En su vida pasada, Camila era una científica obsesionada con descubrir los secretos de la naturaleza. Ahora ha reencarnado como Xenia, una joven noble en un mundo lleno de magia… y para ella eso solo significa una cosa: nuevos experimentos.
Decidida a entender y dominar la magia como si fuera ciencia, convierte su vida en un laboratorio, creando pociones cada vez más imposibles y peligrosas.
Pero cuando el príncipe del reino empieza a aparecer constantemente en su laboratorio, Xenia descubre que, además de la magia, hay otro fenómeno que no logra explicar del todo: por qué el príncipe parece cada vez más interesado en ella… mientras ella solo piensa en su próximo experimento.
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Capítulo 8
Dentro de uno de los salones privados del palacio, el sonido de algo rompiéndose resonó con fuerza contra las paredes.
Un frasco de vidrio terminó hecho pedazos sobre el suelo de mármol mientras un líquido rojizo se expandía lentamente alrededor de los cristales. El sirviente que permanecía cerca de la puerta dio un pequeño salto del susto antes de bajar rápidamente la cabeza, demasiado temeroso como para decir algo.
En medio del salón, Gideón Dorman caminaba de un lado a otro lleno de rabia, llevándose constantemente una mano a la boca mientras mordía una de sus uñas con evidente ansiedad. Su normalmente impecable uniforme negro estaba ligeramente desordenado, y la expresión en su rostro era cualquier cosa menos elegante.
—¿Cómo puede ser posible…? —murmuró apretando los dientes con fuerza—. ¿Cómo demonios una maldita mocosa fue capaz de hacer algo que ni yo mismo pude?
Los rumores sobre la hija de los Edevane llevaban días recorriendo el palacio entero.
Al principio Gideón los ignoró.
No le interesaban las tonterías sociales de las damas nobles ni las absurdas cremas milagrosas que tenían obsesionada a media corte. Pero luego empezaron a hablar de las pociones. Fórmulas complejas. Resultados imposibles. Incluso el tercer príncipe había confirmado personalmente que funcionaban.
Y eso…
eso había herido profundamente su orgullo.
Gideón llevaba años siendo considerado el mejor alquimista del reino. Nobles, caballeros e incluso miembros de la familia real acudían a él buscando soluciones que nadie más podía crear.
¿Y ahora?
Ahora todos hablaban de una niña noble jugando a ser alquimista.
Era ridículo.
Humillante.
Tomó su abrigo con brusquedad antes de salir del salón sin molestarse en mirar a nadie más. Necesitaba comprobarlo con sus propios ojos. Necesitaba ver qué clase de truco estaba utilizando aquella muchacha.
El trayecto hasta la mansión Edevane no hizo más que empeorar su humor.
Cuando finalmente llegó, se presentó inmediatamente ante los guardias con expresión severa.
—Soy Gideón Dorman, alquimista real del reino. Necesito ver a Lady Xenia Edevane ahora mismo.
Los guardias intercambiaron una mirada rápida antes de permitirle entrar sin demasiadas preguntas. Después de todo, Gideón tenía suficiente autoridad como para no ser detenido tan fácilmente.
Dentro de la mansión, las doncellas comenzaron a moverse nerviosas apenas escucharon quién había llegado. El ambiente se volvió tenso casi de inmediato, especialmente cuando el alquimista exigió esperar en el recibidor con una evidente falta de paciencia.
Xenia fue informada mientras trabajaba dentro de su laboratorio.
La joven apenas levantó la vista del libro que estaba revisando cuando Jane habló nerviosamente.
—Lady Xenia… el alquimista real ha venido a verla.
Xenia parpadeó lentamente.
Y luego suspiró.
Ya sospechaba que aquello no significaba nada bueno.
Dejó la pluma sobre la mesa antes de acomodarse ligeramente la ropa y salir finalmente del laboratorio. Mientras avanzaba por los pasillos de la mansión, podía imaginar perfectamente el tipo de persona que estaría esperándola.
Orgulloso.
Arrogante.
Y probablemente irritado.
Cuando entró al recibidor, encontró a Gideón sentado rígidamente sobre uno de los sillones, con los brazos cruzados y el pie moviéndose con impaciencia contra el suelo.
La tensión prácticamente llenaba toda la habitación.
—Me dijeron que me buscaba, lord Gideón —dijo Xenia entrando finalmente al lugar con tranquilidad.
El hombre levantó la vista hacia ella.
Sus ojos recorrieron lentamente su figura de arriba abajo, deteniéndose apenas en el cabello corto, en las pequeñas manchas de tinta sobre sus dedos y en la ropa ligeramente desarreglada que claramente indicaba que había estado trabajando.
Entonces chasqueó la lengua con evidente desprecio.
Xenia levantó una ceja al notar aquello.
—Así que tú eres la mocosa que anda proclamándose mejor alquimista que el propio alquimista real —dijo él finalmente con tono prepotente—. Honestamente esperaba algo más impresionante.
Xenia soltó un pequeño suspiro cansado.
Exactamente lo que esperaba.
—No entiendo de qué habla —respondió con calma mientras cruzaba los brazos—. Y tampoco sé de dónde sacó que estoy autoproclamándome algo.
—¿Ah, no? Entonces explícame cómo una niña noble logró crear algo que mis propios alquimistas no pudieron.
—¿Vino hasta aquí solo para preguntarme eso?
La mandíbula de Gideón se tensó.
—Una simple mocosa no puede ser capaz de semejantes resultados. Seguramente hiciste trampa o alguien está trabajando detrás de ti.
La paciencia de Xenia empezó a agotarse lentamente.
No soportaba a la gente incapaz de aceptar que alguien pudiera ser mejor que ellos en algo.
—Pues si tanto le parece imposible que haya sido yo —respondió finalmente mirándolo fijamente—, entonces vaya y hágalo usted mismo.
El ambiente se congeló.
Las doncellas cerca de la puerta contuvieron la respiración de inmediato.
Gideón soltó una pequeña risa seca, claramente irritada.
—Qué insolente eres.
—Y usted increíblemente ruidoso.
Los ojos del alquimista brillaron con molestia.
—¿Acaso entiendes con quién estás hablando?
—Claro. Con un hombre adulto que vino hasta mi casa solo porque su orgullo salió herido.
Gideón se levantó abruptamente del asiento.
—Deberías medir tus palabras, niña.
—¿O qué? —preguntó Xenia sin retroceder ni un poco.
El hombre dio un paso hacia ella con expresión sombría.
—Ya verás. Insultar al alquimista real tiene consecuencias.
Por primera vez desde que entró a la habitación, la expresión de Xenia se volvió completamente fría.
La temperatura del ambiente pareció bajar apenas.
—¿Me está amenazando, lord Gideón? —preguntó suavemente, aunque su tono hizo que incluso las doncellas se tensaran—. Porque si es así, prepárese usted también. No me importa un comino que sea el alquimista real, pero venir a mi hogar a tratarme de esta manera es algo que no pienso dejar pasar.
El silencio cayó pesadamente entre ambos.
Gideón la observó lleno de rabia contenida, sorprendido de que aquella muchacha no mostrara el menor miedo frente a él.
Y eso solo consiguió enfurecerlo más.
Tomó su abrigo con brusquedad antes de darse la vuelta y salir de la mansión prácticamente hecho una furia.
Mientras descendía las escaleras de la entrada, una sola idea se repetía constantemente en su cabeza.
Ya vería esa maldita mocosa.
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