Nicolás Rivas nunca le tuvo miedo a la muerte.
Creció entre calles donde la vida vale poco y la lealtad lo es todo. Aprendió a gastar sin pensar, a reír sin culpa y a vivir como si cada noche fuera la última.
Fiestas. Mujeres. Amigos. Dinero fácil.
Pero todo cambia el día en que recibe una noticia que no puede ignorar.
Su tiempo se está acabando.
Y por primera vez… la muerte deja de ser una idea lejana.
Ahora Nicolás decide vivir como siempre dijo: sin miedo, sin arrepentimientos, sin frenos.
Pero mientras más disfruta…
más lo alcanza el pasado.
Un hermano que perdió.
Una madre que nunca dejó de esperar.
Un amor que no supo cuidar.
Y un enemigo que no ha olvidado.
Porque al final…
no todos llegan en paz al último trago.
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“La Casa Donde Todo Empezó”
📖 CAPÍTULO 3
“La Casa Donde Todo Empezó”
El taxi se detuvo frente a la casa sin hacer ruido.
Nicolás no bajó de inmediato.
Se quedó mirando por la ventana, como si no reconociera el lugar… o como si no quisiera reconocerlo.
La fachada seguía igual.
Pintura desgastada.
Reja vieja.
La misma puerta de madera que crujía incluso cuando nadie la tocaba.
Años.
Habían pasado años… y aún así, todo estaba exactamente como lo recordaba.
—¿Se queda ahí o qué, jefe? —dijo el conductor, girando un poco la cabeza.
Nicolás reaccionó.
—Sí… sí, ya —respondió, sacando unos billetes.
Pagó sin contar.
Bajó.
Y cuando la puerta del taxi se cerró… el silencio le cayó encima.
Ese barrio no era como donde él vivía ahora.
Aquí no había música alta.
No había carros de lujo.
No había gente aparentando lo que no era.
Aquí todo era… real.
Demasiado real.
Caminó despacio hacia la reja.
Cada paso pesaba más que el anterior.
No era miedo.
Era algo peor.
Culpa.
Se detuvo frente a la puerta.
Levantó la mano para tocar…
pero no lo hizo.
Respiró profundo.
Miró hacia los lados.
Como si esperara que alguien lo detuviera.
Como si todavía tuviera una excusa para irse.
Pero no la había.
Esta vez no.
Tocó.
Dos golpes suaves.
Nada.
Esperó.
Tocó otra vez, un poco más fuerte.
Pasos dentro.
Lentos.
Arrastrados.
El corazón se le aceleró.
La cerradura giró.
La puerta se abrió.
Ahí estaba.
Más pequeña de lo que recordaba.
Más delgada.
Más cansada.
Pero era ella.
Su mamá.
Sus ojos se encontraron.
Y el tiempo… se rompió.
—¿Nicolás…?
La voz salió suave.
Incrédula.
Como si estuviera viendo un fantasma.
Él no respondió de inmediato.
No sabía cómo.
No sabía con qué cara.
—Hola, ma… —dijo al final.
Silencio.
Pesado.
Ella lo miró de arriba abajo.
Como revisando si era real.
Como buscando todo lo que había cambiado.
Y todo lo que no.
—¿Qué hace aquí? —preguntó.
No fue un reclamo.
Pero tampoco fue cariño.
Fue… distancia.
Y eso dolió más.
Nicolás intentó sonreír.
Le salió mal.
—Nada… pasaba por aquí y… quise venir a verla.
Mentira.
Los dos lo sabían.
Ella abrió un poco más la puerta.
—Pase.
Sin abrazo.
Sin contacto.
Solo… pase.
La casa olía igual.
A café recién hecho.
A madera vieja.
A recuerdos que no se habían movido.
Todo estaba en su lugar.
El mismo sofá.
La misma mesa.
Las mismas fotos.
Fotos que él ya no reconocía.
O peor…
que lo mostraban cuando todavía era otro.
—Siéntese —dijo ella, señalando la silla.
Nicolás se sentó.
Incómodo.
Como visitante.
Como extraño.
Ella se quedó de pie unos segundos… mirándolo.
Luego caminó a la cocina.
—¿Quiere café?
—Sí… gracias.
El silencio volvió a llenar todo.
Nicolás miró alrededor.
Ahí estaba la foto.
Él, más joven.
Sonriendo de verdad.
Con su mamá al lado.
Antes de todo.
Antes de irse.
Antes de dejar de llamar.
Antes de convertirse en alguien que ya no cabía en esa casa.
Tragó saliva.
Ella volvió con el café.
Lo puso frente a él.
—Ahí tiene.
Se sentó enfrente.
Distancia exacta.
Ni cerca… ni lejos.
—¿Cómo ha estado? —preguntó Nicolás.
Ella lo miró.
Seria.
—¿De verdad quiere saber?
La pregunta lo desarmó.
No esperaba eso.
—Pues… sí…
Ella soltó una risa corta.
Sin humor.
—He estado bien… sobreviviendo.
Pausa.
—Como siempre.
Nicolás bajó la mirada.
Ese tono…
no era de rabia.
Era de decepción.
Y eso era peor.
—¿Y usted? —preguntó ella—. ¿Bien en su vida…?
Nicolás asintió.
Automático.
—Sí… todo bien.
Otra mentira.
Otra más.
Ella lo sostuvo con la mirada unos segundos.
Como si quisiera decir algo más.
Pero no lo hizo.
—Hace cuánto no venía —dijo al final.
No era pregunta.
Era afirmación.
—No sé… ocupado, usted sabe…
Ella negó suavemente.
—No, yo no sé.
Silencio.
Golpe directo.
Sin gritos.
Sin insultos.
Pero más fuerte que cualquier pelea.
Nicolás apretó las manos.
—Ma… yo…
No supo qué decir.
¿Cómo explicas años de ausencia en una sola frase?
No se puede.
Ella se levantó.
Caminó hacia una repisa.
Tomó algo.
Volvió.
Lo puso frente a él.
Un celular viejo.
—Ese fue el último que me dio —dijo—. Cuando todavía se acordaba de mí.
Nicolás lo miró.
No dijo nada.
—Sonaba todos los días —continuó ella—. Yo pensaba “es él”.
Pausa.
—Pero nunca era.
Silencio.
Pesado.
Irrespirable.
—Yo llamaba —dijo Nicolás, intentando defenderse.
Ella lo miró.
—Sí… a veces.
Otra vez.
Directo.
Real.
Sin filtro.
Nicolás sintió algo en el pecho.
No era el corazón fallando.
Era otra cosa.
Algo que llevaba años evitando.
—Perdón… —dijo al final.
Suave.
Casi en voz baja.
Ella no respondió de inmediato.
Se sentó otra vez.
Lo miró.
Y por primera vez…
sus ojos se quebraron un poco.
—Yo no necesitaba plata, Nicolás —dijo—. Yo necesitaba un hijo.
Eso…
lo destruyó.
Nicolás no pudo sostener la mirada.
Se quedó viendo el café.
Frío.
Intacto.
Como todo lo que no hizo.
—Estoy aquí ahora… —dijo, sin mucha fuerza.
Ella asintió.
—Sí… ahora.
Pausa.
—Cuando le dio la gana.
No era odio.
Era verdad.
Y la verdad… pesa.
El silencio se alargó.
Pero esta vez no era incómodo.
Era necesario.
Era el espacio donde todo lo no dicho empezaba a existir.
Nicolás levantó la mirada.
La vio bien.
Más allá del cansancio.
Más allá de los años.
Ahí estaba.
La única persona que nunca se fue.
La única que siempre estuvo.
Y él…
fue el que faltó.
Quiso decirle.
Quiso soltarlo.
Decirle que se iba a morir.
Que el tiempo se le estaba acabando.
Que tenía miedo.
Pero no pudo.
No ahí.
No todavía.
—Voy a venir más seguido —dijo.
Ella no respondió de inmediato.
Solo lo miró.
Como midiendo la verdad de esas palabras.
—Ojalá —dijo al final.
Nicolás asintió.
Se levantó.
—Bueno… ya me voy.
Ella también se puso de pie.
Lo acompañó hasta la puerta.
Misma distancia.
Mismo silencio.
Antes de salir…
Nicolás dudó.
La miró.
Y sin pensarlo mucho…
la abrazó.
Fuerte.
De verdad.
Como hace años no lo hacía.
Ella se quedó quieta un segundo.
Sorprendida.
Y luego…
respondió el abrazo.
Suave.
Pero real.
Nicolás cerró los ojos.
Y en ese momento…
entendió todo.
La fiesta.
El dinero.
Las mujeres.
Nada de eso…
valía esto.
Se separaron.
Se miraron.
—Cuídese —dijo ella.
—Usted también, ma.
Salió.
La puerta se cerró.
Y el sonido…
le dolió más de lo que esperaba.
Caminó sin rumbo.
Sin pensar.
Con el pecho apretado.
Con la cabeza llena.
Con algo nuevo creciendo por dentro.
Sacó el celular.
Lo miró.
Y esta vez…
no dudó.
Marcó.
—¿Aló?
—Julián… —dijo Nicolás.
Pausa.
Respiró hondo.
—Esta noche… prendemos todo.
Pero su voz…
ya no sonaba igual.
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