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LA HEREDERA DE LA NIEBLA

LA HEREDERA DE LA NIEBLA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Vampiro / Hombre lobo
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5: LO QUE MARGARET SABÍA

Luna les hizo esperar fuera.

No fue un acto de rebeldía consciente. Fue instinto puro. Los tres depredadores habían cruzado su umbral sin permiso, habían visto su miedo, habían olido su sangre. Ahora necesitaba un momento para recordar quién era antes de que ellos decidieran quién debía ser.

—Diez minutos —dijo, cerrando la puerta en las narices de los tres reyes—. Ni uno más.

Alec había protestado con un gruñido. Viktor había sonreído con esa paciencia infinita de los muertos. Dante... Dante había esperado en silencio, apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y la mirada fija en el bosque.

Luna subió la escalera de caracol a oscuras, guiada por el temblor de sus propias manos sobre el pasamanos de hierro. La planta superior era más pequeña de lo que parecía desde abajo: un dormitorio con una cama de hierro forjado, una mesilla con un candelabro vacío y una ventana ovalada que miraba al valle.

Y en la pared, colgado frente a la cama, el cuadro de Margaret.

Su abuela la miraba desde un óleo oscuro, vestida de azul marino, con el pelo recogido en un moño bajo y los ojos —esos ojos violetas que Luna había heredado— fijos en el horizonte. Detrás de ella, el bosque de Cresta Negra. Y a sus pies, tres sombras.

Luna se sentó en el borde de la cama. El colchón crujió, viejo y seco, y un olor a lavanda y a humo de chimenea envolvió sus hombros como un abrazo póstumo.

Abrió el diario.

No por el principio. Por el final. Por la última página que ya había leído a la luz del móvil en la cocina. Pero ahora, con la vela que había encontrado en el cajón de la mesilla, las palabras parecían moverse.

«Luna, mi niña...»

Pasó la página. Había más.

Siempre había más.

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"Cresta Negra, 3 de noviembre de 1954"

Me han enterrado viva tres veces esta semana. La primera, los lobos. Me arrastraron a una madriguera bajo las raíces del abeto centenario. Creían que no podía salir. No sabían que la Niebla me habla. Me dijo: «Respira, hija. La tierra te debe un favor.» Y la tierra se abrió.

La segunda, los vampiros. Viktor Volkov me encerró en un ataúd de plata. Dijo que era por mi seguridad. Mentira. Quería verme descomponer. Quería oírme suplicar. No supliqué. La Niebla me dijo: «Duerme, hija. El tiempo no es para ti lo que es para ellos.» Y cuando desperté, el ataúd estaba vacío y Viktor tenía miedo en los ojos.

La tercera, los Moretti. Salvatore no quiso enterrarme. Quería verme. Quería que le dijera dónde estaba la llave. Le dije: «En mi sangre.» Me pegó un tiro en la cabeza.

Ese disparo me enseñó algo que ningún muerto, ninguna bestia, ningún gánster podrá enseñarte a ti, Luna:

Las Brujas de la Niebla no mueren.

Nos reímos.

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Luna pasó la página con dedos que ya no temblaban. Algo dentro de ella se estaba aquietando. Una calma extraña, antigua, como si las palabras de su abuela le estuvieran transfiriendo no información, sino certeza.

"Cresta Negra, 12 de diciembre de 1954"

Salvatore me dio el tiro en la cabeza un martes. El miércoles por la mañana, desperté en su sótano, con el agujero en la frente cerrado como si nunca hubiera existido. Supe entonces que no era inmortal. Era peor. Era necesaria.

La Niebla me necesita. El valle me necesita. Y mientras yo esté aquí, la Bruja Original no puede cruzar.

Pero no puedo estar aquí siempre, Luna. Me hago vieja. No como ellos, que se congelan en el tiempo. Yo envejezco. Me canso. Y la Niebla... la Niebla empieza a impacientarse.

Hoy he visto su cara por primera vez. La cara de la Bruja Original. Estaba en el espejo de mi dormitorio, mirándome con mis propios ojos.

Me ha dicho: «Dentro de setenta años vendrá tu sangre. Y entonces saldré.»

Setenta años. 2024.

He hecho cálculos. Tú nacerás en 1995, Luna. Tu madre —mi hija— te tendrá tarde. Demasiado tarde. Pero no importa. Tú llegarás justo a tiempo para lo que viene.

Ojalá pudiera perdonarte por lo que te espera.

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Luna cerró el diario con violencia. La vela parpadeó. Su sombra bailó en la pared como un espectro.

—Setenta años —susurró—. Setenta años exactos.

La Bruja Original había puesto una fecha. Y Margaret, su abuela, había vivido escondida en ese bosque todo ese tiempo, vigilando la puerta, contando los días, sabiendo exactamente cuándo llegaría su nieta.

No fue una herencia. Fue una condena.

Un golpe suave en la puerta de abajo. No era ninguno de los tres reyes. Era más leve. Más... tímido.

—Señorita Luna —dijo una voz femenina, joven, con un ligero temblor—. Soy Elara. La hermana de Alec. Me ha mandado a traerle una manta. Dice que hace frío ahí arriba.

Luna se asomó a la barandilla de la escalera. Abajo, en el recibidor, había una chica de pelo cobrizo recogido en una trenza deshecha, con unos ojos del color de la miel vieja y una cara salpicada de pecas. Vestía un jersey demasiado grande y pantalones de camuflaje. No llevaba zapatos.

—Puedes subir —dijo Luna, sorprendiéndose a sí misma.

La chica —Elara— subió las escaleras con un sigilo felino, dejando la manta de lana sobre la cama sin hacer ruido. Luego se quedó quieta, mirando el cuadro de Margaret.

—Era muy guapa, tu abuela —dijo en voz baja—. Mi abuelo Elias la mató.

Luna parpadeó.

—¿Tu abuelo...?

—El Alfa de antes. El que firmó el tratado con los vampiros y los Moretti. El que juró que ninguna Bruja de la Niebla volvería a pisar Cresta Negra. —Elara se encogió de hombros, pero sus ojos brillaban—. Alec es diferente. Alec no la mató. Alec ni siquiera había nacido.

—¿Por qué me dices esto?

Elara la miró. Y en su mirada había algo que Luna no esperaba: gratitud.

—Porque mi hermano lleva veinte años buscando una manera de cerrar la puerta. Y tú eres la primera que puede hacerlo. —Sonrió, triste—. Y porque estoy harta de que los muertos manden sobre los vivos.

Abajo, alguien llamó a la puerta. Tres golpes. Pausados. Viktor.

Elara se giró hacia la escalera, sus pecas casi invisibles en la penumbra.

—Van a pelearse por ti —dijo, como si anunciara la lluvia—. Los tres. No es por la puerta. Es por ti. Por lo que representas.

—¿Y qué represento?

Elara se detuvo en el primer escalón.

—El futuro, señorita Luna. Usted es el futuro. Y ellos llevan décadas —siglos, en el caso del vampiro— peleándose por ver quién lo controla.

Bajó las escaleras sin esperar respuesta.

Luna se quedó sola con la vela, la manta, el cuadro de Margaret y un diario que tenía más respuestas de las que estaba dispuesta a aceptar.

Fuera, los tres reyes la esperaban.

Y por primera vez, Luna no sintió miedo.

Sintió furia.

Una furia fría, antigua, heredada. Una furia que no venía de ella, sino de la tierra, de la niebla, de algo que había estado durmiendo bajo Cresta Negra durante setenta años y que acababa de despertar con su llegada.

Bajó las escaleras.

No corriendo. No temblando.

Caminando.

Como una reina. Como una verdugo. Como una Heredera de la Niebla.

—Hablemos —dijo, abriendo la puerta de par en par.

Los tres reyes levantaron la vista.

Y algo en sus ojos —en los tres— cambió.

Porque la mujer que tenían delante no era la misma que había entrado en esa cabaña hacía unas horas.

Era más.

Mucho más.

Y ninguno de ellos estaba preparado para lo que vendría después.

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Gloria
Buenas noches autor una pregunta esta es una historia poliamorosa , o ella solo tiene en destinado por así decirlo , lo digo por que no me gustan las historias poliamorosas , yo soy más de la pajarera y ya 🤔🤔🤔🤔
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