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Atraeus [Libro 3] [The Celestials Series]

Atraeus [Libro 3] [The Celestials Series]

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:525
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.

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Capítulo 13

La escarcha del amanecer no había logrado purificar el aire viciado de Vesperia. En el refugio subterráneo de Atraeus, un antiguo complejo de túneles que databa de antes de la primera dinastía, el frío era una presencia sólida que se filtraba por las costuras de la ropa. Las paredes de piedra rezumaban una humedad salina, y el único sonido era el goteo rítmico de una filtración lejana.

Atraeus estaba de pie frente a un mapa de la ciudad extendido sobre una mesa de piedra. Su rostro, iluminado por la luz vacilante de un candelabro de hierro, parecía tallado en el mismo granito que lo rodeaba. Sus dedos, largos y pálidos, trazaban la ruta que Valerius Kaelen debería haber tomado la noche anterior.

—No llegó al Mercado Negro —dijo Atraeus, su voz era un susurro gélido que cortaba el silencio—. Mis hombres lo esperaron durante tres horas. Valerius se desvaneció antes de cruzar el Puente de los Suspiros.

Thera, envuelta en una capa de lana gris que ocultaba su figura, emergió de las sombras del fondo. Su rostro estaba pálido, y había una chispa de rabia contenida en sus ojos.

—Alguien le advirtió, Atraeus. Alguien que sabía exactamente a qué hora y por qué callejón se movería el hijo del Gran Justicia. No fue una coincidencia. Valerius es un cobarde, pero no es tan listo como para oler una trampa por sí solo.

Atraeus se giró lentamente. Sus ojos oscuros buscaron a un hombre que permanecía arrodillado en un rincón oscuro de la sala, con las manos atadas a la espalda y la cabeza gacha. Era Silas, uno de sus agentes más antiguos, el hombre encargado de vigilar los movimientos de la casa Kaelen.

—Levántate, Silas —ordenó Atraeus con una suavidad aterradora.

El hombre obedeció, temblando. Tenía el labio partido y un ojo hinchado, señal de que los interrogadores iniciales ya habían hecho su trabajo.

—Mi señor... juro que yo no... —comenzó Silas, pero su voz se quebró.

Atraeus caminó hacia él con pasos lentos y deliberados. Cada paso resonaba como una sentencia de muerte en el espacio confinado. Se detuvo a escasos centímetros del traidor.

—Lealtad es una palabra que se marchita rápido en Vesperia, ¿verdad, Silas? —Atraeus extendió una mano y acarició la mandíbula del hombre con una delicadeza casi fraternal—. Te saqué de las galeras cuando no eras más que piel pegada a los huesos. Te di un nombre, una bolsa llena de oro y un propósito. Y tú, a cambio, me diste el nombre de mi objetivo a Lord Voran.

—¡Lo hicieron por mi hermana! —gritó Silas, desesperado, las lágrimas surcando la suciedad de su rostro—. Voran la tiene... dijo que si no le contaba tus planes sobre Valerius, la enviaría a los burdeles del Sur... ¡No tuve opción, Atraeus!

Atraeus suspiró, una exhalación que no contenía rastro de compasión.

—Todos tenemos a alguien, Silas. La diferencia entre un hombre y un esclavo es que el hombre sabe que hay cosas más importantes que su propia sangre. Al advertir a Voran, no solo salvaste a tu hermana —si es que sigue viva—, sino que pusiste un puñal en mi espalda. Y en este juego, el puñal que no se devuelve, se hunde más profundo.

Atraeus hizo una señal a dos de sus guardias silenciosos. Agarraron a Silas y lo obligaron a arrodillarse sobre una rejilla de drenaje en el suelo. Thera dio un paso adelante, observando la escena con una mezcla de fascinación y horror. Conocía la crueldad de Atraeus, pero pocas veces la había visto aplicada con tal nivel de control quirúrgico.

—La traición tiene un precio que no se paga con la muerte, Silas. La muerte es un alivio que no te has ganado —dijo Atraeus mientras sacaba de su cinturón un pequeño frasco de cristal que contenía un líquido iridiscente—. ¿Conoces las Espinas de Lealtad? Es una creación de los alquimistas del Norte. No mata. Solo hace que cada nervio de tu cuerpo sienta que está siendo atravesado por agujas de fuego... para siempre.

—¡No! ¡Por favor, Atraeus! ¡Mátame! ¡Solo mátame! —suplicó Silas, luchando contra sus captores.

Atraeus ignoró los gritos. Con una precisión asombrosa, vertió una sola gota del líquido en el cuello de Silas. El efecto fue instantáneo. El hombre no gritó; su cuerpo se tensó de tal manera que sus huesos crujieron. Sus ojos se abrieron tanto que parecieron querer saltar de sus cuencas, y un gemido sordo, inhumano, escapó de su garganta apretada.

—Llevadlo a las celdas inferiores —ordenó Atraeus, limpiándose las manos con un pañuelo de seda—. Que todos los agentes vean lo que ocurre cuando se intenta vender la sombra al sol.

Cuando los guardias se llevaron al hombre agonizante, el silencio volvió a reinar, pero era un silencio cargado de una electricidad oscura. Thera se acercó a Atraeus. Él seguía de pie, mirando el lugar donde Silas había estado, su pecho subiendo y bajando con una respiración lenta.

—Has enviado un mensaje, pero Voran ahora sabe que vas tras él —dijo Thera, su voz baja—. Ha ganado esta ronda. Valerius está bajo la protección personal de los guardias de Voran. No podemos tocarlo sin iniciar una guerra abierta en las calles.

Atraeus se giró hacia ella. La violencia del momento anterior parecía haber despertado en él un hambre diferente. La agarró por los hombros, atrayéndola bruscamente hacia sí. Sus ojos brillaban con una intensidad depredadora.

—Voran no ha ganado nada —siseó—. Solo ha hecho que el juego sea más interesante. Él cree que soy un noble jugando a ser espía. Mañana le recordaré que soy un monstruo que aprendió a usar corona.

La atrajo hacia un beso que fue una colisión de dientes y lengua. Había desesperación en ese contacto, una necesidad de purgar la sangre y la traición a través del deseo. Thera respondió con la misma ferocidad, sus manos enredándose en el cabello de él, tirando con una fuerza que buscaba dolor.

Se movieron hacia el diván de piedra cubierto de pieles en el rincón del refugio. Atraeus no fue gentil. Sus manos rasgaron la fina tela de la túnica de Thera, exponiendo su piel pálida al aire gélido. Ella gimió, pero no de miedo, sino de una excitación oscura que solo alguien como ella, forjada en la misma oscuridad, podía entender.

—Dime que no me traicionarás —gruñó Atraeus contra su cuello, sus dientes marcando su piel—. Dime que tus espinas no se volverán contra mí.

—Mis espinas son tu protección, Atraeus —jadeó ella, arqueándose bajo él—. Pero recuerda... una rosa nunca deja de ser peligrosa para quien intenta arrancarla.

En la penumbra del subterráneo, rodeados por el eco de los lamentos de los traidores y el olor a sal y piedra antigua, se entregaron a una pasión que era tan violenta como su política. Atraeus la poseyó con una urgencia que buscaba reclamar no solo su cuerpo, sino su lealtad absoluta. Cada movimiento era una reafirmación de su alianza, un pacto sellado en sudor y gemidos ahogados.

El sexo entre ellos era un campo de batalla. Thera no era una receptora pasiva; luchaba por cada pulgada de control, envolviendo sus piernas alrededor de la cintura de él, clavando sus uñas en sus hombros mientras Atraeus se hundía en ella con una cadencia implacable. En ese momento, no eran nobles ni conspiradores; eran dos fuerzas de la naturaleza chocando en el vacío.

Cuando el clímax los alcanzó, fue como una rotura en la realidad. Atraeus se desplomó sobre ella, su frente apoyada contra la de ella, ambos jadeando, buscando aire en el ambiente cargado. El calor de sus cuerpos contrastaba violentamente con el frío de la piedra bajo ellos.

Después de un largo rato, Atraeus se incorporó, recuperando su máscara de frialdad casi al instante. Se vistió con movimientos mecánicos, pero sus ojos permanecieron fijos en Thera mientras ella se cubría con las pieles.

—Voran y Varyn creen que su alianza es su escudo —dijo él, su voz volviendo a ser el acero de siempre—. Pero no saben que he descubierto el talón de Aquiles de Lady Elara. Ella no se casará con el hijo de Voran.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó Thera, acomodándose el cabello desordenado.

Atraeus sacó un segundo pergamino que no le había mostrado antes. Era una carta personal, interceptada meses atrás, dirigida a un amante secreto en las provincias del Este.

—Porque Lady Elara ya tiene un hijo. Un bastardo que mantiene oculto en un monasterio en las montañas. Si el patriarca de los Varyn se entera de que su hija ha manchado el linaje de esa manera, el contrato matrimonial será el menor de sus problemas. Elara será ejecutada por deshonor.

Thera se levantó, su mirada llena de una nueva admiración mezclada con cautela.

—Eres un demonio, Atraeus. No te limitas a destruir a tus enemigos; borras su futuro.

—Es la única forma de asegurar el mío —respondió él, caminando hacia la salida—. Mañana infiltraremos a nuestros agentes en el banquete de compromiso. No para matar, sino para susurrar. Quiero que el rumor del bastardo de Elara corra como el vino.

—¿Y qué hay de Silas? —preguntó ella, mirando hacia el pasillo de las celdas.

Atraeus se detuvo y miró por encima del hombro. Una sonrisa sin alma curvó sus labios.

—Silas seguirá sintiendo las agujas hasta que yo decida que su silencio es absoluto. La lealtad, Thera, es una flor que solo crece sobre las tumbas de los que no la tuvieron.

Atraeus salió de la cámara, dejando a Thera sola con el frío y las sombras. Ella sabía que su alianza era sólida, pero por primera vez, se preguntó si algún día ella misma se encontraría bajo la mirada gélida de Atraeus, siendo juzgada por una lealtad que, en un mundo de traiciones, siempre era una espina lista para clavarse en el corazón.

El tablero estaba listo. Lord Voran creía haber frustrado el plan contra Valerius, pero no sabía que Atraeus acababa de sacrificar un peón para poner al rey de su enemigo en jaque mate. La telaraña de la corte se estaba tensando, y en el centro, la araña negra esperaba con una paciencia infinita.

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