Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?
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La marca.
Su abuela, Regina, notó que Carlos llegó sin saludar. Eso no era raro en sí mismo —el chico siempre había sido callado— pero había algo distinto. Un silencio más pesado. Una ausencia.
Pasó una hora. Luego dos. Carlos no bajaba a comer.
Regina lo llamó desde el pie de la escalera.
—Carlos, la cena está lista.
Silencio.
—Carlos, ¿escuchaste?
Silencio.
Subió las escaleras. Sus rodillas le dolían, pero algo en el pecho le dolía más. Un presentimiento. Esa cosa que las madres y las abuelas tienen, esa voz interna que susurra que algo anda mal.
Llegó a la habitación de Carlos. La puerta estaba abierta. La cama estaba hecha. La mochila en el suelo. Los apuntes de química... no, esos no estaban.
—¿Carlos?
Escuchó la ducha.
El agua corriendo.
Golpeó la puerta del baño.
—Carlos, ¿estás bien?
No respondió.
Golpeó más fuerte.
—¡Carlos!
Nada.
Regina sintió cómo el pánico le subía por el pecho. Abrió la puerta. El baño estaba lleno de vapor. El agua caliente empañaba el espejo. Y en el piso, en el rincón más alejado de la ducha...
Carlos.
Estaba agachado. En posición fetal. Sus dedos arañaban su nuca con una furia que no era humana. Una y otra vez. Una y otra vez. Tratando de borrar la marca de aquel desgraciado.
Sangre. Había sangre por todas partes. En sus dedos. En su cuello. En el piso blanco. En las paredes. Como si hubiera querido arrancarse la piel. Como si hubiera querido arrancarse a sí mismo.
Sus ojos estaban abiertos pero desenfocados. Las lágrimas inundaban su vista, pero no parpadeaba. No estaba allí. Su conciencia se había ido a algún lugar donde el dolor no pudiera alcanzarlo.
—¡Carlos! —gritó Regina, arrodillándose a su lado. El agua de la ducha le mojó la ropa, pero no le importó. Tomó las manos de su nieto, las apartó de su cuello—. ¡Hijo mío, mírame!
Carlos no respondió. Sus dedos siguieron arañando el aire, buscando la piel que ya no alcanzaban.
Regina vio la marca.
Una mordida. Profunda. Mal hecha. Como si quien la hubiera hecho no supiera lo que hacía. O no le importara.
El mundo se le vino abajo.
Con manos temblorosas, sacó el teléfono del bolsillo. Marcó el número de emergencias.
—Mi nieto... está herido... necesita una ambulancia... por favor, rápido...
No recordó lo que dijo después. Solo que el agua seguía corriendo. Y que Carlos seguía sangrando. Y que ella no podía hacer nada para detenerlo.
En el hospital, luego de realizar una serie de exámenes, los médicos llamaron a Regina a una sala privada. El rostro de la doctora era serio. Cansado. Como si hubiera dado este tipo de noticias demasiadas veces.
—Señora Regina —comenzó, con una voz suave pero firme—. Su nieto fue víctima de una agresión sexual.
Regina cerró los ojos. Las manos le temblaron. Pero asintió. Ya lo sabía. Desde que vio la marca.
—Adicionalmente —continuó la doctora—, le han forzado una marca de unión.
—¿Una marca?
—Sí. La mordida en su nuca. Esa no es una herida común. Es... una forma de atar a un Omega a un Alfa contra su voluntad.
Regina sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies.
—Esa marca está generando graves cambios en el cuerpo de Carlos. Él aún está en desarrollo. Su organismo no está preparado para recibir feromonas de esa forma, menos aún de manera forzada.
—¿Qué significa eso? —preguntó Regina, con la voz quebrada.
—Que el cuerpo de Carlos está rechazando las feromonas del Alfa que lo marcó. Su sistema inmunológico las ataca como si fueran un virus. Eso está provocando fallas en su organismo. Fiebre. Taquicardia. Debilidad. Si esto continúa...
—¿Qué? —insistió Regina—. ¿Qué va a pasar?
La doctora bajó la vista. Un silencio pesado llenó la sala.
—Necesitarían al Alfa que lo marcó para que completara el proceso. Para que ultimara sus feromonas y lograra una mejor transición. Para que el cuerpo de Carlos se acostumbrara a ellas. Ya que, si o sí, de ahora en adelante estarán unidos.
—¿Unidos? —la voz de Regina era apenas un susurro—. ¿Para siempre?
—Para siempre —confirmó la doctora—. La marca de unión no se puede borrar. Aunque se cure la herida, el vínculo queda. El cuerpo de Carlos va a reconocer a ese Alfa como su pareja el resto de su vida. Aunque no quiera. Aunque lo odie.
Regina se llevó una mano a la boca. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
—¿Y si no queremos que ese Alfa se acerque? ¿Si Carlos no quiere?
La doctora la miró con compasión.
—Entonces su cuerpo seguirá rechazando las feromonas. La guerra interna continuará. Y con el tiempo... su salud se deteriorará. Podría volverse crónico. Podría...
No terminó la frase. No hizo falta.
Regina asintió. Se puso de pie. Sus piernas temblaban, pero se obligó a mantenerse firme.
—Gracias, doctora.
Salió de la sala. Caminó por el pasillo del hospital. Las luces blancas le dolían en los ojos. El olor a antiséptico le revolvía el estómago.
Llegó a la habitación de Carlos.
Su nieto estaba dormido. Tenía vendajes en el cuello. Suero en el brazo. Moratones en las muñecas. El rostro pálido. Los labios partidos.
Mi niño, pensó Regina, sentándose a su lado. Mi niño hermoso. ¿Qué te hicieron?
Tomó su mano. La apretó con suavidad.
—No te preocupes —susurró—. La abuela está aquí. No voy a dejar que nadie te haga daño nunca más.
Pero en su corazón, Regina sabía que eso era una mentira.
El daño ya estaba hecho.
Y el hombre que lo había hecho aún andaba libre.
Sentada a su lado, tomando su mano, Regina esperaba el momento en que su nieto despertara.
El reloj del hospital marcaba las horas con un tic-tac indiferente. Las enfermeras entraban y salían, revisando los signos vitales, anotando números en tablas que Regina no entendía. El suero goteaba. El monitor cardiaco pitaba. Y Carlos seguía dormido.
Pasaron un par de horas.
Carlos abrió los ojos.
No de golpe. No con claridad. Primero un parpadeo lento. Luego una mirada perdida, como si no supiera dónde estaba. Luego el reconocimiento.
—Abuela... —susurró, con la voz rasposa, seca.
—Estoy aquí, mi vida —respondió Regina, apretándole la mano—. No te voy a dejar.
Carlos intentó incorporarse. Un dolor punzante en el cuello lo detuvo. Llevó la mano vendada a la nuca. Sus dedos tocaron la gasa. La herida. La marca.
—La marca —dijo, y su voz se quebró—. Todavía está.
—Sí, hijo. Todavía está.
Los ojos de Carlos se llenaron de lágrimas. Pero no lloró. No esta vez. Solo cerró los párpados y respiró hondo. Como si se estuviera preparando para lo que venía.
Regina sabía que tenía que hablar. Que no podía posponerlo. Que cada minuto que pasaba, el cuerpo de su nieto seguía rechazando las feromonas de ese desgraciado.
—Carlos —comenzó, con la voz más firme de lo que se sentía—. Los médicos me hablaron. De la marca. De lo que significa.
Carlos abrió los ojos. La miró. Había miedo en su mirada. Pero también una especie de aceptación. Como si ya supiera que las noticias no serían buenas.
—Necesitan que ese Alfa... que Esteban... use sus feromonas en ti. Para completar la transición. Para que tu cuerpo se acostumbre a ellas.
—¿Y si no?
—Si no, tu cuerpo va a seguir rechazándolas. Ya lo está haciendo. La fiebre. La taquicardia. La debilidad. Todo eso va a empeorar.
—¿Y si empeora?
Regina tragó saliva. Las palabras se le atoraban en la garganta.
—Podrías... podrías morir, Carlos.
El silencio se instaló en la habitación. El monitor cardiaco seguía pitando. El suero seguía goteando. El mundo seguía girando, indiferente al dolor de los dos.
—Hay algo más —dijo Regina, porque no podía ocultarle la verdad—. La marca... crea un vínculo. Entre tú y él. Para siempre. Aunque no quieras. Aunque lo odies. Tu cuerpo lo va a reconocer como su pareja el resto de tu vida.
Carlos la miró. Y en sus ojos, Regina vio cómo se rompía algo. Algo que ya estaba roto, pero que ahora se hacía pedazos aún más pequeños.
—¿Para siempre? —preguntó, con una voz que no era la suya.
—Para siempre —respondió Regina, con lágrimas en los ojos—. Lo siento, mi vida. Lo siento tanto.
Carlos cerró los ojos. Su respiración comenzó a agitarse. Su cuerpo empezó a tensarse.
—No —susurró—. No. No quiero. No quiero estar atado a él. No quiero.
—Carlos...
—¡NO!
Fue un grito. Un grito de dolor. De rabia. De desesperación.
Y entonces su cuerpo comenzó a temblar.
No era un temblor normal. Era violento. Incontrolable. Los brazos se sacudían. Las piernas golpeaban la cama. Los ojos se le revolvieron en las órbitas, mostrando el blanco.
—¡Convulsión! —gritó Regina, levantándose de la silla—. ¡Ayuda! ¡Por favor, ayúdenlo!
Las enfermeras entraron corriendo. Lo sujetaron. Le giraron la cabeza. Le pusieron algo en la boca para que no se mordiera la lengua. El monitor cardiaco se volvió loco, pitando sin parar.
Regina fue empujada hacia atrás. Se quedó pegada a la pared, con las manos en la boca, viendo cómo el único familiar que le quedaba se sacudía en esa cama como si su cuerpo quisiera expulsar el alma.
Pasaron minutos. Una eternidad.
La convulsión cesó. Carlos quedó inmóvil, pálido, los labios amoratados. Las enfermeras revisaron sus signos. Una de ellas salió corriendo a buscar al médico.
La doctora llegó minutos después. Revisó a Carlos. Anotó cosas en su tabla. Luego miró a Regina.
—Señora Regina —dijo, con una voz que intentaba ser amable pero solo sonaba cansada—. Su nieto no puede seguir así. La próxima convulsión podría ser peor. Podría causarle daño cerebral. O...
—O matarlo —completó Regina.
La doctora no dijo nada. No hizo falta.
Regina se quedó sola en el pasillo. Apoyada en la pared. Las piernas le temblaban. El corazón le latía con fuerza.
Debía decidir.
O buscar a Esteban. Obligarlo a que usara sus feromonas en Carlos. Completar la transición. Salvar la vida de su nieto. Pero condenarlo a estar atado para siempre al hombre que lo había violado.
O esperar. Dejar que el cuerpo de Carlos siguiera rechazando las feromonas. Ver cómo se deterioraba día a día. Cómo las convulsiones se volvían más frecuentes. Cómo la fiebre no cedía. Cómo, lentamente, su único nieto se apagaba frente a ella.
Y entonces estar sola.
Completamente sola.
Regina siempre había sido una mujer alfa. Dominante. Fuerte. Acostumbrada a tomar decisiones difíciles. Había manejado negocios. Había criado a un hijo. Había sobrevivido a la muerte de su esposo.
Pero hoy se encontraba con todo fuera de su control.
No sabía cómo actuar.
Se sintió el ser más miserable.
Porque si su nieto moría, estaría sola. Sola en una casa vacía. Sola en un mundo que ya no entendía. Sola con los recuerdos de lo que tuvo y perdió.
Pero si vivía, tendría que hacerlo en compañía del hombre que le desgració la vida. Atado a él. Dependiente de él. Perdido para siempre.
Regina se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo.
Apoyó la cabeza en las rodillas.
Y lloró.
Lloró como no lloraba desde el día que recibió la llamada del accidente del avión. Lloró por su hijo. Por su nuera. Por Carlos. Por ella.
Lloró hasta que no le quedaron lágrimas.
Y cuando se secó los ojos, supo lo que tenía que hacer.
No era lo correcto.
No era lo justo.
Pero era lo único que podía hacer para que Carlos siguiera vivo.
Se puso de pie. Caminó hasta la habitación. Carlos seguía dormido, pálido, frágil. Se inclinó y le besó la frente.
—Perdóname, mi vida —susurró—. Perdóname por lo que voy a hacer.
Salió de la habitación.