Mey nunca imaginó que dejar la ciudad significaría dejar también la vida que conocía. Acostumbrada al ruido de las avenidas, las luces interminables y la rutina acelerada, se vio obligada a empezar de nuevo en un pequeño pueblo rodeado de campos y silencio. Todo allí parecía ajeno… hasta que conoció a Elian.
Arrogante, orgulloso y con una actitud imposible de ignorar, Elian era el tipo de chico que siempre conseguía lo que quería. Desde el primer encuentro, las discusiones entre ambos fueron inevitables. Pero detrás de su mirada desafiante y sus palabras frías, Mey comenzó a descubrir secretos que nadie más veía.
Lo que empezó como un cambio que ella nunca deseó, terminó convirtiéndose en una historia capaz de transformar sus heridas, sus miedos y hasta su forma de amar. Porque a veces, el lugar al que menos quieres ir… termina siendo donde realmente encuentras tu destino.
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Capitulo 8
Guillermo tenía una vida que pocos conocían realmente. Aunque en el colegio se mostraba como un chico tranquilo, centrado en sus estudios y con una serenidad que contrastaba con el bullicio adolescente de su entorno, su mundo estaba lleno de silencios y momentos de reflexión. Era hijo único y vivía con su madre en una casita modesta en las afueras del pueblo vecino, a unos veinte minutos en bicicleta del colegio al que asistía.
Su padre los había dejado cuando él apenas tenía tres años. Desde entonces, su madre, Clara, lo había criado sola, enfrentando la vida con una fortaleza que Guillermo admiraba profundamente. Aunque nunca hablaban mucho del tema, él sabía que su padre aún vivía en el pueblo, con otra familia, otra vida. Algunas veces se cruzaban por la calle, y aunque el hombre bajaba la mirada o se alejaba, Guillermo mantenía el paso firme, con el corazón apretado pero la cabeza en alto.
La ausencia de su padre y las dificultades económicas nunca lo hicieron rebelde ni retraído, sino que, por el contrario, lo volvieron más empático, más fuerte, más sensible a las emociones de los demás. En el colegio, se había ganado el respeto de sus compañeros no solo por su inteligencia —siempre ocupaba el primer lugar en clase—, sino por su disposición a ayudar, su humildad y su capacidad de escuchar.
Vivía con su madre en una casa sencilla pero llena de vida. Clara trabajaba como costurera y también hacía pan para vender. Guillermo solía ayudarla después del colegio. Algunas noches, cuando ya estaban ambos agotados del día, se sentaban juntos en la cocina con una taza de té caliente, compartiendo silencios o pequeñas charlas sobre las tareas escolares, los sueños del futuro, o simplemente sobre el clima del día siguiente.
La relación entre madre e hijo era tan cercana que a veces parecía que se comunicaban con una sola mirada. Clara era una mujer de pocas palabras, pero de una ternura palpable, y Guillermo sentía por ella una admiración que iba más allá del amor filial. Le dolía ver cómo su madre cargaba sola con todo, y eso lo empujaba a dar lo mejor de sí, no solo en el colegio, sino en todo lo que hacía.
No tenía muchos amigos, pero tampoco los necesitaba. Guillermo era de esas personas que saben estar en soledad sin sentirse solos. Se llevaba bien con casi todos en el colegio, aunque su amistad con Elian era especial. Competían constantemente por el primer lugar, lo cual generaba momentos de tensión, pero también de respeto mutuo. No obstante, últimamente habían hablado menos, sobre todo desde que Mey había llegado.
Guillermo había notado a Mey desde su primer día. A diferencia de otros, no se rió cuando ella pasó aquel bochorno en clase. Al contrario, le dolió ver cómo todos se burlaban, incluido Elian. Desde entonces, la observaba con cierta curiosidad y compasión. Había algo en ella, en su manera de caminar con la cabeza agachada, en su risa tímida, que le resultaba familiar. Quizás porque él también sabía lo que era sentirse diferente.
Una tarde, tras una jornada escolar, Guillermo decidió tomar otro camino a casa. Estaba pensando en Mey, en su forma de participar en clases, en cómo se ruborizaba cada vez que él le hablaba. Ella era diferente a las demás chicas. No era ruidosa ni presumida. Había algo auténtico en su mirada que lo hacía sentir cómodo, algo que no podía explicar.
Recordó el proyecto en el que Elian y Mey estaban trabajando juntos. Aunque se decía a sí mismo que no le importaba, una pequeña punzada le cruzaba el pecho cada vez que los veía conversar. Él no solía ponerse celoso, pero algo en la dinámica entre ellos lo inquietaba. No porque pensara que Mey le gustaba —aún no podía nombrar eso—, sino porque sentía que, por primera vez, Elian parecía interesado en alguien más allá de la competencia académica.
Guillermo no solía hablar de sus emociones, pero aquella tarde, mientras caminaba por un sendero bordeado de árboles y flores silvestres, sintió la necesidad de ordenar sus pensamientos. Se detuvo un momento, respiró el aire puro del campo y miró hacia el cielo despejado. Se preguntó si alguna vez podría decirle a alguien lo que llevaba dentro, si podría compartir sus miedos, su dolor por el padre ausente, su amor profundo por su madre y su creciente interés por aquella chica nueva que había llegado a trastocar su rutina silenciosa.
Esa noche, al llegar a casa, encontró a su madre horneando pan. El aroma invadía todo el ambiente. Ella le sonrió al verlo entrar, y él dejó su mochila a un lado para ayudarla.
—¿Cómo estuvo el colegio hoy? —preguntó Clara, mientras amasaba con ritmo constante.
—Bien —respondió él, como casi siempre.
—¿Y ese proyecto del que me hablaste? ¿No era para esta semana?
Guillermo asintió, lavándose las manos para ayudarla a moldear los bollos.
—Sí, lo están haciendo Elian y Mey.
Clara lo miró con una ceja levantada.
—Ah, ¿la chica nueva?
—Sí. Es... diferente.
Clara sonrió, con ese gesto sabio de las madres que parecen saber más de lo que dicen.
—Diferente no siempre es malo —comentó, mientras colocaba los panes en la bandeja—. A veces, lo diferente es justo lo que necesitamos.
Guillermo no dijo nada, pero aquellas palabras se le quedaron grabadas. Pensó en Mey, en su risa, en su torpeza al hablar en público, en su mirada curiosa, y también en la soledad que parecía rodearla como una burbuja. Se preguntó si ella también pensaba en él de vez en cuando.
Esa noche, mientras hacía sus tareas, volvió a mirar el cuaderno donde tenía anotadas las preguntas de la clase de ciencias. Una de ellas se refería al ciclo del agua. Leyó la frase: “El agua siempre vuelve, de una forma u otra.” Y entonces, sin saber por qué, pensó en su padre. Pensó en la ausencia que dejó, en cómo, pese a todo, aún lo recordaba. Quizás porque, como el agua, ciertos sentimientos también vuelven. Y quizás, pensó mientras se acomodaba en la silla, lo importante no era quién se había ido, sino quiénes se habían quedado. Y en su caso, su madre siempre había estado ahí.
Así era la vida de Guillermo: llena de silencios, de resiliencia, de pequeñas rutinas que escondían grandes lecciones. Un chico maduro para su edad, con una inteligencia emocional que pocos poseían. Y ahora, con una nueva presencia en su vida que comenzaba a hacerle preguntas que él nunca antes se había planteado.
Lo que Guillermo aún no sabía era que la llegada de Mey no solo cambiaría la forma en que veía el colegio o sus amigos, sino también la manera en que se vería a sí mismo.
Y eso, apenas estaba comenzando.