzura. Nadie sospecha lo que Marlin esconde. Ni siquiera Dante. Hasta que es demasiado tarde.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Capítulo 23: Elevador y platos al vuelo

I

Los tacones de Eva Hofsky repiqueteaban contra el mármol de la boutique como disparos diminutos. Giró frente al espejo con un par de stilettos rojos, el vestido ondeando a la altura de las rodillas, y le dedicó una sonrisa a Dante que no tenía nada de inocente.

—Bonitos —dijo él, recargado en la pared con los brazos cruzados.

—No te traje aquí para hablar de zapatos, cariño. —Eva se detuvo en seco. La sonrisa se evaporó—. Te traje para decirte que dejes de cavar.

Dante no se movió.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sabes. —Eva se quitó los tacones y los dejó caer sobre la alfombra con un golpe suave—. El mundo oscuro tiene dientes, Dean. Y tú sigues metiéndole los dedos en la boca.

El nombre falso le raspó la garganta como siempre. Dean Yang. La máscara que llevaba cosida a la piel desde hacía meses.

—Agradezco la preocupación.

—No es preocupación. Es advertencia. —Eva recogió su bolso y pasó junto a él rozándole el hombro—. La próxima vez que alguien te muerda, no vengas a buscarme.

El perfume de gardenias se quedó flotando en el aire mucho después de que ella desapareció entre los aparadores.

II

El Hotel W olía a madera de cedro y dinero viejo.

Dante entró al elevador junto a William Goodwin, cuya masa ocupaba casi la mitad del espacio. Leila esperaba en el vestíbulo, atenta a las cámaras de seguridad con esa quietud suya que parecía relajación pero era cálculo puro.

Las puertas se cerraron. El piso diecisiete se iluminó en el panel.

Subieron tres pisos antes de que la cabina se sacudiera, las luces parpadearan y todo se detuviera con un quejido metálico.

Silencio.

—Mierda —murmuró William. Su voz, normalmente un trueno controlado, sonó rasposa. Se llevó la mano al bolsillo interior del saco y sacó un inhalador.

Dante lo observó sin aparentar que observaba. El hombre que todos llamaban MASSIVE —el guardaespaldas que partía mandíbulas con los nudillos— tenía asma. La información se archivó automáticamente en un compartimento de su cerebro entrenado para catalogar debilidades.

William inhaló dos veces. Los hombros enormes se relajaron un centímetro.

—Odio los espacios cerrados —admitió, y en esa frase había más vulnerabilidad de la que probablemente había mostrado en años.

Dante presionó el botón de emergencia. Nada. Sacó el teléfono; sin señal. Golpeó la pared del elevador con el puño, tres veces, en un patrón que cualquier civil habría considerado aleatorio.

Pero no era aleatorio. Era código.

Cuarenta segundos después, la voz de Leila llegó por el intercomunicador del elevador, firme y sin un gramo de pánico.

—Mantenimiento en camino. ¿Están bien?

—Perfecto —respondió Dante.

William lo miraba. Los ojos pequeños dentro de aquel rostro ancho no perdían detalle: la postura, la calma quirúrgica, la coordinación instantánea con la mujer del vestíbulo.

—Para ser un empresario de tecnología —dijo William lentamente—, reaccionas muy rápido.

Dante se encogió de hombros.

—Ciudad de México te enseña a reaccionar o te come.

William no sonrió. Cuando las puertas finalmente se abrieron, salió sin decir otra palabra. Pero Dante sabía, con la certeza fría de quien ha vivido entre depredadores, que esa conversación ya viajaba hacia Anderson Lorenzo.

III

El mensaje llegó a las once de la noche. Un enlace de ubicación. Debajo, una foto de Marlin arrodillado con los ojos vendados y un moretón violeta bajo el pómulo izquierdo.

Club de Tiro MK. Ven solo.

Dante condujo con las ventanas abajo. El aire nocturno de la ciudad le golpeaba la cara con olor a asfalto caliente y tacos de suadero. Cada semáforo en rojo era un segundo que Marlin podía no tener.

El club estaba cerrado para el público. Anderson lo esperaba en la línea de tiro exterior, bajo reflectores que convertían la noche en un escenario de teatro. Llevaba una camisa negra con las mangas enrolladas hasta los codos, y en la mano derecha sostenía una Beretta apuntada a la cabeza de Marlin.

Marlin temblaba. Tenía la venda empapada de sudor.

—Llegas puntual, Dean. —La voz de Anderson era suave, casi amable—. Me gusta la puntualidad.

—Suéltalo.

—Primero, un juego. —Anderson señaló con la barbilla hacia la máquina lanzaplatos al fondo del campo—. Diez platos. Diez aciertos. Si fallas uno, le vuelo la cabeza.

El estómago de Dante se contrajo, pero su rostro no se movió. Sobre la mesa había una escopeta Benelli, limpia, cargada. La tomó. El peso le resultó familiar como el de su propio brazo.

"Si disparo con esta precisión, se acaba la farsa."

Pero si no disparaba, Marlin moría.

—¿Listo? —preguntó Anderson.

Dante no respondió. Levantó la escopeta.

El primer plato salió disparado hacia la derecha. Lo reventó antes de que alcanzara el punto más alto de la parábola. El segundo fue a la izquierda, bajo. Lo pulverizó. El tercero y el cuarto salieron simultáneos; dos disparos secos, dos explosiones de arcilla naranja contra el cielo negro.

Cinco. Seis. Siete. Cada tiro era limpio, económico, perfecto. Sin desperdiciar un solo movimiento. Sin respiraciones de más. El tipo de precisión que no se aprende en un campo recreativo.

Ocho. Nueve.

El décimo plato salió en un ángulo imposible, casi vertical. Dante ajustó, disparó. La arcilla se desintegró en polvo.

Diez de diez.

El eco del último disparo se perdió entre los cerros. Dante bajó el arma. Anderson apartó la Beretta de la cabeza de Marlin con la misma naturalidad con la que alguien deja un vaso sobre la mesa.

—Desátenlo —ordenó.

Dos hombres sacaron a Marlin a rastras. Dante los siguió con la mirada hasta que desaparecieron en una camioneta. Después se volvió hacia Anderson.

—¿Qué quieres?

Anderson rio. No era una risa cruel, sino cansada, como si hubiera esperado demasiado tiempo para soltar un peso que cargaba a solas.

—¿Sabes cuándo lo supe? —Caminó hacia Dante sin prisa—. Aquella noche en la bodega, cuando desarmaste a tres hombres en cuatro segundos. Ningún empresario de tecnología pelea así. Ningún civil coordina con su guardaespaldas mediante golpes codificados en la pared de un elevador.

Dante apretó la mandíbula.

—Leslie y Leila. —Anderson pronunció los nombres como quien lee una lista de compras—. Son agentes. Tú eres algo peor. Francotirador, operativo, quizás ambas cosas. Y llevas meses fingiendo ser Dean Yang en mi cara.

El silencio que siguió pesaba como plomo líquido.

—¿Entonces por qué no me has matado? —preguntó Dante.

Anderson se detuvo a medio metro de él. A esa distancia, Dante podía ver las vetas doradas en sus ojos oscuros, la cicatriz diminuta bajo la oreja izquierda, el pulso tranquilo en la base del cuello.

—Porque no me importa quién eres en realidad. —La voz de Anderson bajó hasta convertirse en algo casi íntimo—. Mientras sigas siendo Dean Yang frente a los demás, me basta.

Dante sintió que el suelo se movía bajo sus pies, aunque estaba perfectamente quieto. Todo lo que había construido —la infiltración, las mentiras, las noches calculando cada gesto— de pronto se veía desde otro ángulo. Anderson no había sido engañado. Anderson había elegido no mirar, o peor: había mirado todo y había decidido quedarse callado.

"Me ha estado protegiendo."

La comprensión le atravesó el pecho como una bala fría.

IV

—Baila conmigo —dijo Anderson.

No era una invitación. Era una orden disfrazada de cortesía, como todo lo que salía de su boca.

Sacó el teléfono, tocó la pantalla. Los parlantes del club escupieron los primeros compases de un tango: violín, bandoneón, un piano que sonaba a medianoche.

Dante no se movió.

—No hay público.

—Exacto. —Anderson extendió la mano—. Aquí no necesitas ser Dean Yang. Y yo no necesito ser Anderson Lorenzo. Solo dos personas que ya saben lo que el otro es.

Dante tomó su mano.

El contacto fue eléctrico. La palma de Anderson estaba caliente, seca, firme. Se colocaron en posición: pecho contra pecho, la mano de Anderson en su espalda baja, la de Dante en su hombro. Demasiado cerca. Peligrosamente cerca.

Comenzaron a moverse.

No era el tango de las galas, ensayado y pulido para las cámaras. Era un tango de reconocimiento. Cada paso era una pregunta: ¿hasta dónde llegas? Cada giro, una respuesta: más lejos de lo que crees. Anderson guiaba con una autoridad absoluta, pero Dante seguía con una precisión que delataba entrenamiento en combate cuerpo a cuerpo, no en salones de baile.

Anderson lo notó. Por supuesto que lo notó.

—Tu centro de gravedad es militar —murmuró contra su oído—. Demasiado bajo para un bailarín, perfecto para alguien que necesita esquivar golpes.

—Y tú guías como alguien acostumbrado a que nadie le diga que no —respondió Dante sin apartar la mirada.

Anderson sonrió. Esta vez la sonrisa llegó a los ojos.

El tango continuó. Los pasos se volvieron más agresivos, más honestos. Una barrida. Un gancho. Anderson lo inclinó hacia atrás en un corte profundo, sosteniéndolo con un solo brazo, el rostro a centímetros del suyo.

—Quédate —dijo Anderson. No era una súplica. Era la verdad desnuda de un hombre que había construido un imperio sobre mentiras y que, por una vez, estaba diciendo exactamente lo que quería.

Dante lo miró desde abajo. Las luces del campo de tiro le hacían una corona brutal alrededor de la cabeza.

"Este hombre es mi objetivo. Mi misión. Mi enemigo."

Pero las manos que lo sostenían no temblaban. Y las suyas tampoco.

—No voy a ningún lado —respondió Dante.

Anderson lo levantó. El tango terminó. Se quedaron de pie, frente a frente, en medio de un campo de tiro vacío que olía a pólvora y a jazmín silvestre.

Ninguno de los dos soltó la mano del otro.

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