El agua no solo está subiendo… está “vivo” de alguna forma.
A veces no ataca directamente, pero se comporta de manera antinatural, como si siguiera a las personas, como si eligiera y empezará a crear consciencia.
Nadie sabe si es un fenómeno natural… o algo más, algo que se esconde en lo más profundo.
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Despedida
La noche llegó más rápido de lo que esperaban. El cielo nunca terminaba de aclararse del todo, pero cuando la luz gris comenzó a apagarse otra vez, el grupo entendió que no podían seguir avanzando sin arriesgarse a un error. El terreno se había vuelto más irregular, con rocas y pendientes que, en la oscuridad, podían ser una trampa mortal. Mateo fue el primero en detenerse y observar los alrededores con atención, buscando algo que pudiera servirles de refugio, aunque fuera temporal.
Encontraron una formación de rocas elevadas, no muy amplia, pero lo suficiente para protegerlos por un lado y mantener cierta distancia del terreno más bajo. No era un lugar seguro, no realmente, pero era mejor que quedar expuestos en medio del camino. Se acomodaron como pudieron, organizándose de forma instintiva, dejando a los más vulnerables en el centro y a los demás alrededor.
Valeria se sentó junto a Tomás, abrazándolo con fuerza mientras el niño apoyaba la cabeza en su hombro. Nadie hablaba mucho. El cansancio pesaba, pero no era solo físico. Era todo lo que llevaban acumulado, todo lo que no habían tenido tiempo de procesar.
Ernesto permanecía de pie, apartado del grupo, mirando hacia la oscuridad que se extendía más allá de las rocas. No parecía estar vigilando. Parecía… esperando.
Valeria lo notó. Se levantó con cuidado y caminó hacia él.
—Deberías descansar —le dijo con suavidad.
Ernesto no respondió de inmediato. Su mirada seguía fija al frente.
—No quiero dormir —murmuró finalmente—. Si cierro los ojos… la escucho más.
Valeria sintió un nudo en el pecho.
—No tienes que quedarte solo.
Él soltó una pequeña risa sin humor.
—Nunca estuve solo… hasta ahora.
Esa frase la hizo quedarse en silencio.
—Claudia… —continuó Ernesto, bajando la voz— …no era solo alguien del grupo.
Valeria lo miró.
—Lo sé.
Ernesto negó lentamente.
—Mi hermosa Claudia...
Por primera vez desde que lo conocía, sus ojos se llenaron de algo distinto al dolor inmediato.
—Era mi nieta —dijo.
Valeria no respondió.... Simplemente lo dejó continuar.
—Sus padres murieron cuando ella era muy pequeña —añadió—. Un accidente. Yo… yo no estaba preparado para eso. Nunca quise volver a empezar… pero ella estaba ahí, tan joven, tan indefensa. Y no tenía a nadie más.
Su voz tembló ligeramente.
—Aprendí a ser padre otra vez… tarde, torpemente, pero lo hice. La vi crecer. La vi convertirse en todo lo que ellos no pudieron ver.
Valeria sintió cómo el peso de esas palabras se extendía.
—Siempre fue fuerte —continuó Ernesto—. Más que yo. Incluso aquí… incluso con todo esto… seguía siendo ella.
Cerró los ojos un momento.
—Y yo no pude protegerla.
El silencio entre ellos no era incómodo. Era necesario.
—No fue tu culpa —dijo Valeria con firmeza.
Ernesto no respondió porque no se trataba de culpa, se trataba de pérdida.
Poco a poco, los demás comenzaron a notar que hablaban. No interrumpieron, pero se acercaron lo suficiente para escuchar. Nadie quería invadir, pero tampoco querían ignorarlo.
Marta se sentó cerca. Luis permaneció en silencio, atento. Incluso Mateo, desde su posición, no apartó completamente la mirada.
—Cuando la vi hace rato… —continuó Ernesto— …por un momento creí que todo esto había terminado. Que había sobrevivido. Que de alguna forma había salido.
Negó suavemente.
—Pero no era ella.
Tomás quien se había acercando lo suficiente, levantó la vista, nadie lo notó, Pero él ya estaba sintiendo algo que los demás no.
—O tal vez… —añadió Ernesto, con la voz más baja— …no del todo.
—
El viento cambió, fue leve, pero suficiente.
Valeria lo sintió y Ernesto levantó la mirada lentamente.
—Está aquí…
El grupo se tensó de inmediato, pero esta vez nadie gritó. Nadie corrió. Todos miraron en la misma dirección. Y entonces… la vieron.
Claudia estaba de pie a unos metros. No avanzó de inmediato, no habló. Solo… estaba ahí, pero algo era distinto.
No había esa tensión en su cuerpo, no había esa distorsión evidente. Su mirada… era tranquila.
Ernesto dio un paso adelante, pero esta vez no se lanzó, no corrió. Se detuvo a mitad de camino, como si hubiera aprendido, como si el dolor ya no lo empujara de la misma forma.
—¿Eres tú? —preguntó.
La figura inclinó ligeramente la cabeza. Y entonces habló.
—No del todo.
El grupo entero sintió el cambio, no era perfecta, pero tampoco era falsa Era… algo en medio.
Ernesto respiró hondo.
—Lo sabía…
Claudia —o lo que quedaba de ella— dio un pequeño paso hacia él. No intentó acercarse más de la cuenta y está vez no extendió la mano.
—No puedo quedarme —dijo.
Su voz era suave, pero inestable.
—Lo sé —respondió Ernesto.
Un silencio corto se formó entre ellos.
—Pero quería… —continuó ella, buscando las palabras— …que no te quedaras con eso. Ellos cometieron un error... —su voz de distorsionaba por pequeños fragmentos— Quizá la culpa los impulso a dejarme estar en este momento aquí... No sé... Pero sabes? No fue tu culpa...
Esa frase rompió algo dentro de Ernesto.
—Lo sé —respondió él, con lágrimas acumulándose otra vez—. Lo sé.
Claudia lo miró fijamente. Y por un instante… fue completamente ella.
—Gracias por no soltarme nunca.
Ernesto dejó escapar una respiración que llevaba mucho tiempo contenida.
—Siempre fuiste tú quien me sostuvo a mí.
Una leve sonrisa apareció en el rostro de ella, no era perfecta, pero era real.
El grupo observaba en silencio, nadie interrumpía, nadie se movía. Incluso Mateo… no decía nada. Porque entendían que eso… no era una trampa.
Claudia miró alrededor, como si notara a los demás por primera vez. Luego volvió a Ernesto.
—Tienes que seguir.
Él negó.
—No sin ti.
Ella dio un pequeño paso atrás.
—Sí.— Su voz se debilitó un poco.—Porque eso… —dijo, mirando hacia la oscuridad— …no se va a detener.
Ernesto cerró los ojos un momento.
—No te voy a olvidar.
Claudia sonrió.
—No tienes que hacerlo.
El viento volvió a moverse, era más frío, más fuerte.
Su figura comenzó a cambiar, no de forma violenta. Sino como si se deshiciera poco a poco.
—Adiós… abuelo.
La palabra quedó suspendida. Ernesto no respondió, no pudo, solo la miró hasta que desapareció.
El silencio que quedó no fue de terror, fue de duelo. Pero también… de algo más.
De cierre.
Ernesto no cayó al suelo, no gritó, no se rompió.
Se quedó de pie respirando pausadamente y luego, lentamente… regresó al grupo. Se sentó y por primera vez desde que todo comenzó… no miró hacia atrás.
Valeria lo observó en silencio.
—¿Estás bien? —preguntó.
Ernesto asintió.
—Ahora sí.
Tomás lo miró.
—Era ella… un poco.
Ernesto lo miró también.
—Sí.
Y eso fue suficiente para él.
La noche continuó. Pero esta vez… no hubo voces, no hubo llamados, solo silencio. Y llegaron descansar. Porque incluso en medio de todo eso… algunas despedidas… aún podían ser humanas.