"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."
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CAPÍTULO 7: La Publicación
En psicología de masas hay un fenómeno que explica por qué ciertos personajes secundarios acaban robando el protagonismo al héroe: el Efecto Secundario Emergente. Es ese mecanismo por el cual un personaje concebido como acompañante, alivio cómico o simple figura de fondo desarrolla tal carisma que el público reclama más. Como el amigo gracioso en una comedia romántica que acaba teniendo su propia serie. Como el villano que se vuelve tan fascinante que los lectores lo prefieren al protagonista. Como un gato delincuente que abre neveras y deja notas sardónicas, y que sin pretenderlo se convierte en el centro de atención de toda la campaña de lanzamiento.
—No pienso hacerlo —dije, cruzando los brazos en el sofá.
—Valeria. Cariño. Luz de mis ojos. —Andrés sostenía el móvil con la pantalla hacia mí, mostrando un correo que acababa de llegar—. No te lo están pidiendo a ti. Se lo piden a Schrödinger.
—¡Exacto! ¡Le piden una entrevista a nuestro gato!
—La revista más importante de mascotas del país. "Vida Felina". Quieren hacer un reportaje: "Schrödinger, el gato que escribe notas y abre neveras: la verdadera estrella de la novela del año."
—Andrés. Es un gato. No puede dar entrevistas.
—Claro que puede. Tú le preguntas, él maúlla. Yo traduzco.
—¿Y qué vas a traducir? ¿"Tráeme salmón o enfrenta las consecuencias"?
—Depende. ¿Es una entrevista o una amenaza?
—Con Schrödinger nunca se sabe.
Desde la publicación de "Simplemente nosotros" dos semanas atrás, nuestras vidas habían dado otro giro inesperado. El libro había sido un éxito inmediato. Primer puesto en las listas de ventas. Críticas entusiastas. Lectores que nos escribían diciendo que nuestra historia les había devuelto la fe en el amor. Y en los gatos.
Sobre todo en los gatos.
Porque Schrödinger, el verdadero Schrödinger, el que roncaba en su cojín mientras nosotros escribíamos, se había convertido en un fenómeno viral. Las notas que dejaba junto a la nevera vacía eran fotografiadas y compartidas en redes sociales. Su cuenta de Instagram —"@schrodinger_oficial", creada por Clara sin su permiso— tenía más seguidores que la mía. Y ahora, una revista quería entrevistarlo.
—Vamos a hacerlo —dijo Andrés—. Pero con condiciones.
—¿Qué condiciones?
—Primera: Schrödinger elige las preguntas que quiere responder.
—Eso es imposible. Es un gato.
—Segunda: la entrevista se hace en casa. Nada de estudios fotográficos. Schrödinger no sale de su territorio.
—Eso ya es más razonable.
—Tercera: los honorarios se pagan en salmón. Del bueno. Del salvaje de Alaska.
—Eso es ridículo.
—Son sus condiciones. Las ha dictado él. Yo solo traduzco.
Schrödinger, desde su cojín, emitió un maullido. Uno solo. Breve. Conciso. Que significaba claramente: "Trato hecho. Pero que sea salmón salvaje. El de piscifactoría es una ofensa."
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La entrevista se celebró un jueves por la tarde. La periodista, una mujer llamada Marina con gafas de pasta y una libreta llena de preguntas, se sentó en nuestro sofá con una mezcla de profesionalidad y desconcierto. Era la primera vez que entrevistaba a un gato.
—Señor Schrödinger —comenzó, con una seriedad que rayaba en lo heroico—. En primer lugar, gracias por recibirme.
Schrödinger, sentado sobre la mesa del comedor como un monarca en su trono, parpadeó lentamente.
—Dice "de nada" —tradujo Andrés, que ejercía de intérprete oficial.
—Su historia ha cautivado a miles de lectores —continuó Marina—. Un gato que abre neveras, descifra códigos y deja notas escritas. ¿De dónde surge esa inteligencia excepcional?
Schrödinger se lamió una pata. Se relamió un bigote. Luego emitió dos maullidos.
—Dice que es genética —tradujo Andrés—. Y que el salmón ayuda.
—Interesante. ¿Y cómo aprendió a escribir?
Tres maullidos. Esta vez más largos.
—Dice que observándonos. Que los humanos somos muy predecibles. Que dejamos bolígrafos por todas partes y nunca sospechamos nada.
—Fascinante. ¿Tiene planes de futuro? ¿Quizá un libro propio?
Schrödinger me miró. Miró a Andrés. Miró a la periodista. Luego emitió un maullido tan largo y complejo que Andrés tuvo que fingir concentración durante varios segundos.
—Dice que está trabajando en un ensayo —tradujo—. El título provisional es: "Neveras y otros objetos que los humanos creen cerrados". Y que incluirá un capítulo dedicado al microondas.
—¿Un ensayo filosófico?
—Dice que más bien técnico. Con ilustraciones. Y recetas.
Marina anotó furiosamente en su libreta. Yo me tapé la cara con las manos. Andrés apenas podía contener la risa.
—Última pregunta, señor Schrödinger. ¿Qué mensaje le daría a los gatos que sueñan con seguir sus pasos?
Schrödinger se incorporó. Caminó lentamente hacia el borde de la mesa. Miró fijamente a la periodista. Luego se giró hacia nosotros. Y emitió un maullido. Uno solo. Breve. Conciso. Definitivo.
—Dice —tradujo Andrés—: "Nunca os rindáis. La nevera siempre está al alcance. Y los humanos, aunque parezcan listos, siempre acaban dejando el salmón donde no deben."
La entrevista se publicó el domingo. El titular: "SCHRÖDINGER, EL GATO QUE ESCRIBE: 'LOS HUMANOS SOMOS MUY PREDECIBLES'".
Las ventas del libro se duplicaron. La cuenta de Instagram de Schrödinger alcanzó el millón de seguidores. Y Clara nos llamó para decirnos que, si Schrödinger publicaba su ensayo técnico, ella quería ser su agente.
—Esto se nos ha ido de las manos —dije aquella noche, mientras revisaba las notificaciones del móvil.
—Se nos ha ido de las manos hace dos años —respondió Andrés—. Desde que una psicóloga que escribía novelas románticas conoció a un publicista que corregía sus besos. Lo demás son detalles.
—¿Detalles? Nuestro gato es una celebridad. Tiene más seguidores que yo. Le llueven ofertas editoriales.
—¿Y eso te molesta?
Lo pensé.
—No —dije finalmente—. Creo que me gusta. Es el único gato del mundo que puede ganar un premio literario antes que yo.
—Eso sería un golpe muy duro para tu ego.
—Sería humillante. Y material para el capítulo siete.
Andrés rió. Esa risa. La suya. La que llevaba dos años siendo la banda sonora de mi vida.
Schrödinger, desde su cojín, nos observaba con su desprecio habitual. Pero estoy segura de que, en el fondo, estaba satisfecho. El gato delincuente había conquistado el mundo. O al menos, la parte del mundo que leía revistas felinas.
Y nosotros, los humanos que creíamos controlar la historia, éramos simplemente sus acompañantes.
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Aquella noche, cuando todo el apartamento dormía, me levanté a por agua. En la cocina, junto a la nevera (cerrada con un nuevo sistema de seguridad infalible), había una nota.
"Gracias por la entrevista. El salmón era aceptable. Seguiremos informando. — S."
Al lado de la nota, el bolígrafo que habíamos escondido en el cajón cerrado.
Suspiré. Bebí agua. Y volví a la cama.
Porque algunas batallas no se ganan. Se aceptan. Y se convierten en material literario.
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