Historia sobre el amor que trasciende las limitaciones , sobre el arte como puente entre dos mundos y sobre la certeza de que a veces las personas más luminosas son aquellas que aprendieron a brillar en la oscuridad.
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El lobo acecha.
Martín nunca había sido un hombre acostumbrado a perder. Desde niño, se había educado en la convicción de que el mundo estaba dividido entre ganadores y perdedores, y que él pertenecía, sin lugar a dudas, a la primera categoría. Sacaba buenas notas en el colegio, destacaba en los deportes, conquistaba a las chicas con su labia y su presencia. Cuando decidió estudiar Derecho, lo hizo convencido de que sería el mejor. Y cuando conoció a Alicia en una fiesta de la facultad, decidió que sería suya.
Durante dos años, lo fue. O al menos, eso creía él. Alicia era guapa, talentosa, diferente. No se dejaba deslumbrar por su dinero ni por su estatus, y eso, al principio, le resultó fascinante. Pero con el tiempo, la independencia de Alicia empezó a molestarle. Ella no se plegaba a sus planes, no asistía a sus cenas cuando no le apetecía, no dejaba de dibujar aunque a él le pareciera una pérdida de tiempo. Y cuando finalmente le plantó, con una calma que a Martín le pareció insultante, algo se rompió dentro de él.
No era amor. Quizás nunca lo había sido. Era orgullo herido, la rabia del coleccionista al que le arrebatan su pieza más valiosa. Y ahora, seis meses después, ver a Alicia feliz con otro —y además con un ciego, un don nadie que tocaba el piano en un café de mala muerte— era un insulto que su vanidad no podía tolerar.
—¿Otra ronda, Martín? —preguntó el camarero.
—Otra.
El bar estaba casi vacío aquella noche de miércoles. Las luces tenues y la música ambiental creaban una atmósfera propicia para las confidencias, pero Martín no tenía con quién hablar. Así que hablaba consigo mismo, en silencio, mientras el whisky le calentaba el estómago y le desataba las ideas.
Tenía que hacer algo. No podía permitir que Alicia siguiera con ese tipo. No podía permitir que la gente murmurara a sus espaldas, comentando que su ex novia le había dejado por un inválido. Porque así era como él veía a Diego: un inválido. Alguien limitado, insuficiente, indigno de estar al lado de una mujer como Alicia.
Sacó el móvil y buscó en sus contactos. Encontró lo que buscaba: el número de Laura, la dueña del café donde tocaba Diego. La había conocido en una ocasión, cuando acompañó a Alicia a una de sus sesiones de dibujo. Una mujer simpática, parlanchina, que probablemente no sospecharía nada si él se presentaba como un cliente interesado.
Marcó.
—¿Laura? Hola, buenas noches. Disculpa la hora. Soy Martín, un antiguo amigo de Alicia. Sí, nos conocimos en tu café hace tiempo. Oye, quería pedirte información. He oído que organizáis veladas musicales y quería saber cuándo toca Diego, el pianista. Es que me gustaría ir a verle.
Laura, ajena a las intenciones de Martín, le proporcionó amablemente el calendario de actuaciones. Martín tomó nota y colgó con una sonrisa satisfecha.
El sábado. El sábado por la noche Diego estaría tocando en «El Rincón de las Musas». Y él estaría allí para verlo. Para estudiarlo. Para encontrar su punto débil.
Porque Martín era abogado, y los abogados sabían que todo el mundo tenía un punto débil. Solo era cuestión de encontrarlo y presionar.
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El sábado llegó, y con él una de esas tardes grises que prometían tormenta. Las nubes se acumulaban sobre la ciudad como presagios, y el viento soplaba con una violencia inusual, haciendo que los transeúntes se aferraran a sus paraguas y apretaran el paso.
En «El Rincón de las Musas», el ambiente era cálido y acogedor. Laura había encendido unas velas sobre las mesas —un detalle que solo se permitía en ocasiones especiales— y el aroma a café y canela envolvía el local como un abrazo. Diego estaba ya en el escenario, calentando los dedos con ejercicios de escalas mientras Max dormitaba en su rincón favorito.
Alicia había llegado unos minutos antes, con el cuaderno de dibujo bajo el brazo y una sonrisa radiante. Se había sentado en su mesa habitual, junto a la ventana, y ya había empezado a esbozar los contornos del pianista cuando la campanilla de la puerta anunció una nueva entrada.
No le dio importancia. El café siempre estaba lleno de entradas y salidas. Pero cuando un perfume conocido —demasiado conocido— llegó a sus fosas nasales, se tensó y levantó la vista.
Martín estaba allí. De pie junto a la puerta, con su abrigo largo y su sonrisa engreída. Escaneó la sala con la mirada y, al localizarla, se dirigió hacia ella con paso tranquilo, como si su presencia fuera lo más natural del mundo.
—Hola, Alicia —dijo, deslizándose en la silla de enfrente sin esperar invitación—. Qué casualidad encontrarte aquí.
—No es casualidad. Sabes que vengo siempre. ¿Qué quieres, Martín?
—Solo escuchar buena música. He oído que el pianista es excelente. Quería comprobarlo por mí mismo.
—No te lo crees ni tú. Lárgate.
Martín sonrió, una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos.
—No seas grosera. Soy un cliente, igual que los demás. Tengo derecho a estar aquí.
—Este es mi espacio. El espacio de Diego. Tú no perteneces aquí.
—¿Diego? Ah, el ciego. Sí, tengo curiosidad por verlo tocar. Dicen que es impresionante cómo se desenvuelve a pesar de su... condición.
Alicia sintió la rabia bullir en su interior. Apretó los puños debajo de la mesa y respiró hondo, intentando mantener la calma. No iba a montar una escena. No iba a darle a Martín el espectáculo que buscaba.
—No voy a hablar contigo —dijo—. Si quieres quedarte, quédate. Pero no me dirijas la palabra.
—Como quieras, princesa.
Diego, ajeno a la presencia de Martín, comenzó su concierto. Esa noche había elegido un repertorio de jazz, suave y melódico, perfecto para una tarde de sábado. Sus dedos se deslizaban por las teclas con la soltura de quien respira, y la música llenó el café como una marea tranquila.
Alicia trató de concentrarse en el dibujo, pero la presencia de Martín en la mesa de al lado —se había trasladado a una más cercana al escenario— la mantenía en tensión. Le veía observar a Diego con una expresión de estudiado interés, como un depredador que examina a su presa antes de atacar.
El concierto terminó entre aplausos. Diego se levantó para saludar, con su inclinación de cabeza habitual y su sonrisa tímida. Fue entonces cuando Martín se puso en pie y, con voz lo bastante alta para que le oyera media sala, dijo:
—Bravo. Realmente impresionante. Sobre todo teniendo en cuenta que no ves lo que tocas.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Alicia vio a Diego tensarse, sus hombros rígidos, su expresión pasar de la alegría a la confusión en cuestión de segundos.
—¿Perdón? —dijo Diego, girándose hacia la voz desconocida.
—Solo te felicitaba. Es admirable que puedas tocar el piano sin ver las teclas. Un ejemplo de superación.
El tono de Martín era aparentemente amable, pero el veneno bajo las palabras era evidente para cualquiera que supiera escuchar. Alicia se puso en pie de un salto.
—Martín, ya está bien. Vete.
—¿Martín? —Diego frunció el ceño—. ¿El ex?
—El mismo —respondió Martín—. Veo que mi fama me precede. No te preocupes, no vengo a causar problemas. Solo quería conocerte. Alicia y yo compartimos muchas cosas, y tenía curiosidad por ver con quién está ahora.
—No tienes ningún derecho a estar aquí —dijo Diego, y su voz era tranquila pero firme—. Esto es un lugar para disfrutar de la música, no para ajustar cuentas.
—No estoy ajustando cuentas. Ya te lo he dicho, solo te felicitaba. Pero ya que estamos, me gustaría hacerte una pregunta. ¿No te preocupa ser una carga para Alicia? Quiero decir, con tus limitaciones, ella tiene que estar pendiente de ti constantemente. ¿No te sabe mal?
El golpe fue bajo, certero. Alicia vio a Diego palidecer, su mandíbula tensarse, sus manos cerrarse en puños a los costados. Max, sintiendo la tensión de su dueño, gruñó por lo bajo.
—Fuera de aquí —dijo Laura, apareciendo de repente junto a Martín con una expresión furiosa—. No sé quién eres ni qué quieres, pero este es mi local y no voy a consentir que insultes a nadie. Lárgate ahora mismo.
—No hace falta que me echen. Ya me iba. —Martín se ajustó el abrigo y dedicó una última sonrisa a Alicia—. Solo quería comprobar algo. Y ya lo he comprobado. Nos vemos, princesa.
Salió del café con la misma calma con la que había entrado, dejando tras de sí un reguero de incomodidad y silencio. Los demás clientes, testigos involuntarios de la escena, susurraban entre ellos. Alicia se acercó a Diego, que seguía inmóvil junto al piano.
—Diego, lo siento muchísimo. No sabía que iba a venir.
—¿Estás bien? —preguntó él, y su primera preocupación, a pesar de todo, fue por ella.
—¿Yo? El que ha sido insultado eres tú. Ese imbécil... No sé cómo se ha atrevido.
—No es el primero. Ni será el último. —Diego sonrió con tristeza—. Pero no voy a dejar que me arruine la noche. ¿Me ayudas a guardar el teclado?
Laura se acercó también, disculpándose una y otra vez por no haber reconocido a Martín cuando llamó para preguntar los horarios. Diego la tranquilizó con palabras amables y, cuando el café se fue vaciando, los tres se sentaron a una mesa a comentar lo ocurrido.
—Ese hombre es peligroso —dijo Laura—. He visto a muchos clientes conflictivos en mis años de hostelería, y ese tenía una mirada... No sé, no me ha gustado nada.
—Es mi ex —explicó Alicia—. No ha encajado bien la ruptura. Pero no pensé que llegara a esto.
—Deberías tener cuidado. Y tú también, Diego. Si se ha tomado la molestia de venir hasta aquí, es que no va a rendirse fácilmente.
Diego asintió. No dijo nada, pero por dentro una nueva preocupación empezaba a crecer. Martín no era simplemente un ex resentido. Era alguien dispuesto a atacar, a hacer daño. Y Diego, por su condición, era un blanco fácil.
Esa noche, cuando Alicia y él se despidieron en la parada del autobús, el beso de despedida supo distinto. No era menos dulce, pero tenía un regusto amargo, a incertidumbre.
—No voy a dejar que te haga daño —dijo Alicia.
—Ya lo sé.
—Habrá que estar alerta. Si vuelve a acercarse, lo denuncio.
—No creo que haga falta. Pero si hace falta, lo haremos juntos.
El autobús se alejó y Diego se quedó en la acera, con Max a su lado. La noche se había vuelto fría y el viento arrastraba hojas secas por el asfalto. Olía a tormenta inminente.
Y mientras caminaba hacia casa, tuvo la certeza de que aquello no había sido más que el principio.