A ella una tragedia que la obligó a huir.
Al el una silla de ruedas lo condeno al olvido y al dolor para siempre.
cuando sus vidas se encuentren, cada herida amenaza con romperlos, pero será la esperanza quien siempre insistirá en salvarlos.
NovelToon tiene autorización de viviana ramoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Cicatrices y risas en el abismo
La sesión de rehabilitación había sido brutal. El sudor todavía le perlaba la frente a Lukas cuando Adela cerró la puerta del baño, tras haberlo ayudado a maniobrar su silla con cuidado. Él estaba agotado, con los hombros caídos y esa mirada perdida que solía tener después de que los terapeutas lo obligaran a forzar sus límites físicos.
—Listo —dijo Adela, con su voz profesional, pero suave—. Vamos a la crema.
Lukas se quitó la camisa, dejando al descubierto su torso. Era un mapa de irregularidades, marcas profundas y piel tirante donde la metralla o la cirugía habían dejado su huella imborrable. Adela tomó el frasco de crema regeneradora y, con movimientos circulares, comenzó a aplicarla. Sus dedos eran hábiles, precisos, sin rastro de asco o lástima.
Lukas miró hacia abajo, a su propio cuerpo, con una mueca de rechazo.
—Es horrible, ¿no? —murmuró él, evitando los ojos de ella—. Parezco un rompecabezas mal armado.
Adela no se detuvo. Siguió masajeando la piel dura, trabajando las cicatrices con paciencia.
—No pierdas la esperanza, Lukas —dijo ella, firme—. Las heridas cuentan una historia, no son el final de la misma.
Lukas soltó un suspiro pesado, casi un lamento.
—La historia que quería escribir era otra. Yo quería una familia, Adela. Hijos, una casa, ruido… —se quedó en silencio un momento, mirando sus piernas inmóviles—. Y ahora, no sé si eso es posible. ¿Quién va a querer esto? ¿Quién va a querer a alguien que… que está roto?
Adela se detuvo un segundo, mirándolo directamente a los ojos.
—Claro que puedes tenerlo. Estás vivo, y eso ya es mucho decir.
Lukas bajó la voz, la vergüenza tiñéndole las mejillas.
—No es solo por la silla. Es… es la funcionalidad. No sé si mi cuerpo responde a eso. No sé si… bueno, si puedo estar con una chica. Si funciona.
Adela lo miró con curiosidad profesional, pero con una calidez humana que lo desarmó.
—¿Qué te dijeron los doctores?
Lukas se encogió de hombros, mirando hacia la pared.
—Nada claro. "Puede que sí, puede que no". Nadie quiere darme una certeza. Todos prefieren no hablar del tema, como si fuera algo que ya no me pertenece.
Adela terminó de poner la crema y se quedó frente a él, limpiándose las manos con una toalla.
—¿Y tu? —preguntó ella, sin vueltas.
—¿Yo qué?
—¿Alguna vez intentaste probar si tu parte íntima funciona? ¿O simplemente te resignaste a la palabra de los doctores sin comprobarlo por tu cuenta?
Lukas se puso rojo hasta las orejas. Se cubrió el rostro con las manos, balbuceando, avergonzado.
—¡Adela! ¡No! ¿Cómo voy a probarlo si… si tengo miedo de que no pase nada? Es humillante.
Adela soltó una carcajada espontánea, moviendo la cabeza.
—¡Lukas, por favor! —dijo, riendo también—. ¡Si yo fuera vtu, te juro que eso sería lo primero que probaría! ¿Cómo vas a esperar que un doctor te diga qué siente tu cuerpo? ¡Pruebalo! ¡Experimentá!
El absurdo de la situación y la naturalidad con la que ella lo dijo rompieron la tensión. Lukas empezó a reírse, primero un poco, luego con ganas, y pronto ambos estaban riendo a carcajadas en el pequeño baño, una risa que sonaba a alivio, a vida, a sacudirse el polvo de la tragedia.
Pero, de repente, la risa de Adela se cortó en seco.
El silencio volvió al baño, un silencio denso y repentino. Su expresión cambió por completo; la alegría se drenó de su rostro, dejando una máscara de seriedad pétrea.
Lukas dejó de reír al notar el cambio. Se preocupó.
—¿Adela? ¿Qué pasa? ¿Dije algo malo?
Adela se quedó mirando un punto fijo en la pared, con los ojos vidriosos. Tardó unos segundos en encontrar la voz.
—No… no dijiste nada —susurró—. Es solo que… hacía tiemp, Lukas. A que no me reía de esa manera. Ni siquiera recordaba que se podía sentir así.
Un escalofrío recorrió a Lukas al ver la tristeza que le embargaba ahora.
—¿Y eso es malo? —preguntó suavemente.
Adela cerró los ojos y dejó salir una lágrima.
—Es que sentí culpa. Una culpa terrible. Me reí, y sentí que estaba traicionando a alguien. Mi hijo… él ya no puede reírse. Él no va a poder hacer nada de esto nunca más. Y yo aquí, riéndome de cosas de adultos, mientras Adela respiró hondo, como si el aire le costara entrar. Se quedó con la mano apoyada en el borde del lavamanos, inmóvil, y esa lágrima que había aparecido ya no caía: se quedaba ahí, temblándole en el párpado.
—Y yo aquí… —repitió, apenas audible—. Riéndome… de cosas que él ya no va a poder… nunca más.
Lukas no dijo nada al principio. Se le quebró la voz cuando por fin habló.
—Adela… —murmuró—. No es tu culpa.
Ella negó con la cabeza, apretando los labios.
—Sí lo es… en mi cabeza. Porque mi mente todavía cree que si yo sonrío, entonces Jorgue se queda atrás. Como si lo abandonara.
Lukas bajó la mirada a sus manos. Luego, despacio, levantó la vista hacia ella.
—¿Sabés qué es lo peor? —dijo—. Que yo también siento cosas así. Me siento culpable por querer vivir. Por querer una familia… por querer… incluso por querer tocar.
Adela lo miró, sorprendida por lo directo de la confesión.
—Entonces… —susurró—. No somos tan distintos.
Esa frase quedó flotando entre los dos, como una cuerda que los unía en silencio.
Adela apartó un poco la toalla y terminó de acomodar el frasco de crema. Pero ya no era solo el trabajo. Había otra cosa en el aire: una cercanía que no venía de la obligación, sino de algo que empezaba a despertarse y que ninguno de los dos sabía nombrar.
Lukas tragó saliva.
—Yo… —se detuvo—. Antes te veía como “mi empleada”. Como alguien que venía a controlar. Y ahora… —miró sus ojos con una honestidad peligrosa— ahora me doy cuenta de que no solo me estás ayudando a moverme.
Adela se quedó quieta. Se le erizó la piel, como si esas palabras le hubieran tocado un lugar que no sabía que existía.
—¿Y qué te estoy ayudando? —preguntó ella, con la voz más baja de lo habitual.
Lukas dudó, y en esa duda se notó que estaba aprendiendo a ser valiente.
—A volver a sentir… —dijo—. A volver a creer que puedo desear cosas.
Adela sintió un calor repentino en el pecho. No era vergüenza esta vez. Era algo más parecido a la esperanza, pero con un filo dulce.
—Yo también —confesó ella—. Cuando me reí… fue como si me acordara de mí. Como si Jorgue no se enojara conmigo por estar viva. Como si… también pudiera descansar.
Lukas se inclinó apenas hacia ella, lo justo para que la distancia se volviera mínima. Adela no retrocedió. Al contrario: se quedó mirándolo, con los ojos atentos, como si esa mirada le pidiera permiso para seguir.
—Adela… —dijo Lukas—. ¿Te pasa que cuando estás cerca… el mundo se queda en silencio?
Adela parpadeó. La pregunta le cayó en el cuerpo como una corriente.
—Sí —admitió—. Me pasa.
El silencio que siguió no era incómodo. Era distinto. Era el tipo de silencio en el que ambos entienden que algo importante está ocurriendo, aunque todavía no sepan qué nombre ponerle.
Lukas bajó la voz todavía más.
—Yo no sé cómo se hace esto… lo que sea que está pasando entre nosotros.
Adela soltó una risa pequeña, sin alegría, solo nerviosa.
—Yo tampoco.
Pero esa respuesta no frenó nada. Al contrario: parecía abrir una puerta.
Adela levantó la mano y, con cuidado, le acomodó el brazo sobre el muslo para que estuviera cómodo. El gesto era de enfermera… pero el modo en que lo hizo, la lentitud, la intención, ya no eran solo trabajo.
Lukas la observó como si ese toque fuera una revelación.
—Antes me enojaba cuando me decías cosas —murmuró—. Ahora… me gusta que me hables.
Adela tragó saliva.
—No debería gustarte.
—¿Por qué?
Adela no contestó al instante. Se quedó mirándolo a los ojos y, por primera vez, dejó de actuar como si todo estuviera bajo control.
—Porque si me gusta… —dijo, y la voz se le quebró apenas— entonces tengo miedo.
—¿Miedo de qué? —preguntó Lukas.
Adela bajó la vista un segundo, como si buscara las palabras en el piso.
—Miedo de que esto sea real… y que después duela más.
Lukas se quedó quieto. Luego, con una seriedad nueva, como si tomara una decisión, levantó la mano despacio y la apoyó sobre la de Adela. No la apretó. Solo la sostuvo, como quien prueba si el mundo no se rompe.
Adela no retiró la mano.
—Ya está doliendo —dijo Lukas—. Pero… —miró su rostro—. Duele distinto cuando estás tu.
El corazón de Adela golpeó fuerte. Se dio cuenta, con claridad, de que lo que había entre ellos ya no era solo gratitud ni cuidado. Era algo que se estaba formando con cada día de rehabilitación, con cada conversación a destiempo, con cada risa que volvía y con cada silencio que ahora pesaba de otra manera.
Adela inhaló, temblando.
—Lukas… —susurró.
—¿Sí?
Ella levantó la mirada, y en sus ojos había una valentía nueva.
—No sé qué va a pasar —dijo—. Pero sé que no quiero volver a perderme a mí misma.
Lukas cerró los ojos un instante, como si esa frase le aliviara una herida.
—Entonces… —abrió los ojos— no te vayas.
Adela se quedó sin aire. No era una orden. No era una promesa. Era una súplica humana.
Y en ese momento, ambos se dieron cuenta de algo más: no estaban solo hablando desde el dolor. Estaban empezando a elegir.
Adela retiró apenas la mano, solo para acomodarse el cabello, como si necesitara moverse para no romperse.
—Vamos —dijo al fin, con voz firme, pero con los ojos encendidos—. Ya terminamos con la crema. Te vas a enfriar.
Lukas sonrió, pero fue una sonrisa distinta: más cálida, más íntima.
—Sí —respondió—. Vamos.
Cuando salieron del baño, el pasillo parecía más largo de lo normal. No porque hubiera cambiado, sino porque algo dentro de ellos ya no era igual.
Y mientras caminaban hacia el cuarto, Adela entendió que esa risa que había sentido culpa… ya no era culpa.
Era el comienzo de algo que no sabía cómo se llamaba, pero que, por primera vez, no quería apagar.
Te mereces una oportunidad de ser feliz al lado de Lukas no lo pienses y deja te querer y quiere tu también.
Lukas lo que hace el amor saliste de tu casa a respirar el mismo aire que Adela.