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Los Noctarys

Los Noctarys

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro / Mundo de fantasía
Popularitas:523
Nilai: 5
nombre de autor: Giulian Ocampo

🌙 LOS NOCTARYS 🌙
Libro I: Marcada por la Luna Negra

La noche de su cumpleaños número dieciocho, Ayla descubre una marca imposible en su piel.

Una marca que la señala como parte de una raza antigua que jamás debió existir.

Los Noctarys.

Nacidos de la oscuridad de una estrella caída, ocultos entre los humanos durante siglos y condenados por una profecía que podría destruir su mundo.

Cuando Ayla conoce a Kael, el misterioso heredero de los Noctarys, algo despierta entre ellos.

Una conexión imposible.

Un destino escrito mucho antes de que nacieran.

Pero la profecía es clara:

Si el heredero y la marcada se enamoran, la Luna Negra despertará... y todo aquello que aman desaparecerá.

Entre secretos, traiciones, poderes prohibidos y una guerra que se acerca, Ayla deberá decidir si está dispuesta a desafiar al destino.

Porque algunas historias de amor están destinadas a salvar un mundo.

Y otras...

A destruirlo.

NovelToon tiene autorización de Giulian Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: La Gran Traición

El beso de Ayla y Kael había cambiado el destino del reino.

La luz violeta que nació de sus almas seguía iluminando el Árbol del Origen.

Por un instante...

Parecía que la oscuridad retrocedía.

Pero aquella esperanza duró apenas unos segundos.

La grieta dorada seguía abierta en el cielo.

Y la figura de armadura blanca descendía lentamente.

Su espada de cristal reflejaba la luz de las tres lunas.

Todo el ejército observaba en silencio.

El Devorador de Historias sonrió.

Como si hubiera estado esperando su llegada.

Ayla dio un paso adelante.

—¿Quién eres?

La figura levantó la cabeza.

Su rostro permanecía oculto bajo un antiguo casco.

Cuando habló...

Su voz hizo estremecer el reino.

—Soy el Guardián del Equilibrio.

He venido a terminar lo que comenzó hace miles de años.

Kael empuñó su espada.

—No daremos un paso atrás.

El desconocido lo observó.

—Lo sé.

Jamás lo hiciste.

Ni en este ciclo...

Ni en los anteriores.

Ayla sintió un escalofrío.

Todo el mundo parecía conocer vidas que ella apenas empezaba a recordar.

El Guardián extendió lentamente la mano.

Una esfera dorada apareció entre sus dedos.

Dentro de ella comenzaron a verse imágenes.

El primer reino.

El Árbol del Origen.

Aradia.

Elyon.

Y alguien más.

Una figura envuelta en sombras.

La misma que Ayla había visto en la visión del capítulo anterior.

—Él fue quien sembró el miedo.

Dijo el Guardián.

—Pero no actuó solo.

El silencio cayó sobre el reino.

Narek dio un paso atrás.

Su rostro perdió completamente el color.

—No...

Susurró.

El Primer Rey lo miró sorprendido.

—¿Qué ocurre?

Narek apretó los puños.

—Conozco esa historia.

El Guardián lo señaló con la espada.

—Porque tú estabas allí.

Miles de soldados comenzaron a murmurar.

Ayla observó a Narek.

Jamás lo había visto tan nervioso.

—¿Qué significa eso?

Narek cerró los ojos.

Las lágrimas comenzaron a caer lentamente.

—Durante siglos pensé que había ocultado la verdad...

Pero ya no tiene sentido seguir callando.

El cielo volvió a rugir.

La Luna Negra comenzó a girar lentamente sobre el Árbol del Origen.

Narek respiró profundamente.

—La guerra...

No comenzó por culpa de los Noctarys.

Ni de los Umbrarys.

Todos permanecieron inmóviles.

—La guerra comenzó...

Por mi culpa.

Un murmullo recorrió ambos ejércitos.

Kael abrió los ojos con sorpresa.

—¿Qué?

Narek bajó la cabeza.

—Yo fui quien rompió el primer juramento.

El Primer Rey sintió que el mundo se derrumbaba.

—Hermano...

Narek levantó lentamente la mirada.

—Creí que podía controlar el poder de la Luna Negra.

Pensé que podía proteger a todos.

Pero el miedo me venció.

Y cuando intenté usar ese poder...

Desperté al Devorador.

El silencio fue absoluto.

Ayla no podía creer lo que estaba escuchando.

Todo el odio.

Toda la guerra.

Todos los ciclos.

Habían nacido de una única decisión.

Narek cayó de rodillas.

—Lo siento...

Lo intenté reparar durante miles de años.

Pero cada vez era demasiado tarde.

Kael observó a Narek.

Ya no veía un enemigo.

Solo a un hombre destruido por la culpa.

Entonces ocurrió.

Una espada atravesó el pecho de Narek.

El tiempo pareció detenerse.

Ayla abrió los ojos horrorizada.

Kael gritó su nombre.

El Primer Rey corrió hacia él.

La espada era de cristal blanco.

Todos levantaron la vista.

El Guardián del Equilibrio seguía sosteniendo el arma.

Su voz era fría.

Sin odio.

Sin compasión.

—La traición siempre exige un precio.

Narek cayó lentamente al suelo.

La sangre comenzó a extenderse entre las raíces del Árbol.

Pero antes de cerrar los ojos...

Buscó a Ayla.

Y sonrió.

Una sonrisa tranquila.

Como si al fin hubiera encontrado paz.

—No repitas...

Mi error...

Fueron sus últimas palabras.

Después...

Su cuerpo comenzó a convertirse en pequeñas partículas de luz.

No desaparecía.

Regresaba al Árbol del Origen.

El Primer Rey cayó de rodillas.

Por primera vez en siglos...

Lloró.

Había perdido a su hermano.

Otra vez.

Pero la tragedia aún no había terminado.

El Devorador comenzó a reír.

Una risa profunda.

Infinita.

—Perfecto...

Ahora ya no queda nadie capaz de detenerme.

Entonces...

El Guardián del Equilibrio giró lentamente hacia Ayla.

Y levantó nuevamente su espada.

Kael se interpuso de inmediato.

—¡No la tocarás!

El Guardián lo observó durante unos segundos.

Y pronunció unas palabras que dejaron helado a todo el reino.

—No vine a matarla.

Vine a protegerla...

De sí misma.

En ese instante, la corona de Ayla comenzó a agrietarse.

La marca de las dos lunas brilló con una intensidad insoportable.

Y una inmensa ola de oscuridad salió de su cuerpo.

La niña que era la Luna Negra apareció detrás de ella.

Llorando.

—Ya no puedo contenerlo...

Susurró.

El Devorador levantó los brazos.

Las tres lunas comenzaron a romperse.

El Árbol del Origen perdió miles de hojas de cristal.

Y Elyon comprendió la terrible verdad.

—No...

No es el Árbol el que está muriendo...

Es el universo.

Continuará...

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