Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...
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La Cláusula de la Sombra
El contacto de la mano de Lucifer fue como sumergir los dedos en cera hirviendo. Lucciana contuvo un grito cuando una descarga eléctrica de color violeta recorrió sus venas, sellando la enmienda del contrato. Al romper el contacto físico, la silueta del Diablo comenzó a desdibujarse en el aire húmedo del taller, desvaneciéndose como el humo de un cigarrillo arrastrado por el viento.
—No te fíes de los vivos, mi querida restauradora —susurró la voz de Luca Ferro, flotando en la penumbra justo cuando la última vela del círculo se apagaba por completo—. Los muertos son mucho más predecibles. Te estaré observando.
Un segundo después, el tiempo terrenal se reanudó con la violencia de una presa rota. El estrépito de la lluvia regresó con fuerza y la pesada puerta de hierro del taller cedió con un crujido espantoso. Los cerrojos saltaron y la madera se estrelló contra la pared de piedra.
Pietro entró de golpe, empapado, con los ojos inyectados en sangre y un pesado puntal de madera entre las manos. Tras él, dos oficiales de la guardia civil florentina irrumpieron con las linternas en alto, cortando la oscuridad con haces de luz blanca y errática.
—¡Lucciana! —Pietro arrojó el madero y corrió hacia ella, atrapándola por los hombros. Sus manos temblaban—. Dios mío, estás viva... Estaba oscuro, pensé que te habías hecho algo...
Lucciana parpadeó, cegada por las linternas. Sentía el cuerpo extrañamente ligero, y el pinchazo en el pecho se había transformado en un latido sordo, rítmico y helado. Miró de reojo la mesa de trabajo. El manuscrito del siglo XV estaba cerrado y la lona de lino lo cubría perfectamente, como si nadie lo hubiera tocado en semanas. El Diablo no dejaba cabos sueltos para los ojos mortales.
—Estoy bien, Pietro —dijo ella, y se sorprendió de la frialdad monolítica de su propia voz. No había lágrimas, ni temblor. La fragilidad de la novia abandonada había muerto—. Dijiste... dijiste que Matteo está muerto.
Pietro asintió, limpiándose la lluvia del rostro con frustración.
—Su coche cayó por el desfiladero de la Via Bolognese, cerca de Pratolino. Los guardias dicen que un desprendimiento de rocas aplastó el techo antes de que el vehículo saliera despedido al vacío. El coche explotó al caer. Lucciana... no quedó casi nada. Tu madre está en la jefatura, Leonora Vance está exigiendo que se cierre la zona. Es un infierno.
Un infierno. Lucciana casi sonrió ante la ironía de la palabra.
—Llévame allá —dijo, zafándose del agarre de su primo con una firmeza que lo dejó desconcertado.
—¿Qué? No, Lucciana, la policía está acordonando el lugar, es peligroso en mitad de esta tormenta y...
—Llévame, Pietro. O iré caminando bajo la lluvia —lo cortó, mirándolo con unos ojos oscuros que parecieron destellar bajo la luz de las linternas. Pietro dio un paso atrás, asustado por la metamorfosis de su prima, y terminó por ceder.
La subida a la Via Bolognese en el carruaje de Pietro fue un viaje al corazón de las tinieblas. La carretera de montaña era una cinta de asfalto negro y resbaladizo, flanqueada por pinos que se retorcían bajo el azote del viento como almas en pena. Cuando llegaron al kilómetro doce, el paso estaba bloqueado por tres carruajes de la policía y varias luces de carburo que parpadeaban bajo la tormenta, tiñendo la niebla de un color amarillento y fantasmal.
Lucciana bajó del carruaje antes de que este se detuviera por completo. Arrastrando el dobladillo embarrado de su vestido de novia, que ahora parecía la armadura rota de un guerrero, avanzó hacia el borde del precipicio. Los guardias intentaron detenerla, pero Pietro los contuvo interponiéndose en su camino.
El olor a gasolina quemada, caucho chamuscado y carne calcinada subía desde el fondo del barranco, mezclándose con el aroma a tierra mojada. Lucciana se asomó al vacío. Unos cincuenta metros abajo, entre las rocas escarpadas, los restos retorcidos y ennegrecidos del lujoso automóvil de Matteo seguían humeando bajo la lluvia torrencial.
“Encuentra al asesino... Alguien ha secuestrado su alma”, la orden de Lucifer resonó en su mente.
Lucciana agudizó la vista. Al hacerlo, sintió una punzada caliente en su dedo cortado, el dedo con el que había firmado el pacto. De repente, el mundo cambió de color. Las luces amarillas de los guardias se volvieron grises y apagadas, pero en el fondo del barranco, justo al lado del chasis quemado, comenzó a brillar una sustancia pastosa y fosforescente de un color púrpura enfermizo. No era fuego. Eran residuos de magia negra, rastros de una energía que ella reconoció de inmediato gracias a los textos heréticos que había catalogado.
No había sido un accidente. El desprendimiento de rocas había sido provocado por algo que no pertenecía a este mundo.
Movida por una fuerza que ya no era del todo suya, Lucciana no esperó a que los oficiales bajaran con las cuerdas. Se desvió hacia un sendero de cabras que descendía de forma empinada por la pared del desfiladero.
—¡Lucciana, regresa! ¡Te vas a matar! —gritó Pietro desde arriba, pero su voz fue sepultada por un violento trueno.
El descenso fue una locura de adrenalina y peligro. El barro la hacía resbalar, las rocas afiladas le rasgaban la seda del vestido y las ramas de los arbustos le cortaban los brazos, pero Lucciana no sentía el dolor físico. El hilo helado en su pecho la mantenía extrañamente estable, dotándola de una agilidad sobrenatural. Sus pies encontraban apoyo en la oscuridad con una precisión milimétrica.
Cuando llegó al fondo del barranco, el escenario era dantesco. El metal del coche crujía mientras se enfriaba bajo el agua. Lucciana se acercó al asiento del conductor. Lo que quedaba de Matteo era apenas una silueta carbonizada, atrapada entre el volante doblado. La visión de aquel hombre al que había amado, y al que cinco minutos antes había odiado con la fuerza de mil soles, le revolvió el estómago. Pero no sintió pena. Sintió una rabia gélida. Alguien le había robado su derecho a la venganza.
Se inclinó sobre los restos, buscando la fuente del brillo púrpura. El residuo mágico se concentraba en el tablero del coche, rodeando un objeto que milagrosamente no se había derretido: un pequeño frasco de plata pulida, grabado con el blasón de la familia Vance, pero rodeado de runas de atadura que ella conocía bien. Un receptáculo de almas. El asesino se había llevado la esencia de Matteo en el momento del impacto, dejando atrás solo el cascarón de carne.
Lucciana estiró la mano para tomar el frasco, pero antes de que sus dedos lo rozaran, la temperatura del barranco cayó a niveles árticos. El agua de los charcos a su alrededor comenzó a congelarse en círculos concéntricos.
Un crujido de ramas rotas la obligó a girarse de golpe.
De entre las sombras de los árboles calcinados por la explosión, emergió una figura que la hizo dar un paso atrás, con el corazón congelado por el miedo. No era un hombre. Era una criatura encorvada, de brazos desproporcionadamente largos que terminaban en garras delgadas como agujas. Su cuerpo parecía hecho de sombras líquidas y humo negro, y en lugar de rostro, solo tenía una máscara de hueso blanqueado con dos cuencas vacías de las que emanaba la misma luz púrpura que había visto en el coche.
Un Ghul de la sombra. Un carroñero del bajo abismo, invocado para limpiar los rastros de un crimen espiritual.
La criatura dejó escapar un siseo sordo, un sonido que imitaba el llanto de mil niños recién nacidos, y se abalanzó sobre Lucciana con una velocidad aterradora.
El instinto de supervivencia tomó el control. Lucciana esquivó el ataque arrojándose hacia un lado sobre el barro. Las garras de la bestia chocaron contra la chapa del coche, rasgando el acero como si fuera papel de fumar.
Atrapada contra las rocas del desfiladero, sin armas y con el vestido destrozado, Lucciana miró a la criatura que se giraba lentamente hacia ella, relamiéndose con una lengua de sombra. El miedo intentó paralizarla, pero la marca del pacto en su pecho ardió con una furia renovada. Ella ya no era una víctima. Había negociado con el Rey del Infierno.
—¡Luca Ferro! —gritó Lucciana hacia el cielo tormentoso, invocando la cláusula de su contrato—. ¡Si quieres el alma de Matteo, no dejes que esta basura me mate!
La criatura saltó en el aire, con las garras extendidas directo hacia el cuello de Lucciana.
En el último milisegundo, la sangre de Lucciana hirvió. El hilo helado de su pecho se expandió hacia sus brazos. De manera instintiva, Lucciana extendió las manos hacia el monstruo. De la palma de su mano izquierda, la que tenía el dedo cortado, brotó una ráfaga de fuego azul e infernal que cortó la oscuridad del barranco como un rayo.
El fuego azul impactó de lleno en el pecho de la criatura de sombras. El monstruo emitió un alarido ultrasónico que hizo vibrar las piedras del desfiladero. La llama infernal comenzó a devorar la oscuridad líquida de su cuerpo, disolviéndola en una ceniza blanca y apestosa. En cuestión de segundos, la bestia no era más que un montón de polvo que la lluvia arrastró hacia el río subterráneo.
Lucciana cayó de rodillas, jadeando, con los brazos temblorosos por el esfuerzo de una energía que no comprendía. Miró sus manos; pequeños hilos de humo azul seguían saliendo de sus dedos. El Diablo le había dado herramientas para defenderse, pero el precio físico era devastador. Sentía que cada músculo de su cuerpo se había convertido en plomo.
Obligándose a levantarse, se acercó de nuevo al tablero del coche. Tomó el frasco de plata grabado con el blasón de los Vance. Al tocarlo, el objeto estaba helado, pero las runas púrpuras se apagaron, reconociendo el poder superior que ahora residía en Lucciana. El frasco estaba vacío... el asesino ya había extraído el alma de Matteo, dejando el contenedor como un anzuelo o un rastro falso.
Lucciana guardó el frasco en el único bolsillo intacto de su vestido destrozado. Escuchó los gritos lejanos de los guardias que comenzaban a descender por el sendero con cuerdas y antorchas.
Miró una última vez los restos de Matteo. La investigación acababa de empezar. El asesino de su prometido no era un simple humano; era alguien con acceso a las artes oscuras, alguien lo suficientemente poderoso como para engañar al Diablo y robarle una presa. Y ese alguien, según el blasón del frasco, estaba muy cerca de la familia Vance.
Lucciana Bianchi comenzó a subir el desfiladero, dejando atrás a la novia muerta y abrazando por completo a la cobradora de deudas del Infierno.
gracias autora por esta joya 👏👏👏