En un mundo dominado por hombres, la legendaria maestra de artes marciales Mei Ling reencarna como un joven en la antigua Dinastía del Dragón. Ocultando su verdadera identidad femenina y su vasta experiencia, Mei Ling, ahora Huang Yi, debe navegar en una sociedad machista mientras se enfrenta a un carismático y sarcástico General, librando batallas internas y externas para sobrevivir, honrar a su familia y forjar un camino hacia la igualdad, todo mientras guarda un secreto que podría costarle la vida.
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8 Travesura
Antes de que pudiera reaccionar, saqué mi látigo de mi espacio dimensional, que siempre llevo oculto de forma estratégica, y me balanceé contra el misterioso hombre. El látigo silbó en el aire, buscando atraparlo, pero él era rápido. Lanzó ataques letales con su espada corta, reflejos de acero que cortaban el aire, pero logré esquivarlos con rapidez y agilidad. Cada patada y cada golpe que le dirigía, él los esquivaba con la gracia de un bailarín, su cuerpo moviéndose en una danza mortal. Era frustrante. Mi látigo chocaba contra su espada en una sinfonía de chispas.
En un movimiento inesperado, me agarró por detrás, su brazo rodeando mi cintura, acercándome a su cuerpo. Su aliento cálido rozó mi cuello, y pude sentir la tensión de sus músculos.
Protagonistas:
"¡Suéltame, maldito pervertido!" siseé, retorciéndome en su agarre. "¡No sabes con quién te estás metiendo!" —Que su toque no me haga temblar, sino encender la llama de mi furia. Un cuerpo femenino no es una invitación, es una fortaleza inexpugnable.—
Él rió, una risa profunda y ronca que me erizó los vellos de la nuca. "No te soltaré, gatita salvaje. Me gusta cuando te pones así."
Con un arrebato de indignación y furia, pisé su pie con la fuerza de un yak. Un quejido de dolor se escapó de sus labios, y aprovechando su momentánea distracción, me liberé de su agarre. En un movimiento fluido, mi mano se deslizó y agarró su entrepierna con una fuerza que prometía aniquilación.
"¡Te dejaré estéril, maldito!" Grité, apretando con todas mis fuerzas. La humillación de la noche anterior me había dado ideas muy creativas.
"¡Suéltame!" Él jadeó, su voz aguda por el dolor, pero antes de que pudiera apretar más, su mano libre se movió con la velocidad de un rayo, agarrando uno de mis pechos con una firmeza sorprendente. "¡Tú también me sueltas o te haré un tatuaje permanente!"
La situación era tan ridícula como peligrosa. La tensión era palpable, pero también había una pizca de lo absurdo. Tenía su "orgullo" en mis manos, y él tenía mi "tesoro" apretado.
"¡Maldito pervertido!" espeté, mi voz ahogada por la indignación y el shock de su agarre. En ese instante de distracción y de lucha mutua por liberar nuestros preciados atributos, él aprovechó y me mordió en el cuello, no con fuerza para herir, sino con la suficiente determinación para hacerme soltar su entrepierna.
Liberada, pero furiosa, retrocedí un paso. "¡Maldito! ¡Te mataré por esto!" Antes de que pudiera reaccionar, saqué una aguja venenosa (una de las suaves, solo para paralizar, no para matar, por ahora) y se la clavé en el cuello. Su cuerpo se puso rígido, sus ojos abiertos con sorpresa, y cayó al suelo, completamente paralizado.
"¡Ahora vas a ver, desgraciado!" Declaré con una sonrisa sádica que no presagiaba nada bueno. Lo amarré con mi látigo, amordacé su boca con un trozo de tela que saqué de mi espacio dimensional y lo voltee boca abajo. Luego, con un palo robusto que encontré, comencé a darle nalgadas con fervor. ¡Una, dos, tres... treinta! La piel de sus posaderas se puso roja, y pude escuchar sus gruñidos ahogados. No contenta con eso, y para asegurar que la humillación fuera completa, le dejé un letrero clavado en la espalda con una pequeña daga, escrito con una caligrafía impecable: "Soy un Uke y me gustan los hombres. Fui un pervertido, me lo merezco." Para rematar la obra, le di treinta bofetadas adicionales por cada vez que me había llamado "gatita salvaje" o "señorita". "¡Esto es para que aprendas a respetar a una mujer! ¡Y a no ser un metiche!" Le susurré al oído, antes de desaparecer. —Que esta lección quede grabada en su cuerpo y en su memoria. Ninguna mujer es propiedad, objeto o juguete. Mi cuerpo es mío, mi mente es mía, y mi respeto se gana, no se exige.—
Desde la distancia, pude escuchar sus gruñidos de frustración y un grito ahogado que prometía venganza. "¡Mujer! ¡Te juro que te encontraré hasta por debajo de las piedras y te cobraré lo que me has hecho! ¡No importa dónde te escondas, te voy a encontrar!"
Me marché con una sonrisa victoriosa, disfrutando de mi obra. Momentos después, hombres disfrazados, que evidentemente eran los soldados de Feng Shang, llegaron al callejón. Al ver la escena, no pudieron contener las risas. Uno de ellos, un joven soldado, se orinó de la risa, mientras otro se retorcía en el suelo, incapaz de mantenerse de pie. "¡Busquen a esa gatita atrevida!" Se escuchó el grito furioso del hombre enmascarado. "¡Esa mujer pagará con su vida por esta humillación! ¡Y ustedes, par de idiotas, dejen de reírse y desátenme! ¡Y arranquen ese letrero antes de que alguien más lo vea!"
Continué mi camino, haciendo una pequeña investigación sobre el burdel y sus rumores, y luego regresé sigilosamente a la residencia del General.
Al día siguiente, desperté para cortar leña, como era mi costumbre. Para mi sorpresa, el General Feng Shang ya estaba allí, hacha en mano, cortando leña con una energía inusual. Y, para mi sorpresa, estaba sin camisa. Mis ojos se posaron en su cuello. Había un arañazo, rojo y evidente, justo donde el hombre enmascarado me había mordido.
"General," dije, con una ceja levantada, mi voz adoptando un tono falsamente inocente. "¿Qué le sucedió? Parece que una gatita salvaje se le ha subido al cuello."
Él se giró, su mirada fulminante. Podía sentir el calor de su ira. "Me arañó una gatita salvaje que pronto voy a cazar y castigaré severamente. Y usted, mocoso, ¿qué le pasó en el cuello? ¿Tiene una mordida? ¿Un murciélago vampiro?"
Con una mano me toqué el cuello, fingiendo sorpresa. "¡Ah, esto! ¡Me mordió un maldito perro que voy a castrar en cuanto lo encuentre, General! Uno muy molesto y persistente que no para de seguirme."
Nos miramos, una chispa de entendimiento y desafío cruzando nuestras miradas, sin sospechar el uno del otro que ambos éramos los protagonistas de la noche anterior. Y así, entre gruñidos y comentarios sarcásticos, nos pusimos a cortar leña, la madera volando mientras el aire se cargaba de la tensión palpable entre nosotros. —Los hombres pueden reírse de mis palabras, pero mis acciones hablan más fuerte. Y la verdad, a veces, se esconde a plena vista, esperando el momento justo para revelarse.—
La rutina de la leña fue interrumpida por un galope frenético. Un mensajero, exhausto y cubierto de polvo, irrumpió en el patio. Llevaba un pergamino enrollado, sellado con el emblema de guerra del emperador.
"¡General Feng Shang!" jadeó el mensajero, arrodillándose con la respiración entrecortada. "¡Una carta urgente del emperador! ¡Las tribus bárbaras del norte han cruzado la frontera! ¡Se nos ordena partir inmediatamente hacia la guerra! ¡En tres días!"
El General tomó la carta, su rostro se volvió sombrío, la diversión y el sarcasmo desaparecieron de sus ojos, reemplazados por una fría determinación. La realidad de la guerra nos había alcanzado, y con ella, el fin de nuestros juegos y la inminente partida hacia un destino incierto. Mi madre, que escuchaba desde la puerta, se llevó una mano a la boca, sus ojos llenos de terror. El tiempo de la tranquilidad había terminado.