Un tornado rosa contra un bloque de hielo
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7
La atmósfera en el comedor de la mansión Petrov era digna de una película de espionaje: techos altos, una mesa de caoba lo suficientemente larga como para albergar un batallón y la luz de los candelabros parpadeando sobre el rostro impasible de Ivan. Él cortaba su filete con una precisión quirúrgica, mientras el silencio absoluto era solo interrumpido por el roce de los cubiertos. Igor, sentado a su derecha, bebía vino en silencio, observando de reojo a Mila, que estaba sospechosamente callada y sonriente al otro extremo de la mesa.
—Vania, querido hermano —comenzó Mila, rompiendo el silencio con una voz tan dulce que hasta las sombras parecieron retroceder—. He estado reflexionando sobre nuestra expansión internacional.
Ivan ni siquiera levantó la vista.
—Mila, tienes dieciocho años y tu mayor preocupación ayer era que se te acabó el acondicionador de seda. No hables de negocios.
—¡Precisamente! —exclamó ella, poniéndose de pie con un salto—. El mundo se está globalizando. ¿Sabías que el español es el segundo idioma más hablado del mundo por comunicación nativa? Si los Petrov quieren dominar el mercado de… lo que sea que domines, necesitamos diplomacia cultural.
Ivan dejó el cuchillo y la miró con esos ojos gélidos que solían paralizar ejércitos.
—¿A dónde quieres llegar, Mila?
Mila sacó de su bolsillo un trozo de papel rosa neón, arrugado pero brillante, y lo puso sobre la mesa con la solemnidad de un tratado de paz. Igor se inclinó para leerlo y tuvo que toser para ocultar una carcajada ante la descripción de "maestra con carácter".
—Quiero estudiar español. Pero no con un tutor aburrido de la embajada. He encontrado a la candidata perfecta. Es nativa, es audaz y, según su anuncio, no le tiene miedo a nada.
—No —dijo Ivan secamente—. Tienes tutores de sobra. No voy a meter a una desconocida de un anuncio de pizarrón en esta casa. Es un riesgo de seguridad.
—¡Vania, por favor! —Mila hizo un puchero digno de un Oscar—. Estoy aburrida. Este lugar parece un funeral eterno. Necesito algo de vida, de color… ¡de alma! La maestra dice que enseña español con alma.
Igor decidió que era momento de intervenir. Sabía que Ivan estaba al borde de ceder, simplemente porque Mila era su debilidad, pero necesitaba un empujón cínico.
—Vamos, Vania. Míralo de esta forma: si la chica es tan "rabiosa" como dice el anuncio, quizá sea la única capaz de mantener a Mila ocupada más de dos horas. Además —añadió con una sonrisa socarrona—, ¿no decías que querías abrir rutas en el Caribe? Un poco de vocabulario no te vendría mal ni a ti.
Ivan miró el papel rosa neón. El color le recordaba el beso en su mejilla y la derrota constante frente a su hermana. Suspiró, un sonido que salió desde lo más profundo de su pecho.
—¿Y por qué debería pagarte yo estas clases? Tienes tu asignación mensual.
—Porque es una inversión en mi educación superior —respondió Mila con rapidez—. Y porque si me dejas hacerlo, prometo no volver a mencionarte el tema de la novia por... tres semanas.
Ivan guardó silencio durante un minuto eterno. La sombra de una duda cruzó sus ojos hipnóticos. Finalmente, señaló el papel.
—Tres semanas de silencio absoluto sobre mi vida privada. Ni una palabra de bodas, citas o aplicaciones de romance.
—¡Hecho! —Mila casi vuela sobre la mesa para sellar el trato.
—Trae a esa "maestra" mañana para una entrevista —ordenó Ivan, recuperando su tono autoritario—. Si me mira mal o si intenta robarse un cenicero, Igor la sacará por donde vino.
Mila salió dando saltitos, ya marcando el número en su celular. Ivan miró a Igor, quien seguía sonriendo.
—Tengo un mal presentimiento sobre esto, Igor.
—Yo no, Vania. Creo que el rosa neón es justo lo que este cementerio necesita para despertar.