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Destellos De Traición

Destellos De Traición

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Reencuentro / Venganza
Popularitas:8.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Abigail ha pasado años tallando la vida perfecta: una carrera prestigiosa como diseñadora de joyas de alta gama y un matrimonio que creía inquebrantable con Julián. Sin embargo, la perfección se astilla cuando descubre que su esposo y Mónica, su mejor amiga y socia, no solo mantienen un romance clandestino, sino que han estado conspirando para robar sus diseños y dejarla en la quiebra.
​En medio del colapso de su mundo, reaparece Sebastián, un antiguo amor de la juventud que ahora es un magnate de la industria minera de gemas. Mientras Abigail planea su venganza —una tan fría y elegante como un diamante—, deberá decidir si permite que el fuego del pasado con Sebastián purifique su corazón o si las heridas de la traición la han vuelto tan dura e impenetrable como la piedra que diseña

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Capitulo 1

El eco de los tacones de Abigail sobre el Mármol pulido de la Galería Vértigo no era solo un sonido; era el pulso de su victoria. Esa noche, el aire olía a una mezcla embriagadora de pintura al óleo fresca, champán de reserva y el perfume costoso de la élite de la ciudad. Bajo los focos perfectamente direccionados, sus cuadros —la serie "Luz Eterna"— parecían vibrar con vida propia.

​Abigail se detuvo frente a su pieza central. Era un lienzo de gran formato donde los tonos dorados y ámbar se entrelazaban en una danza que simulaba el amanecer tras una tormenta. Sintió un nudo de gratitud en la garganta. No era solo talento; era el alivio de haber llegado, de ser finalmente vista.

​ A pocos metros, Mónica se movía como una sombra eficiente y elegante. Con una tableta en la mano y el pinganillo ajustado, coordinaba a los camareros con la precisión de un director de orquesta. No se le escapaba un detalle: la temperatura del vino, la intensidad de la luz sobre el tríptico del fondo, el ángulo exacto en el que debían presentarse los canapés.

​ Mónica se acercó a Abigail y, con un gesto casi maternal, le acomodó un mechón de pelo rebelde.

—Todo está bajo control, Abi —susurró con una sonrisa profesional pero cálida—. Los críticos están fascinados. Disfruta tu noche, te la has ganado más que nadie.

​Abigail le apretó la mano. Mónica no era solo su asistente; era el andamio que sostenía su estructura. Sin su disciplina de hierro, el caos creativo de Abigail se habría desbordado hacía años.

​ El murmullo de la sala se apagó cuando Julián subió al pequeño estrado de madera clara. Vestía un traje sastre azul marino que resaltaba su porte atlético, pero lo que realmente llenaba la habitación era su carisma. Julián no caminaba, dominaba el espacio.

​ Cuando sus ojos encontraron los de Abigail, el mundo exterior desapareció para ella. Él levantó su copa, y su voz, profunda y aterciopelada, fluyó por los altavoces.

​—Muchos ven en estas paredes técnicas y color —comenzó Julián, haciendo una pausa dramática que mantuvo a la audiencia en vilo—. Yo veo el alma de la mujer que cambió mi destino. "Luz Eterna" no es solo el título de una exposición; es la descripción exacta de lo que Abigail ha traído a mi vida.

​ La audiencia soltó un suspiro colectivo. Julián continuó, bajando un tono el registro, como si solo hablara para ella.

—He visto a esta mujer luchar con la oscuridad para extraer estos destellos de oro. He visto su cansancio y su gloria. Abigail, amor mío, hoy el mundo ve tu talento, pero yo tengo el privilegio de vivir bajo tu luz todos los días. Brindo por la artista, por la mujer y por nuestro futuro, que es tan brillante como estos lienzos.

​Abigail sintió que el corazón le latía con una fuerza que le dolía en el pecho. Las lágrimas, calientes y honestas, amenazaron con arruinar su maquillaje. Se sentía invencible. En ese momento, rodeada de aplausos y miradas de admiración, Abigail se convenció de que era, sin lugar a dudas, la mujer más afortunada del mundo.

​ El aire en la Galería Vértigo estaba saturado de una mezcla embriagadora: el aroma metálico del champán frío, el perfume de sándalo de los críticos de arte y ese olor seco, casi sagrado, de la pintura al óleo que aún parece respirar sobre el lienzo. Para Abigail, cada inhalación era un recordatorio de que ya no estaba soñando. Sus pies, aprisionados en unos stilettos de seda dorada, apenas parecían tocar el mármol pulido.

​ Había pasado años en la penumbra de su estudio, con las uñas manchadas de trementina y el miedo constante de ser solo una promesa rota. Pero esta noche, bajo los focos halógenos que hacían que su serie "Luz Eterna" vibrara con una intensidad casi sobrenatural, el miedo se había transformado en un éxtasis eléctrico.

​ A pesar de las sonrisas y los cumplidos que aceptaba con una elegancia ensayada, Abigail sentía una grieta de vulnerabilidad en el pecho. Ser "validada" por la élite del arte se sentía como caminar desnuda por una cuerda floja; si ellos decidían que su obra ya no valía nada, ella dejaría de existir.

​ Cada vez que un coleccionista se detenía frente a su cuadro principal —un estallido de dorados y sombras que representaba el renacer—, Abigail contenía el aliento. Sus dedos buscaban inconscientemente el anillo en su mano izquierda, un ancla física en medio de la marea de gente. Necesitaba a Julián.

​ Como si hubiera invocado su presencia, sintió una mano firme y cálida posarse en la pequeña de su espalda. El calor atravesó la fina tela de su vestido de satén, calmando instantáneamente el temblor de sus hombros.

​—Estás radiante, Abby —susurró Julián cerca de su oído. Su voz era un bálsamo, una frecuencia baja que anulaba el ruido blanco de la multitud—. Mira lo que has hecho. Todo este lugar se rinde ante ti.

​Abigail se giró ligeramente, buscando sus ojos. En la mirada de Julián no solo había orgullo, sino una posesividad protectora que la hacía sentir a salvo. Él era su refugio, el hombre que la había sostenido cuando ella misma no creía en su pincel. Para ella, el éxito no valía nada si no se reflejaba en los ojos de él. En ese momento, Julián no era solo su prometido; era el guardián de su confianza.

​ Mientras tanto, Mónica se movía con la precisión de un bisturí. No había una copa vacía ni una luz mal enfocada. Con un gesto imperceptible, le indicó a un camarero que se acercara a Abigail con agua, notando que la artista necesitaba un respiro del alcohol. Mónica no solo organizaba la gala; organizaba la realidad para que Abigail solo tuviera que preocuparse por ser la estrella.

​Mónica se acercó a un segundo, ajustando el collar de Abigail con dedos fríos pero eficientes.

—El crítico del Global Art está en el salón B. Ve allí con Julián en cinco minutos. Sonríe, Abi. Eres la mujer más afortunada del mundo y hoy, todos lo saben.

​ Hacía el final de la noche, mientras los invitados comenzaban a retirarse, Julián se acercó a Abigail por la espalda y la rodeó con sus brazos.

El calor de su cuerpo era el ancla que ella necesitaba después de tanta exposición pública.

​—Lo logramos, pequeña —le susurró al oído.

—Lo logramos nosotros —corrigió ella, cerrando los ojos.

​Mónica, a lo lejos, observaba la escena mientras tachaba la última tarea de su lista. El éxito era absoluto. Pero en el silencio que empezaba a reclamar la galería, las sombras de los cuadros parecían alargarse, como si la "Luz Eterna" fuera solo un breve resplandor antes de una noche muy larga.

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Marjorie Pogo
Esta super entretenida.... Es lindo ver como uno no se deja vencer por malas personas en las que uno confío eso a uno lo vuelve más fuerte☺️..... Quiero seguir leyendo hasta el final... Actualicenla pronto 🤭🥰
Ana Leidi Reinosolappot
👏☺️
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