En el oscuro y despiadado submundo de Chicago, la dinastía criminal de los Rossi-Richi gobierna las calles con mano de hierro a través de la Santísima Trinidad: los jóvenes herederos Camilo, Franco y Elena.
Sin embargo, el tranquilo equilibrio familiar tambalea cuando Camilo, el gélido estratega del imperio, se obsesiona con Isabella Vance, una brillante restauradora de arte a quien secuestra en Nueva York tras borrar su identidad del mapa. Confinada en la mansión familiar, la profunda depresión inicial de Isabella da paso a una fría madurez. Tras comprender que la piedad no existe entre sus captores, Isabella comienza a utilizar la asfixiante fijación de Camilo a su favor para volverse indispensable en los negocios financieros.
En medio de guerras territoriales, peligrosas rebeliones y los feroces celos de Elena por mantener su lugar sagrado en el clan, se desata un letal juego de ajedrez donde la supervivencia depende de manipular la obsesión.
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Capitulo 21
El regreso desde el astillero de Greenpoint hacia el hotel de la organización en Manhattan fue un trayecto sumergido en una densa bruma de silencio y alivio. En la parte trasera de la camioneta blindada, las luces de la ciudad se reflejaban de forma difusa a través de los cristales mojados por la tormenta que aún azotaba Nueva York
Isabella permanecía sentada con las rodillas pegadas al pecho, envuelta por completo en el pesado abrigo de cachemira de Camilo, el cual conservaba el calor corporal de él y ese aroma a su perfume que ahora la hacía sentir extrañamente segura
Camilo no se había apartado de su lado ni un solo segundo. Su mano derecha permanecía entrelazada con la de ella, apretando los dedos con una firmeza que rozaba la desesperación, como si temiera que al soltarla, ella pudiera desvanecerse en la penumbra del vehículo. El estratega implacable, el hombre que nunca dejaba ver sus emociones ante los subordinados, mantenía la mirada fija en el rostro de Isabella, repasando cada facción pálida para asegurarse de que el horror de la emboscada no hubiera dejado una herida física que él hubiera pasado por alto en mitad del tiroteo
Franco conducía el coche con una seriedad inusual, mientras Elena, desde el asiento del copiloto, revisaba los informes de los guardias que se habían quedado en Queens limpiando los restos de la carnicería. La trinidad de Chicago había cumplido su misión con una eficacia letal, pero el ambiente dentro del auto reflejaba que las cosas entre Camilo e Isabella habían cruzado una línea de no retorno
Al llegar al ático privado que la familia poseía en la zona de Upper East Side, el paso de los tres primos fue rápido y coordinado. Franco y Elena se quedaron en el vestíbulo principal para establecer el nuevo perímetro de seguridad con los hombres de Nueva York, conscientes de que los restos de la Comisión intentarían cualquier movimiento desesperado tras la ejecución de su intermediario. Camilo, sin embargo, guió a Isabella directamente hacia el dormitorio principal, cerrando la pesada puerta de madera tras de sí y aislando el espacio del resto del mundo
La habitación estaba iluminada únicamente por la luz mortecina de los rascacielos que se colaba por el inmenso ventanal. Isabella se dejó caer en el borde de la cama, sintiendo que las fuerzas le flaqueaban por completo una vez que la adrenalina del rescate comenzó a abandonar su cuerpo. Empezó a temblar de forma incontrolable, un efecto tardío del cloroformo y del pánico de tener un arma apuntando a su cabeza hace menos de una hora
Camilo se arrodilló de inmediato frente a ella, tomándole las manos con esa ternura inesperada que había nacido en el astillero
— Estás a salvo, Isabella. Mírame, por favor. Ya nadie te va a hacer daño en este lugar. Estoy aquí contigo
Isabella levantó la vista y sus ojos castaños se encontraron con la mirada oscura de él. Ya no vio en él al monstruo que la había arrancado de su apartamento en Village, ni al estratega frío que medía cada vida en función de los balances financieros de la galería. Vio al hombre que había entrado al astillero de Greenpoint con los ojos inyectados en sangre, dispuesto a desafiar a toda la mafia de la costa este solo para devolverle el aliento
En un impulso que sorprendió al propio Camilo, Isabella se inclinó hacia delante y se refugió en su pecho, rodeándole el cuello con los brazos y sollozando en silencio contra su hombro
Camilo la estrechó contra sí con una fuerza contenida, cerrando los ojos y aspirando el aroma de su cabello, sintiendo que el vacío que le había oprimido el corazón durante las horas del secuestro finalmente se llenaba. Sus manos acariciaron la espalda de la joven con un ritmo pausado, intentando transmitirle toda la seguridad que su apellido representaba en las calles
— Pensé que te perdía, Isabella. Cuando vi tus herramientas tiradas en el suelo del almacén, sentí que la cabeza se me partía en dos. Nunca en mi vida había experimentado ese tipo de miedo
— Yo también tuve miedo, Camilo — susurró ella con la voz quebrada, aferrándose a la tela de su camisa con los dedos tensos — Pensé que no llegarías a tiempo. Cuando ese hombre me agarró del pelo, solo podía pensar en que nunca más volvería a ver tu rostro. En mitad de esa oscuridad, me di cuenta de que ya no quiero estar lejos de ti. Es una locura, sé lo que me hiciste, sé cómo llegué a tú mansión... pero el pensamiento de perderte me dolió más que la amenaza de la muerte
Las palabras de Isabella cayeron como un impacto directo en el orgullo y el corazón del joven líder. Se separó un poco para poder mirarla a los ojos, descubriendo en el brillo de sus pupilas una sombra incipiente de un afecto intenso, una entrega voluntaria que borraba de un plumazo la distancia entre el captor y la prisionera. Camilo levantó una mano y le acarició la mejilla con el pulgar, limpiando las lágrimas que resbalaban por su piel pálida
— No es una locura, Isabella — respondió él con una voz baja y profunda que denotaba una promesa inquebrantable — Lo que pasó en Chicago, la forma en que te traje... fue la única manera que encontré de asegurar que formaras parte de mi mundo sin que los enemigos te utilizaran como un blanco. Pero esta noche entendí que no eres una pieza de mi tablero, eres el tablero entero. Si tú no estás en esa casa, la corona de los Rossi no tiene ningún valor para mí
El acercamiento físico entre ambos se volvió inevitable en la penumbra del cuarto. Isabella acortó los últimos centímetros que los separaban, buscando los labios de Camilo en un beso que comenzó con la urgencia del susto pasado y que se transformó rápidamente en una muestra de amor oscuro y complejo, sellado por el fuego y la sangre de la calle
Camilo la sostuvo por la cintura, apretándola sutilmente más hacia él, respondiendo al beso con una pasión contenida que demostraba que su obsesión se había transformado en una devoción absoluta.
En el salón del ático la atmósfera recuperaba esa rigidez profesional de los negocios de la calle. Franco permanecía de pie junto a la barra sirviendo dos tragos de licor fuerte, mientras Elena anotaba en su tableta las directrices que su padre Fabián le había enviado desde Chicago tras conocer el éxito del rescate
— Camilo se va a quedar en ese cuarto toda la noche, Franco — comentó Elena, dejando la copa sobre la mesa auxiliar con un gesto sutil pero firme — La forma en que sacó a esa mujer del astillero demuestra que ya no estamos hablando de una simple valoradora de cuadros. Mi primo está completamente entregado a ella
Franco se tomó el trago de un solo golpe, soltando un suspiro largo mientras miraba el mapa de Nueva York
— Déjalo en paz por hoy, Elen. Hoy estuvimos a punto de perder a nuestra familia en ese muelle. Si Camilo no hubiera reaccionado con esa frialdad pura, los Moretti habrían cobrado la deuda de nuestro padre con la sangre de esa chica y con la nuestra. La civil demostró que sabe mantener la boca cerrada bajo presión. No dijo una sola palabra sobre las rutas contables de Chelsea a pesar de tener un arma en la cabeza
Elena guardó silencio, asimilando el punto de vista de su hermano con esa madurez que la caracterizaba. Comprendió que la aparente debilidad de Camilo hacia Isabella se había transformado en una fuerza destructiva que había pacificado Greenpoint en menos de una hora. Si Isabella lograba mantener a Camilo enfocado y además aportaba sus conocimientos para limpiar los libros contables de la galería, su presencia en la mansión de Chicago pasaría a ser un activo permanente defendido por los propios fundadores
— No voy a volver a cuestionar sus decisiones sobre ella, Franco — sentenció Elena con una voz helada que devolvía la tranquilidad al bloque familiar — Mañana me encargaré de firmar las actas de retirada de las piezas falsas en los almacenes de Queens junto con los abogados locales. Si la civil va a ser la nueva protegida de mi primo, lo mejor es que regresemos a Chicago con las cuentas del este completamente limpias bajo nuestra firma. La Trinidad demostró hoy que sigue mandando en esta costa y eso es lo único que me importa.
A la mañana siguiente, la luz del sol se filtró por el gran ventanal del dormitorio iluminando el espacio con una claridad limpia. Isabella se despertó sintiendo el brazo firme de Camilo rodeándole la cintura, manteniéndola pegada a su cuerpo en un abrazo que no había cedido en toda la madrugada. Al notar el movimiento, Camilo abrió los ojos, mostrando una expresión de tranquilidad que rara vez se dibujaba en su rostro de negocios
— Buenos días — susurró Isabella, esbozando una sonrisa sutil que carecía del miedo de los días anteriores y que reflejaba esa nueva aceptación voluntaria de su destino
Camilo le dio un beso corto en la frente, incorporándose despacio en la cama sin soltarle la mano
— Buenos días, Isabella. Franco y Elena ya están coordinando los traslados para el puerto norte. Hoy cerraremos los balances de Chelsea y mañana por la mañana iniciaremos el regreso a Chicago. Pero las cosas van a cambiar a partir de hoy en la mansión. Ya no estarás confinada en el ala este, tendrás tu propio espacio en la biblioteca y me acompañarás a las oficinas del centro cuando sea necesario revisar los catálogos del norte
Isabella se sentó en la cama, acomodándose el abrigo que aún la cubría, mirando al hombre con una fijeza que denotaba que ella también sabía jugar sus cartas en ese nuevo escenario de afecto mutuo
— Agradezco las libertades, Camilo. Te demostraré que mi talento vale más para tus cuentas que cualquier intermediario de la Comisión. Pero recuerda que si queremos que tu padre y tu tío Fabián respeten este nuevo orden, el informe técnico de Chelsea tiene que ser perfecto. Elena y yo trabajaremos juntas en los libros contables antes de subir al avión
Camilo la observó con una mirada llena de orgullo, dándose cuenta de que la madurez de Isabella se acoplaba a la perfección con su mente estratégica. El susto del secuestro los había aferrado de una manera definitiva, transformando el cautiverio original en una sociedad de poder y amor oscuro donde la prisionera comenzaba a reinar al lado del estratega más temido de Chicago.