Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...
NovelToon tiene autorización de Tintared para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El Testamento de los Vivos
El Palazzo Vance, erigido sobre los cimientos de una antigua fortaleza medieval a orillas del Arno, respiraba una opulencia fría y hostil. La noche del viernes había cubierto a Florencia con una densa capa de niebla que subía del río, empañando los vitrales iluminados del gran salón de recepciones. Decenas de carruajes de motor y berlinas de lujo se alineaban a las puertas, dejando descender a lo más granado —y corrupto— de la aristocracia toscana.
Para el mundo exterior, la reunión de esa noche era un acto de respetabilidad y duelo: la lectura del testamento del trágicamente fallecido Matteo Vance. Para Lucciana Bianchi, era una emboscada en territorio enemigo.
Oculta tras el ala de su sombrero de ala ancha con velo de encaje negro, Lucciana observó el vestíbulo desde el descanso de la gran escalinata de mármol. No vestía el satén destrozado de la novia humillada, sino un sastre de terciopelo nocturno de corte militar que se ceñía a su silueta como una segunda piel. En su mano izquierda, enguantada en seda para ocultar la herida del pacto que se negaba a cerrar, sostenía un bastón corto de madera de ébano. No lo necesitaba para caminar; dentro de la empuñadura hueca había ocultado el bisturí de cirujano y un pequeño vial con la ceniza del Ghul que había destruido en el barranco.
El latido helado en su pecho mutaba a un ritmo sordo y urgente. Podía sentir la densidad del aire: la Hermandad de la Ceniza estaba allí por completo.
—La tensión es tan deliciosa que casi se puede cortar con un cuchillo —susurró una voz a su espalda.
Luca Ferro apareció a su lado, mimetizado entre los invitados con un frac impecable y una rosa blanca, marchita en los bordes, prendida en la solapa. Sostenía una copa de champaña, aunque Lucciana notó que las burbujas del cristal se congelaban al rozar sus labios.
—Leonora ha blindado el palacio —advirtió Lucciana en un susurro apenas audible, sin mirarlo—. Hay guardias de la Hermandad en cada acceso. Puedo oler el azufre y la mirra desde aquí. Tienen amuletos de ocultación.
—Por supuesto que los tienen. Saben que una cobradora de deudas camina por Florencia —Luca sonrió, sus ojos pálidos reflejando las lámparas de araña del techo—. Pero cometen un error táctico elemental: creen que vas a atacar con fuego azul y gritos, como hiciste en la basílica. Olvidan que eres una restauradora. Tu especialidad no es destruir, Lucciana... es revelar lo que el tiempo y la suciedad han ocultado.
Lucciana asintió levemente. El Diablo entendía su estrategia. En su bolso de mano no solo llevaba el diario de vitela blanca de Matteo; llevaba algo mucho más peligroso para la aristocracia: la verdad documentada de las transferencias bancarias que Leonora había hecho a cuentas del Vaticano y de la Europa central para financiar la compra de reliquias heréticas.
Las pesadas puertas del salón principal se abrieron. El notario de la familia, un hombre anciano y encorvado de apellido Alberti, cuyo rostro pálido denotaba que sabía demasiado y temía por su vida, tomó asiento ante una mesa de nogal. A su derecha, Leonora Vance presidía la sala, envuelta en encajes de luto, con la mirada altiva de quien se sabe dueña absoluta del tablero.
Lucciana caminó hacia el salón. El murmullo de la concurrencia cesó de golpe cuando su silueta cruzó el umbral. Las cabezas se giraron; los rostros de los miembros de la Hermandad se tensaron, y Leonora apretó los puños sobre su regazo con tal fuerza que sus uñas perforaron los guantes de encaje.
—Signorina Bianchi —dijo Leonora, su voz una vibración gélida que cortó el aire—. Este es un acto privado para la familia y los allegados de mi hijo. Su presencia aquí es una impertinencia.
—Soy la viuda ante los ojos de Dios y del contrato que su hijo firmó con su propia vida, Signora Vance —respondió Lucciana, avanzando por el pasillo central de la sala. Los invitados se apartaban a su paso, intimidados por el aura de gélida autoridad que emanaba de ella—. Tengo tanto derecho a escuchar las últimas voluntades de Matteo como cualquiera de los... socios aquí presentes.
Leonora hizo una seña sutil a dos de sus guardias apostados en las esquinas. Los hombres dieron un paso al frente, pero antes de que pudieran tocarla, Luca Ferro se interpuso en su línea de visión con una simple mirada fija. Los guardias se congelaron en el sitio, sudando frío, con las pupilas dilatadas por un terror instintivo que sus mentes mortales no lograban procesar.
—Continúe, notario Alberti —ordenó Lucciana, deteniéndose a tres pasos de la mesa.
El anciano, con las manos temblorosas, desató la cinta escarlata que sellaba el documento. Su voz rasgó el silencio sepulcral del palacio.
—“Yo, Matteo Vance, en pleno uso de mis facultades... declaro que, en caso de mi fallecimiento, la totalidad de los bienes inmuebles, los viñedos de Fiesole y los fondos de la Banca de Toscana serán transferidos de manera inmediata e irrevocable a mi madre, Leonora Vance...”
—¡Miente! —la voz de Lucciana no fue un grito, sino un latigazo de autoridad que hizo que el notario diera un respingo.
—El documento está sellado y firmado por mi hijo, Bianchi —siseó Leonora, poniéndose en pie—. Su firma es legal.
Lucciana se quitó el guante de la mano izquierda, revelando la cicatriz en forma de runa que brillaba con un levísimo fulgor azulado. Apoyó la palma sobre el documento que reposaba en la mesa.
Para los ojos de los invitados comunes, no pasó nada; pero para los miembros de la Hermandad de la Ceniza, el papel comenzó a humear. La tinta negra con la que se había falsificado la firma de Matteo comenzó a disolverse bajo el calor místico de la marca del pacto, revelando el verdadero texto que Leonora había intentado cubrir mediante un encantamiento de ilusión.
Las letras se reconfiguraron ante la mirada horrorizada del notario. El verdadero testamento de Matteo, redactado la noche antes de su muerte, apareció en el pergamino:
“...dejo la totalidad de mis bienes a Lucciana Bianchi, para que los utilice en disolver la Hermandad de la Ceniza y liberar a Florencia de la podredumbre de mi linaje. Si muero, mi sangre estará en las manos de mi madre.”
Un jadeo colectivo recorrió el salón. Los aristócratas que no formaban parte de la secta miraron a Leonora con una mezcla de sospecha y horror. El velo de la respetabilidad se había rasgado.
—¡Es un truco de brujería! —gritó Leonora, perdiendo los estribos, su rostro deformado por la ira—. ¡Esa mujer está maldita! ¡Maten a la usurpadora!
Esta vez, no fueron los guardias humanos quienes respondieron. Cuatro de los nobles sentados en las primeras filas, miembros de alto rango de la Hermandad, se levantaron al unísono. Sus ojos se volvieron completamente púrpuras y de sus mangas brotaron dagas de hueso rituales, impregnadas del mismo veneno nigromántico del barranco. Se abalanzaron sobre Lucciana con una velocidad inhumana.
Lucciana no retrocedió. Sabía que la acción física era inevitable.
Giró su bastón de ébano y extrajo el bisturí de cirujano de la empuñadura con la mano derecha. Al mismo tiempo, concentró el latido helado de su pecho y sopló sobre la palma de su mano izquierda, liberando la ceniza del Ghul que llevaba oculta.
Una cortina de humo negro y espeso cegó a los atacantes en mitad del salón. Uno de los nobles ciegos lanzó una estocada al aire; Lucciana esquivó el golpe con un movimiento felino, se colocó a su espalda y hundió el bisturí —imbuido del fuego azul de Lucifer— en el hombro del agresor. La llama infernal devoró instantáneamente la energía púrpura de su cuerpo, haciéndolo colapsar sobre el suelo con un alarido de agonía.
Los otros tres atacantes salieron de la niebla, coordinando sus movimientos para acorralarla contra la mesa del notario. Lucciana paró la primera daga con la madera de su bastón, sintiendo el impacto vibrar en sus huesos, pero la fuerza sobrenatural del pacto la mantuvo firme. Con un giro limpio, barrió las piernas del segundo noble y, antes de que el tercero pudiera reaccionar, extendió su mano izquierda abierta hacia su rostro.
Una ráfaga de fuego azul brotó de su palma ensangrentada, no para matarlo, sino para consumir la máscara mística que lo protegía. El hombre cayó hacia atrás, con la piel intacta pero con su energía espiritual severamente dañada, sollozando en el suelo.
La sala era un caos de gritos y pánico. Los invitados comunes huían despavoridos hacia las salidas, mientras los restos de la Hermandad se batían en retirada ante la demostración de poder de la cobradora de deudas.
Lucciana, con el cabello oscuro ligeramente revuelto y los ojos destellando con una luz azul zafiro, avanzó hacia el escritorio. Leonora Vance estaba acorralada contra la ventana que daba al Arno, con el rostro pálido y temblando de una furia impotente. El amuleto místico que llevaba al cuello se había agrietado por la mitad debido a la proximidad del fuego azul de Lucifer.
—Has perdido, Leonora —dijo Lucciana, su voz resonando con el peso de una sentencia irreversible—. Tu fortuna se ha esfumado, tu Hermandad está expuesta y el nombre de los Vance será recordado como el nido de asesinos que siempre fue.
Leonora miró hacia el río empañado por la niebla y luego a Lucciana. Una sonrisa enferma y desesperada apareció en sus labios delgados.
—¿Crees que has ganado porque salvaste su alma y expusiste mis papeles, Bianchi? —siseó la matriarca, dando un paso atrás hacia el balcón abierto—. No tienes idea de lo que Matteo descubrió en las catacumbas antes de morir. La Hermandad es solo el principio. El Infierno que llevas dentro te va a consumir antes de que puedas gastar un solo escudo de su fortuna.
Antes de que Lucciana pudiera avanzar para detenerla, Leonora Vance se arrojó de espaldas por la balaustrada del balcón, desapareciendo en la oscuridad de la noche hacia las aguas bravas del Arno.
Lucciana corrió hacia el borde del balcón, mirando hacia el vacío. El río corría rápido y turbio por la tormenta; no había rastro del cuerpo de la mujer.
—Una salida dramática, aunque un tanto predecible —comentó Luca Ferro, apareciendo a su lado en el balcón, ajustándose los puños de la camisa con total tranquilidad—. No te preocupes por buscar su cadáver, Lucciana. El Arno es un cobrador muy eficiente cuando se trata de deudas de carne.
Lucciana guardó el bisturí en el bastón, sintiendo cómo el cansancio regresaba a su cuerpo, pero su mente seguía fija en las últimas palabras de la mujer.
—Dijo que Matteo descubrió algo en las catacumbas —murmuró Lucciana, volviéndose hacia el Diablo—. Algo más grande que la Hermandad.
Luca Ferro dejó de sonreír. Sus ojos pálidos se entrecerraron, mirando hacia las profundidades de la Florencia subterránea, donde los secretos de los siglos reposaban bajo las iglesias antiguas.
—Parece que el contrato original tiene más páginas de las que ambos pensábamos, mi querida restauradora —dijo el Diablo, y por primera vez, su tono tuvo un matiz de genuina gravedad—. La herencia de Matteo no son sus viñedos, Lucciana... es el secreto que lo mató. Y si queremos mantener su alma a salvo, tendremos que bajar a buscarlo.
gracias autora por esta joya 👏👏👏