Morí… y ahora soy la esposa omega del villano.
Según la historia, debía morir.
Según yo, voy a conquistarlo primero.
El problema…
Es que el villano empezó a obsesionarse conmigo antes de lo previsto.
Y ahora no sé quién está reescribiendo a quién.
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Capítulo 8: Cuando el Tablero Cambia
El intento de envenenamiento no quedó en silencio.
Intentaron minimizarlo, por supuesto. El informe oficial habló de “una infiltración menor” y “una respuesta eficaz del duque”. Pero el imperio respira rumores como si fueran aire.
Y esta vez, el aire estaba cargado.
Yo estaba sentado frente al escritorio de Cassian cuando me entregaron el informe final.
Casa Arveth.
Ambición pequeña. Visión corta. Miedo grande.
—Creen que estás alterando el equilibrio —dijo Cassian, dejando el documento sobre la mesa.
—¿Yo? —alcé una ceja—. Qué exagerados.
—No lo es.
Su tono era tranquilo. Demasiado tranquilo.
—Antes eras invisible. Ahora eres un factor.
Me incliné hacia atrás en la silla.
—¿Eso te molesta?
—No.
Se levantó.
Caminó hacia la ventana con esa calma calculada que siempre precedía algo grande.
—Pero significa que debemos actuar antes de que lo hagan ellos.
—¿Actuar cómo?
Se giró hacia mí.
—Haremos visible lo que ya es evidente.
Mi pulso dio un pequeño salto.
—¿Una declaración pública?
—Una cena diplomática.
Sonreí lentamente.
—Eso no es una respuesta discreta.
—No busco discreción.
Y ahí entendí.
No se trataba de defender.
Se trataba de posicionar.
Esa misma tarde el palacio entró en movimiento. Invitaciones enviadas con precisión quirúrgica. Distribución estratégica de asientos. Selección de asistentes que representaban exactamente los sectores que necesitábamos influir.
Yo caminé entre los preparativos como si hubiera nacido en ese mundo.
Y lo más inquietante fue que no me sentía fuera de lugar.
Una consejera mayor me preguntó por la disposición de las mesas.
—Más abiertas —respondí—. Si los rivales se sientan demasiado lejos, conspiran con comodidad.
Cassian observaba desde la puerta.
No intervino.
No corrigió.
Solo miró.
Y en su mirada había algo distinto.
No posesión.
Evaluación.
Reconocimiento.
Cuando la consejera se retiró, me acerqué.
—¿Qué?
—Estás cómodo.
—No quiero volver a ser invisible.
Silencio.
Sus ojos descendieron apenas.
—No lo serás.
La noche llegó envuelta en oro y murmullos.
El salón principal estaba impecable. Luz cálida. Música discreta. Copas que brillaban como si no existiera el veneno en el mundo.
Descendimos juntos.
No uno detrás del otro.
Juntos.
Las conversaciones se detuvieron apenas un segundo. Lo suficiente.
Cassian tomó la palabra tras el primer brindis.
Breve. Directo.
—La estabilidad del imperio comienza donde no hay duda.
Su mano descansó firme en mi espalda baja.
—Y en esta casa, no hay duda.
No mencionó amor.
No habló de afecto.
Habló de certeza.
Fue suficiente.
Las miradas cambiaron.
Algunas se endurecieron.
Otras se volvieron calculadoras.
Adrian estaba presente.
Observaba.
No desafiante.
No distante.
Atento.
Durante la cena, los nobles que antes murmuraban ahora preguntaban con cautela. Medían palabras. Ajustaban tono.
La Casa Arveth no asistió.
No podían.
Habían sido silenciosamente desplazados de varias alianzas esa misma tarde.
Cassian no necesitó anunciar nada.
El mensaje ya estaba en movimiento.
Me incliné ligeramente hacia él mientras la música retomaba fuerza.
—Creo que entendieron.
—Algunos —respondió.
—¿Y los demás?
Sus ojos se movieron sutilmente hacia una mesa al fondo.
—Aprenderán.
No hubo amenaza en su voz.
Solo certeza.
Y esa certeza era más efectiva que cualquier grito.
Cuando la última copa fue retirada y los invitados comenzaron a marcharse, el equilibrio del salón ya no era el mismo.
No porque alguien hubiera caído.
Sino porque el eje había cambiado.
En el pasillo privado, lejos de oídos curiosos, Cassian se detuvo.
Me hizo girar hacia él.
—Hoy diste un paso que no tiene retorno.
—Lo sé.
—No podrás volver a la sombra.
Sonreí suavemente.
—No quiero hacerlo.
Sus dedos subieron hasta mi mentón, con un gesto más íntimo que político.
—Entonces prepárate.
—¿Para qué?
Sus ojos se oscurecieron apenas.
—Para que intenten algo más grande.
Mi corazón latió con firmeza.
No miedo.
Conciencia.
—Que lo intenten.
Un segundo de silencio.
Luego sus labios rozaron los míos.
No fue largo.
No fue impulsivo.
Fue una promesa contenida.
Cuando se separó, apoyó su frente contra la mía.
—No estás solo.
Respiré lento.
—Nunca lo estuve.
Las luces del salón se apagaban una a una detrás de nosotros.
Los murmullos del imperio continuarían.
Las alianzas se ajustarían.
Los enemigos calcularían nuevos movimientos.
Pero algo ya era irreversible.
El destino que antes parecía arrastrarnos ahora se veía distinto.
Esta vez, no éramos piezas en el tablero.
Éramos quienes movían las piezas.
Y el juego apenas comenzaba. 😏🔥