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AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

Status: En proceso
Genre:Terror / Venganza / Traiciones y engaños
Popularitas:170
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.

¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 7

Me obligo a ponerme en pie, aunque mis músculos protestan con cada movimiento. Mis manos me queman, un recordatorio constante de que en Aethelgard cada decisión deja una cicatriz. Miro a Marcos a través del cristal. Me está pidiendo perdón con los labios, pero sus ojos ya están buscando el siguiente modo de sobrevivir a mi costa. Lo desprecio tanto que ese sentimiento es lo único que me mantiene erguida.

El oficial me guía por un túnel que sale del sótano, un pasadizo estrecho tallado directamente en la roca volcánica de la isla. El sonido de los servidores se desvanece, reemplazado por el rugido del mar, que aquí abajo suena como una bestia atrapada.

—¿Quién es él? —pregunto, con la voz rota—. El anfitrión. No eres tú. Tú solo eres el perro guardián.

El oficial se detiene frente a un ascensor de acero inoxidable que parece fuera de lugar en este túnel de roca.

—Él es el hombre que no debisteis dejar morir —responde, abriendo la puerta del ascensor—. O tal vez es solo la idea de él. En esta isla, la diferencia es irrelevante.

El ascensor empieza a subir. Siento la presión en los oídos. Subimos mucho más allá de la planta baja, hacia lo más alto de la estructura gótica-modernista de Aethelgard. Cuando las puertas se abren, me encuentro en un observatorio circular. Las paredes son de cristal de suelo a techo, ofreciendo una vista panorámica de la tormenta que ha vuelto a estallar con una furia renovada. Rayos iluminan el océano, revelando la inmensidad de nuestra soledad.

En el centro de la estancia, de espaldas a mí, hay una silla de ruedas de alta tecnología. De ella salen cables que se conectan a una consola llena de luces parpadeantes. Frente a la silla, una pared de monitores muestra cada rincón de la isla, cada invitado, cada secreto.

—He traído a la conductora —dice el oficial con una reverencia casi religiosa.

La silla gira lentamente.

Mi corazón se detiene. Me preparo para ver una cara desfigurada, un monstruo, un espectro. Pero lo que veo es mucho peor. La persona sentada en la silla es una mujer anciana, de una elegancia aristocrática que me resulta vagamente familiar. Tiene el pelo blanco recogido en un moño perfecto y unos ojos de un azul tan claro que parecen de cristal. En su regazo, descansa un marco de fotos de plata.

Es la madre de Julián. La mujer que salió en televisión rogando por información, la que se consumió en las noticias mientras nosotros nos repartíamos el botín de nuestro silencio.

—Hola, Elena —dice la mujer, y su voz es la misma que la del sistema de la isla, solo que ahora no hay filtros electrónicos—. Te estaba esperando. ¿Te gusta mi casa? La construí con cada céntimo que me dejó la herencia de mi marido, solo para este momento.

—Señora López... —balbuceo, sintiendo que las rodillas me fallan de verdad—. Yo... lo siento tanto...

—No —me interrumpe con una calma gélida—. No lo sientes. Sentir es lo que se hace cuando se rompe un jarrón. Lo que tú hiciste fue enterrar a mi hijo vivo en el fango y luego seguir adelante como si nada hubiera pasado.

Señala los monitores.

—He pasado diez años estudiando vuestras vidas. He visto cada ascenso, cada viaje, cada momento de felicidad que le robasteis a Julián. He contratado a los mejores ingenieros, a los mejores hackers, a los hombres más desesperados como este oficial, para crear un lugar donde la realidad no pudiera protegeros.

—¿Qué quiere de nosotros? —pregunto, con las lágrimas corriendo por mi cara ensangrentada.

—Justicia —responde ella, acariciando el marco de la foto—. Pero la justicia de los hombres es lenta y se puede comprar. Mi justicia es... tecnológica. Aethelgard no es solo una prisión, Elena. Es una base de datos viviente. Cada confesión que hacéis, cada secreto que revelo, está siendo transmitido en este mismo instante a un servidor seguro fuera de aquí. En cuanto yo pulse un botón, vuestras vidas, vuestras reputaciones y vuestra libertad desaparecerán para siempre.

—Hágalo entonces —digo, dando un paso adelante—. Púlselo. Prefiero la cárcel a este infierno.

La anciana sonríe, y es la sonrisa más triste que he visto jamás.

—Eso sería demasiado fácil, querida. La cárcel es un lugar físico. Yo quiero que viváis en la cárcel de vuestra propia traición. Mirad la pantalla de la izquierda.

Miro. En el monitor se ve a Marcos y a Víctor en la sala de servidores. Han encontrado una consola de control. No están buscando una salida para todos. Están peleando. Marcos está intentando borrar los archivos que le incriminan a él, incluso si eso significa borrar las pruebas que salvarían a Clara. Víctor intenta detenerlo, pero no por justicia, sino porque cree que si Marcos borra su rastro, él será el único que pague.

—Ves —dice la madre de Julián—. Ni siquiera en el corazón del abismo sois capaces de ser humanos.

De repente, una alarma empieza a sonar en todo el observatorio. El oficial mira su tablet con urgencia.

—Señora, el sistema ha detectado una anomalía. Alguien está intentando hackear el núcleo desde el exterior. No son los invitados.

La anciana frunce el ceño. Sus dedos se mueven por la consola con una agilidad sorprendente.

—Imposible. Aethelgard es una fortaleza.

—No es un hacker —digo yo, recordando algo que Marcos mencionó hace diez años sobre el coche patrulla—. Es la compañía de seguros. El hombre que Marcos sobornó después del oficial. Él siempre supo que esto no terminaría bien.

Un impacto sacude la estructura. No es un rayo. Es una explosión en los niveles inferiores. Las luces del observatorio parpadean y el cristal empieza a vibrar con una frecuencia peligrosa.

—Parece que tus amigos tienen sus propios planes de contingencia, Elena —dice la anciana, levantándose de su silla con un esfuerzo visible—. Pero se olvidan de algo. Esta isla solo tiene una regla de salida. Y no es técnica.

Me entrega el marco de fotos que tenía en el regazo. Miro la foto. Es Julián, sonriendo en la playa. Pero detrás de la foto, hay un pequeño compartimento. Lo abro. Dentro hay una llave de contacto. La llave del coche del accidente.

—La isla está programada para autodestruirse si el núcleo es comprometido —dice ella, mientras el oficial empieza a retroceder hacia la salida de emergencia—. Solo hay un vehículo de escape en el muelle privado. Un coche. El mismo modelo que conducías aquella noche.

Me mira fijamente a los ojos.

—La puerta de la sala de servidores se abrirá en un minuto. Tienes sesenta segundos para llegar al muelle. El coche solo tiene dos plazas.

Siento el peso de la decisión como una losa de hormigón. Marcos, Víctor, Clara... y yo. Cuatro personas. Dos plazas. Y el oficial, que ya está corriendo hacia el ascensor.

—¿Quién se queda atrás esta vez, Elena? —pregunta la voz de la anciana, fundiéndose con la voz de la IA de la isla—. ¿A quién vas a enterrar hoy para salvar tu pellejo?

El suelo se inclina violentamente. El observatorio empieza a resquebrajarse. Corro hacia el ascensor, con la llave de Julián apretada en mi puño, mientras las pantallas muestran a mis amigos desesperados, sin saber que su libertad depende de mi capacidad para volver a ser una asesina o convertirme en una mártir.

Las luces de emergencia rojas bañan el pasillo mientras corro, el dolor de mis manos quemadas ahora es solo un ruido de fondo frente a la adrenalina. Llego a la planta baja justo cuando la puerta de la sala de servidores salta por los aires. Marcos sale el primero, empujando a Clara, con los ojos inyectados en sangre. Víctor lo sigue, cojeando, con un trozo de metal en la mano.

—¡Elena! —grita Marcos al verme—. ¡Dime que tienes una salida!

No le contesto. Solo empiezo a correr hacia el muelle, escuchando sus pasos pesados detrás de mí, mientras la estructura de Aethelgard empieza a gemir bajo el peso de las explosiones internas. El aire huele a quemado, a mar y a la inevitable conclusión de una mentira que duró una década.

Llego al borde del muelle. Allí está. El coche blanco, idéntico al de aquella noche, con el motor ya en marcha, ronroneando como un depredador esperando. El oficial ya está al volante, mirándome con impaciencia.

—Solo queda un sitio, Elena —grita por encima del ruido de las explosiones—. ¡Sube o muérete con ellos!

Me detengo en seco. Marcos llega a mi lado, empujándome para intentar abrir la puerta del copiloto. Víctor se lanza sobre él, y ambos empiezan a rodar por el suelo del muelle, peleando por la última oportunidad de vivir. Clara llega la última, cayendo de rodillas, mirando el coche con una expresión de vacío absoluto.

Miro la llave en mi mano. Miro a mis "amigos" destrozándose entre ellos. Miro el mar negro que brama bajo nosotros.

Y entonces, comprendo el último giro del juego de la madre de Julián.

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