Aleska es una jovencita ilusionada con su boda, con una vida de amor y felicidad, pero llega la traición, la peor de todas.
Su prometido la vende a mafiosos, ¿la razón?, quiere deshacerse de ella lo más rápido posible, ha conseguido enamorar a una niña rica, la cual quiere que termine lo más rápido con esa pobretona. Pero cuando ella había perdido las esperanzas, algo extraño pasa, ¿una coincidencia?, ¿algo planeado?, nadie lo sabe, o tal vez solo una persona lo sepa.
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Cap. 5 Mi exesposa
Mientras los asesores recogían los documentos, Drago condujo a Aleska a la terraza. La ciudad se extendía a sus pies, un tablero de luces.
—El registro es público —dijo él, la brisa jugando con su cabello entrecano—. En setenta y dos horas, Clarissa y toda la ciudad lo sabrán. El terremoto comenzará.
Aleska asintió, sintiendo el peso y la liviandad del nuevo apellido. Aleska Volkov-Krutoy. Un nombre arma.
—¿Y después del terremoto? —preguntó, intuyendo que había algo más.
Drago guardó silencio por un largo momento, sus ojos fijos en el horizonte, donde su imperio se fundía con la noche.
—Después… —murmuró, como hablando para sí mismo—, viene la parte difícil. El nuevo plan.
—¿Nuevo plan? —preguntó Aleska, girándose hacia él. Una sombra de inquietud cruzó su pecho. Pensaba conocer cada uno de sus movimientos.
Él la miró, y por primera vez desde que la conoció, vio algo en su expresión que no podía descifrar del todo: un cálculo que iba más allá de la venganza inmediata, una estrategia dentro de la estrategia.
—Todo esto —dijo, haciendo un gesto vago que abarcaba la ciudad, el imperio, su matrimonio de papel— era la jugada necesaria para blindar los activos y ponerlos fuera de su alcance. Pero hay algo que no conté…
Hizo una pausa, eligiendo las palabras con un cuidado extremo.
—Mi exesposa, Valentina, no solo quiere el dinero. Quiere verme destruido. Y para eso, no basta con matarme. Tiene que demostrar que mi imperio está podrido desde la cima. Que soy ilegítimo. —Sus ojos se oscurecieron.
—Hay un documento. Una prueba de algo que sucedió hace décadas, cuando todo empezó. Si ella lo encuentra y lo hace público, todo esto —señaló el edificio bajo sus pies— se desmorona, seas mi esposa o no. Y nuestra venganza… será solo un fuego fatuo antes del derrumbe.
Aleska sintió que el suelo de la terraza, tan sólido, se volvía inestable.
—¿Qué documento? ¿Qué prueba?
Drago negó lentamente con la cabeza.
—Todavía no. Primero, debes estar inquebrantable en tu papel. Debes ser Aleska Krutoy ante el mundo, fría, leal, imperturbable. Cuando sea el momento… te lo diré todo. —Le tomó la mano, no con la frialdad del pacto, sino con la firmeza de quien entrega un lastre y un secreto.
—Por ahora, confía en que todo lo que hemos hecho, incluso esto —apretó su mano, sellada por el matrimonio—, es solo la primera fase. La fase dos… es otra guerra. Y en esa, el enemigo no es solo mi hija. Es el fantasma de mi propio pasado.
Se volvió y se dirigió a la puerta, dejándola sola en la terraza, con el viento frío y el peso de un misterio aún mayor.
Aleska miró el anillo de matrimonio simple que él le había puesto como mero formalismo. Brillaba bajo la luz de la luna. No era un símbolo de amor, sino de una alianza que acababa de volverse mucho más profunda, y mucho más peligrosa. Drago no solo la había convertido en su reina. La había convertido en la guardiana de un secreto que ni siquiera conocía.
Y en algún lugar de la ciudad, Valentina y Clarissa, ignorantes aún del terremoto legal que acababa de registrarse, seguían tramando su caída, sin saber que Drago ya había movido su pieza más audaz… y que guardaba otra aún más letal en la manga.
*_*
El salón del hotel era un caleidoscopio de seda, diamantes y sonrisas calculadas. En el centro del remolino, como una araña en el centro de su tela perfecta, estaba Valentina Krutoy. A sus cuarenta y cinco años, poseía una belleza preservada con la ferocidad de quien considera cada arruga una derrota. Se movía entre los donantes, el epítome de la exesposa triunfante: admirada, elogiada y mantenida en lujo por la pensión generosa (y no obligatoria) de su exmarido.
Fue entonces cuando Elena se deslizó a su lado. Si Valentina era una rosa de invernadero, Elena era un gladiolo de acero: heredera de una fortuna más antigua y respetable, con un estatus que no necesitaba validación masculina. Llevaba una sonrisa en los labios y malicia pura en los ojos grises.
—Vaya, Valentina, te ves… hermosa —dijo Elena, con una dulzura que goteaba ácido.
—Después de… ¿Quince años de divorcio? Me sorprende que no tengas un nuevo amor que te acompañe a estas tediosas veladas.
Valentina alzó la barbilla, un gesto que había perfeccionado para mirar por encima del hombro sin parecerlo.
—¿Para qué, querida? Mientras Drago siga pasando la pensión… —¿Para qué arruinar la vista? —respondió, con un tono de suficiencia que pretendía ser despreocupado.
—Ah, claro —asintió Elena, fingiendo comprensión.
—Tiene sentido. Solo espero que la nueva esposa de tu exmarido sea tan… comprensiva con esos arreglos extrajudiciales. Al fin y al cabo, una pensión así no es obligatoria, es un acto de buena fe. Y la buena fe suele evaporarse con los nuevos amores.
El mundo de Valentina se detuvo por una fracción de segundo. El cristal de champán en su mano no tembló, pero algo helado le recorrió la columna vertebral.
—¿Qué… esposa? —logró articular, forzando una risa hueca—. Drago no se casaría. Él solo se dedica a su empresa. Una mustia por aquí y por allá, nada más. Es un lobo solitario.
Elena soltó una carcajada baja, elegante, que atrajo miradas de aprobación a su alrededor. Sonaba a complicidad de la alta sociedad.
—¡Oh, Valentina! ¡Qué encantadoramente desinformada estás! Claro que se casó. Hace una semana. Es bellísima. Joven. Y, según los rumores, una heredera mitad rusa, mitad griega… imagínate lo exótica y con clase que debe ser. Un verdadero coup para Drago, ¿no crees?