"Para mi familia, mi peso era el tamaño de mi vergüenza. Para mi esposo, yo solo era un contrato que cumplir."
Elena siempre fue "la gorda" de la familia, el blanco de las burlas de su madre y la sombra de su perfecta hermana. Cuando las deudas de su padre alcanzan el límite, deciden venderla a un hombre que todos rumorean es un viejo decrépito y cruel.
Pero el destino tiene otros planes. El hombre que la espera en el altar no es un anciano, sino Thiago, un CEO tan frío como apuesto que solo se casó para heredar una fortuna. Entre el desprecio de su nueva familia y el desamor de un esposo que ama a otra, Elena llegará a su límite. Es hora de dejar de ser "la gordita buena" y demostrarles que, cuando el corazón se congela, la venganza es el mejor postre.
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Capitulo 8
Thiago todavía se sentía como si le hubieran dado un golpe directo al mentón. Al salir de su oficina con Yaneth, notó cómo el aire en el piso de presidencia cambiaba. Sandra, su secretaria de confianza —una mujer de unos cincuenta años que había visto pasar a decenas de modelos y mujeres interesadas por esa oficina—, se levantó de su silla con los ojos como platos.
—Sandra, quiero que conozcas a mi esposa, la señora Yaneth Nova —dijo Thiago. Su voz volvió a ser firme, pero había un matiz de orgullo que ni él mismo reconocía—. A partir de hoy, ocupará la oficina contigua. Quiero que tenga acceso total a los informes de la textilera y que todo el personal sepa que sus órdenes tienen el mismo peso que las mías.
Sandra parpadeó, asimilando la imagen de la mujer imponente que tenía enfrente.
—Es... es un honor, señora Nova. Su oficina está lista. Permítame mostrarle.
Yaneth caminó junto a Sandra, sintiendo la mirada de Thiago clavada en su espalda. Al entrar al nuevo despacho, un espacio amplio con muebles de diseñador y una vista privilegiada de la ciudad, Yaneth se volvió hacia la secretaria.
—Sandra, antes de empezar, necesito pedirte un favor personal —dijo Yaneth, manteniendo esa nueva calma que la envolvía—. Necesito que me consigas el contacto del mejor nutricionista de la ciudad. El más estricto y profesional que encuentres.
Thiago, que se había quedado en el umbral de la puerta, frunció el ceño. Una punzada de molestia, o quizás de preocupación, le recorrió el pecho.
—¿Un nutricionista? Yaneth, si es por lo que dijo la mujer de recepción, no tienes que...
Yaneth se giró hacia él. Sus ojos no tenían rastro de dolor, sino de una determinación absoluta.
—No es por ella, Thiago. Ni siquiera es por ti. Es por mí. Quiero empezar a comer bien, a nutrirme como corresponde. Durante mucho tiempo usé la comida para tapar el vacío que mi familia me dejó. Comía para castigarme y para esconderme. Pero ya no quiero esconderme más.
En ese momento, el sonido metálico del ascensor anunció una llegada tormentosa.
—¡Abran paso que llegó el huracán! —La voz de Fabián retumbó en todo el piso—. ¡Cuidado con el café, señores, que este bolso es de cuero legítimo y no perdona manchas!
Fabián entró a la oficina de Yaneth como si fuera el dueño del edificio, lanzando su bufanda de seda sobre un sofá de cuero. Se detuvo frente a Yaneth, la miró de arriba abajo y soltó un grito que hizo que un pasante en el pasillo soltara una pila de papeles.
—¡Eso! ¡Esa es la Yaneth que yo conocí antes de que esas hienas de tu familia te apagaran! —Fabián la tomó de las manos y empezó a saltar—. ¡Nena, estás recuperando el brillo! ¿Nutricionista? ¡Amén, hermana!
Fabián se volvió hacia Thiago, que lo miraba con una mezcla de confusión y asombro.
—Usted no la conoció antes, jefe cubito de hielo. Esta mujer era una gacela. Delgada, vibrante, comiéndose el mundo. Pero empezó a comerse sus penas porque su madre es un monstruo con tacones y su hermana es una víbora con complejo de inferioridad. ¡Engordó porque le rompieron el alma, no porque le gustara el postre!
Yaneth bajó un poco la mirada, sintiendo que la verdad de Fabián la desnudaba frente a Thiago.
—Es verdad —susurró Yaneth—. Comía para no sentir. Pero ahora que tengo una vida nueva, quiero que mi cuerpo refleje cómo me siento por dentro. Quiero volver a ser la Yaneth que se siente ligera, no para que el mundo me vea "bonita", sino para volver a correr sin cansarme, para volver a sentirme yo misma.
—¡Y yo voy a ser tu sargento de hierro! —exclamó Fabián, robándole un caramelo del escritorio a Sandra—. Nada de harinas, nada de azúcares procesados. Vamos a dejar a esa nutricionista con la boca abierta. Y tú, Thiago... —Fabián señaló al CEO con un dedo acusador—, más te vale que le pongas un gimnasio privado aquí mismo, porque cuando esta mujer termine su transformación, vas a tener que contratar a diez guardias más para espantar a los pretendientes.
Thiago sintió un arrebato de posesividad que lo dejó frío. La idea de otros hombres mirando a Yaneth le resultó insoportable.
—Ella tiene todo lo que necesite —respondió Thiago, con la voz más ronca de lo habitual—. Sandra, agenda la cita hoy mismo. Y busca un entrenador personal que venga a la mansión a primera hora.
—¡Eso es actitud! —Fabián aplaudió—. Ahora, Yaneth, saca esos informes porque si vamos a ser poderosas, hay que saber de dónde sale el dinero. Sandra, querida, ¿tienen café con leche de almendras o tengo que mandar a traer un camión de California?
El ambiente en la oficina se relajó gracias a las ocurrencias de Fabián, pero la conexión entre Yaneth y Thiago se había vuelto más densa. Él la observaba desde la puerta, dándose cuenta de que Yaneth no solo estaba cambiando su ropa, sino que estaba reconstruyendo su pasado.
—Gracias, Thiago —dijo ella, sentándose tras su escritorio con una elegancia natural.
—No tienes que agradecer —respondió él, antes de retirarse a su propia oficina—. Solo... no te exijas demasiado. No necesito que cambies para que respeten tu lugar aquí.
Yaneth sonrió. Sabía que él lo decía sinceramente, pero su meta era más grande. No quería ser la "gordita aceptada"; quería ser la mujer que se amaba tanto a sí misma que nadie más pudiera volver a lastimarla.
Esa tarde, mientras Fabián revisaba los catálogos de ropa deportiva y hacía chistes sobre "sudar como plebeya para lucir como realeza", Yaneth empezó a leer su primer informe financiero. El camino era largo, y el hambre de éxito era lo único que planeaba saciar a partir de ahora.