¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?
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capitulo 8
La mañana se sintió desierta mucho antes de que el motor del coche de Dante rugiera en la entrada. Me quedé en la cama, mirando el techo y escuchando los preparativos de su partida. Pasos firmes, el clic de una maleta, órdenes cortas dadas a Arthur con esa voz que no admitía réplicas. Cuando el silencio finalmente se adueñó de la mansión, solté un aire que no sabía que estaba reteniendo.
Él se había ido. Tres días de tregua. O tres días de condena, considerando que ahora sabía que su "esposa" no era más que una intrusa con el rostro de su peor pesadilla.
Me levanté y caminé hacia el baño, evitando el espejo. No quería ver a la Zoe que se estremecía con el recuerdo de la mano de Dante en su brazo. Me duché con agua casi hirviendo, tratando de quitarme de encima la sensación de haber sido profanada por una verdad que no estaba lista para manejar. Al salir, me puse lo más parecido a mi antigua ropa que pude encontrar en el fondo del vestidor: unos vaqueros que Elena consideraba "harapos para el jardín" y una camisa de lino que me quedaba grande.
Bajé a la cocina con el estómago cerrado. Arthur estaba allí, organizando la despensa con su habitual pulcritud. Me miró de reojo, evaluando mi ropa, pero no dijo nada. Había una nueva capa de respeto en su silencio desde que ayudé a Rosa, o quizás era solo lástima.
—El señor Volkov ha dejado instrucciones de que no se le moleste, señora —dijo Arthur, sin dejar de anotar en su tableta—. Sin embargo, ha insistido en que el menú de sus cenas se mantenga según lo previsto. Quiere que descanse.
—Gracias, Arthur. Estaré en el jardín —respondí, tomando una manzana solo para tener algo que sostener.
Pasé la mañana frente al caballete, pero la pintura no fluía. Cada trazo que daba parecía una imitación barata de la tormenta que había pintado antes. Mi mente no dejaba de viajar a esa foto en el despacho. La mujer rubia. "Mi único error". ¿Era ella la razón de su armadura? ¿Era ella el fantasma que lo hacía tratar a las mujeres como transacciones financieras? La curiosidad me quemaba, pero también el miedo. Dante era un hombre que destruía lo que no podía controlar, y ahora mismo, yo era la variable más caótica de su vida.
A media tarde, el timbre de la mansión rompió mi concentración. No esperábamos visitas, y Dante odiaba las interrupciones. Arthur fue a abrir y, poco después, entró en el jardín con una expresión de incomodidad que rara vez mostraba.
—Señora, el señor de la Vega está aquí. Dice que es urgente.
Mi padre. Sentí una náusea instantánea. Entré a la casa y lo encontré en el salón principal, paseándose de un lado a otro y admirando las esculturas de cristal como si estuviera tasando el botín de un robo.
—¡Zoe! —exclamó al verme, usando mi nombre real sin importarle que Arthur estuviera a unos metros. Me acerqué rápidamente y lo tomé del brazo para llevarlo a un rincón más privado.
—No me llames así aquí, papá. ¿Qué haces aquí? Dante se ha ido de viaje y dejó órdenes estrictas...
—Lo sé, lo sé. Por eso he venido ahora —me interrumpió, frotándose las manos—. Necesito que me hagas un favor. Dante ha bloqueado las cuentas de la constructora para una "auditoría interna" después de lo del sindicato. No puedo sacar ni un centavo para mis gastos personales.
—¿Tus gastos personales? —le pregunté con voz ahogada—. Dante acaba de salvarte de la ruina y tú estás pensando en tu estilo de vida. El dinero está yendo a pagar las deudas y el tratamiento de mamá.
—Escúchame, niña —su tono se volvió agrio, perdiendo la fachada de padre afectuoso—. Tú estás viviendo aquí como una reina. Seguramente tienes acceso a sus cajas fuertes o a alguna de sus tarjetas. Solo necesito un adelanto. Elena me habría ayudado sin preguntar.
—Elena no está aquí porque huyó con un hombre que no eres tú —le recordé, sintiendo cómo la ira me entibiaba la sangre—. Y yo no voy a robarle a Dante. Él ya sabe quién soy, papá. Sabe que lo engañamos.
Mi padre se puso pálido, una palidez ceniza que me dio una satisfacción retorcida.
—¿Qué? ¿Cómo que lo sabe? ¿Y no te ha entregado a la policía? ¿No ha cancelado el contrato?
—No lo sé. Pero me tiene bajo vigilancia. Si toco algo que no me pertenece, nos hundirá a los dos. Vete de aquí, antes de que Arthur llame a seguridad.
Lo eché de la casa casi a empujones, sintiendo una vergüenza que me pesaba en los huesos. Ese era el hombre por el que estaba sacrificando mi identidad. Al cerrar la puerta, me apoyé contra la madera tallada, cerrando los ojos. El mundo de Dante era frío, sí, pero al menos era honesto en su crueldad. El mundo de mi padre era una ciénaga de mentiras y egoísmo.
Esa noche, el silencio de la mansión se volvió opresivo. Cené sola en la cocina con Rosa, ignorando las reglas de etiqueta. Ella me contó sobre su hermano, que ya estaba recuperándose gracias al dinero que le di. Hablamos de cosas simples, de recetas de cocina y de cómo era la vida en el pueblo de donde venía. Por un momento, olvidé que llevaba un anillo de diamantes en el dedo que pesaba más que mi propia alma.
Subí a mi habitación tarde, sintiéndome agotada. Al pasar por el vestidor, noté que la puerta de Dante estaba ligeramente entornada. Mi pulso se aceleró. Arthur solía cerrarla después de limpiar. Quizás él la había dejado abierta.
Entré con el corazón en la garganta. La habitación de Dante era el reflejo exacto de su personalidad: minimalista, impecable, casi gélida. La cama estaba hecha con sábanas de seda gris oscuro que parecían metal bajo la luz de la luna. Caminé hacia su mesita de noche. No había libros, solo un reloj de pulsera y un vaso de cristal.
Entonces lo vi. Un pequeño cuaderno de cuero negro, escondido bajo unos documentos. Lo tomé, sabiendo que estaba cruzando otra línea roja. Al abrirlo, no encontré cifras ni estrategias de mercado.
Eran bocetos.
Dibujos rápidos, hechos con una mano experta pero atormentada. Paisajes desolados, rostros desdibujados y, en las últimas páginas, un dibujo que me dejó sin aliento. Era yo. No Elena, sino yo, sentada en el jardín con el pincel en la mano y esa expresión de concentración que solo tengo cuando creo que nadie me mira. Debajo del dibujo, una sola palabra escrita con caligrafía firme: *Zoe*.
Él me había estado dibujando. El Glaciar, el hombre que despreciaba el arte y la sensibilidad, me había capturado en papel con una delicadeza que me resultaba aterradora.
De repente, el sonido de un teléfono vibrando en la habitación me hizo saltar. Era el teléfono personal de Dante, el que solía dejar en la base de carga. Se iluminó con un mensaje entrante. No pude evitar mirar.
*"Dante, he visto las fotos en la prensa. ¿De verdad crees que esa niña puede reemplazarme? No juegues con fuego, todavía tengo los documentos de la liquidación del 2022. Llámame."*
El nombre del contacto era simplemente "V".
La foto de perfil era la misma mujer rubia del despacho. Mi estómago dio un vuelco. No era solo un fantasma; ella seguía ahí, acechando, moviendo hilos que yo no podía ver. Y parecía que tenía algo contra él, algo lo suficientemente fuerte como para amenazarlo.
Dejé el cuaderno en su sitio y salí de la habitación, sintiendo que el aire me faltaba. Me encerré en mi cuarto y me metí en la cama, temblando. Dante no era solo mi carcelero; él también era un prisionero de su propio pasado. Y yo, en medio de este fuego cruzado de secretos y deudas, empezaba a sentir que el contrato de cien días era lo de menos.
La verdadera pregunta era si alguno de los dos saldría vivo de esta mansión cuando la nieve del Glaciar terminara de derretirse y revelara los cadáveres que ambos habíamos intentado enterrar. Mañana sería el segundo día de su ausencia, y por primera vez, no deseaba que se quedara fuera. Quería que volviera. Quería enfrentarlo. Quería saber si el hombre que me dibujaba en secreto era el mismo que me trataba como un objeto frente al mundo.
Me dormí con la imagen de mi nombre escrito por su mano, sintiendo que la línea entre el odio y algo mucho más peligroso se había borrado definitivamente.