Ella renace en otra época, decidida a priorizarse a si misma y a no enamorarse para no sufrir.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Duque Declan
El día de su partida llegó sin dramatismo.
El carruaje volvió a estar listo.
El equipaje preparado.
Lord Sallow la acompañó hasta la entrada.
Se miraron, una vez más.
Y aunque seguían sin abrazos… había algo que antes no existía.
Comprensión.
—Es una buena oportunidad..
Regina asintió.
—Lo sé.
Una pequeña pausa.
—Gracias… por todo esto.
Él no respondió de inmediato.
Pero finalmente, inclinó la cabeza.
—Hazlo bien.
No fue una exigencia.
Fue una confianza.
Regina sostuvo su mirada un segundo más.
Y luego subió al carruaje.
Esta vez, cuando comenzó a avanzar, no miró atrás.
No porque no le importara.
Sino porque no lo necesitaba.
La mansión Sallow quedaba atrás… con su historia, sus errores, sus aprendizajes.
Y frente a ella…
Se abría un nuevo capítulo.
Uno que no estaría marcado por decisiones ajenas.
Sino por todo lo que había aprendido a construir.
Mientras el paisaje cambiaba y el camino se extendía hacia lo desconocido, Regina apoyó suavemente la mano sobre el documento del ducado.
Y sonrió apenas.
No por felicidad ingenua.
Sino por certeza.
Porque esta vez… no iba a repetir el pasado.
Esta vez…
Iba a crear algo completamente distinto.
Después de dos días de viaje, el ritmo del carruaje comenzó a cambiar.
Ya no era el traqueteo constante de los caminos largos y descuidados.
Ahora el movimiento era más suave… más firme.
Regina lo notó incluso antes de mirar por la ventana.
Cuando lo hizo, el paisaje confirmó lo que su cuerpo ya intuía.
El camino se había ensanchado.
La tierra irregular había sido reemplazada por una vía cuidada, delimitada con precisión.
Los campos abiertos dieron paso a terrenos organizados, cultivos bien distribuidos, cercos en perfecto estado.
Orden.
Control.
Gestión.
Y entonces… lo vio.
A lo lejos, elevándose con sobriedad entre árboles altos y frondosos, una gran construcción de piedra clara dominaba el paisaje.
No era ostentosa.
Era imponente.
La mansión Declan.
No necesitaba exageraciones para demostrar poder.
Lo transmitía en su equilibrio, en su solidez… en su permanencia.
El carruaje avanzó por el camino principal, bordeado de jardines meticulosamente cuidados. Flores alineadas, arbustos recortados con precisión, senderos limpios.
Nada estaba fuera de lugar.
Nada parecía dejado al azar.
Regina observó todo con atención.
No como una visitante impresionada.
Sino como alguien que analizaba.
Evaluando.
Comprendiendo.
Ese lugar… funcionaba.
Y eso le dijo más que cualquier lujo.
El cochero tiró suavemente de las riendas.
Los caballos disminuyeron el paso hasta detenerse frente a la gran escalinata de entrada.
Las ruedas del carruaje crujieron sobre la grava, el sonido seco marcando el final del trayecto.
Silencio.
La puerta fue abierta por un mayordomo impecablemente vestido, cuya postura reflejaba años de disciplina.
—Señorita Sallow.. Bienvenida.
Regina descendió con elegancia, sosteniendo su porte con naturalidad.
Sus ojos recorrieron el lugar una vez más, pero solo un instante.
No estaba ahí para admirar.
Estaba ahí para comenzar.
—Gracias.
El mayordomo hizo un gesto sutil.
—El duque la espera.
Sin más, la condujo al interior.
El cambio fue inmediato.
El aire dentro de la mansión era fresco, ordenado… silencioso.
Los pasillos eran amplios, bien iluminados, con decoraciones sobrias pero de gran calidad. No había exceso.
Había criterio.
Cada paso de Regina resonaba suavemente sobre el suelo pulido mientras avanzaba, manteniendo el ritmo del mayordomo sin apresurarse.
Su mirada captaba detalles.
Cuadros estratégicamente ubicados.
Muebles funcionales.
Nada superfluo.
Ese lugar no buscaba impresionar.
Buscaba sostenerse.
Y lo hacía bien.
Finalmente, llegaron a una gran puerta.
El mayordomo se detuvo, golpeó suavemente.
—Mi señor, la señorita Sallow ha llegado.
Una voz grave respondió desde el interior..
—Adelante.
La puerta se abrió.
La oficina era amplia, pero no excesiva.
Luz natural entraba por grandes ventanales, iluminando un escritorio sólido, cubierto solo por lo necesario.
Documentos organizados.
Mapas.
Registros.
Trabajo real.
Y allí, de pie al otro lado de la habitación…
Estaba él.
El duque Declan.
Un hombre alto, de cabello gris, postura recta y presencia imponente. No necesitaba moverse para llenar el espacio.
Su mirada era firme.
Observadora.
No invasiva… pero sí penetrante.
Regina se detuvo a una distancia adecuada, manteniendo la compostura.
No bajó la mirada.
Pero tampoco lo desafió.
—Su excelencia —saludó con respeto.
El duque la observó unos segundos en silencio.
Evaluando.
No su apariencia.
Sino algo más profundo.
—Señorita Sallow.. Llegó puntual.
No era un halago.
Era un hecho..
Hizo un leve gesto con la mano hacia el interior.
—Pase.
Regina obedeció, avanzando con paso firme.
La puerta se cerró tras ella.
Y en ese momento… algo cambió.
Estaba entrando.
De verdad.
A una nueva etapa.
Una donde no sería definida por su pasado…
ni por expectativas ajenas.
Sino por lo que hiciera a partir de ahora.
Y el duque Declan…
Sería el primero en ponerla a prueba.
Pero lo que Regina no esperaba… era al duque.
Había preparado su mente para alguien rígido, distante, quizás severo en exceso.
Sin embargo, cuando él habló… algo cambió.
No había frialdad innecesaria en su voz.
Tampoco condescendencia.
Había firmeza, sí.
Pero también claridad.
—Antes de hablar de su puesto.. quiero ver cómo piensa.
Se acercó y dejó el papel frente a ella.
—Un problema real. Relacionado con uno de mis negocios de ganado. Léalo… y dígame qué ve.
No era una prueba simbólica.
Era directa.
Regina asintió levemente y tomó el documento.
Sus ojos comenzaron a recorrer las líneas con rapidez, pero sin perder detalle.
Números.
Registros de producción.
Pérdidas recientes.
Costos de mantenimiento.
Movimientos irregulares.
Mientras leía, su mente no se detuvo.
No se abrumó.
Ordenó.
Separó lo importante de lo accesorio.
Relacionó datos.
Buscó patrones.
Y lo encontró.
No era un problema complejo… pero sí mal gestionado.
Levantó la vista.
—Hay una fuga en la cadena de distribución. No en la producción.
El duque no la interrumpió.
—El ganado está siendo registrado correctamente al inicio… pero no al final. Las pérdidas no coinciden con enfermedades ni con mortalidad natural.
Señaló un punto específico del documento.
—Aquí. Hay inconsistencias en los reportes de traslado. Probablemente… alguien está desviando parte del ganado antes de que llegue a destino.
Una pausa breve.
—No es un problema de cantidad. Es un problema de control.
El silencio llenó la oficina.
Regina no agregó nada más.
No necesitaba hacerlo.
El duque la observó fijamente.
No con sorpresa exagerada… sino con una atención más profunda.
Luego asintió.
Una vez.
—Correcto.
Se giró ligeramente, como si confirmara algo que ya sospechaba.
—Y la solución.
Regina no dudó.
—Auditorías cruzadas en los puntos de traslado. Registros firmados por más de una persona… y rotación del personal encargado.
Sus manos se mantuvieron firmes a los lados.
—Si el problema es interno, la presión en el sistema lo revelará.
El duque guardó silencio unos segundos más.
Y luego… sonrió apenas.
No ampliamente.
Pero lo suficiente.
—Bien.
Regina sintió cómo algo se asentaba dentro de ella.
No alivio.
Validación.
—Trabajará en mis negocios —continuó él, regresando a su escritorio—. Tendrá unos meses a prueba.
No era una oferta adornada.
Era directa.
—Las oficinas están en el pueblo. Allí se gestiona todo lo operativo. Aprenderá desde abajo.
Sus ojos volvieron a ella.
—Si demuestra que puede sostener lo que acaba de hacer… se quedará.
Regina asintió.
—Lo haré.
Y no era una promesa vacía.
Era una certeza.