Completa
SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.
Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.
Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.
NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 7: El Fuego del Campamento
El bosque de Aethelgard era un laberinto de robles centenarios y sombras espesas que tragaban la luz de la luna. El campamento rebelde estaba oculto entre las raíces de los árboles más grandes, camuflado con ramas y telas oscuras que lo hacían invisible desde el aire. Docenas de hogueras pequeñas iluminaban los rostros curtidos de hombres y mujeres que habían apostado sus vidas por una causa que nadie más se atrevía a nombrar.
Isolde estaba sentada frente a una de esas hogueras, con una manta de lana gruesa sobre los hombros y su vestido de seda azul medianoche hecho jirones hasta la rodilla por la huida a caballo. Su cabello dorado estaba suelto y salvaje, con ramitas y hojas enredadas entre los mechones. A pesar de todo, seguía siendo la imagen más hermosa que nadie en ese campamento había visto jamás.
Pero ella no veía nada de lo que la rodeaba.
Sus ojos azules solo miraban hacia la entrada del campamento.
Alaric.
Llevaba una hora esperando. Cédric le había traído agua y pan, Genevieve se había instalado a su lado después de llegar con un corte superficial en el brazo y la daga todavía manchada de rojo, contándole en voz baja cómo había acorralado a Valerius antes de que los rebeldes lo capturaran. Pero Isolde apenas escuchaba.
—Llegará —dijo Genevieve en voz baja, apretando la mano de su amiga.
—No lo sé —susurró Isolde— . Lo dejé solo contra todos ellos.
—Isolde —dijo Cédric desde el otro lado del fuego, con una sonrisa tranquila—. He visto al Duque matar a doce hombres con una sola espada en la oscuridad y salir sin un rasguño. Esta noche solo tenía que lidiar con veinte.
Entonces se escuchó. El ruido de cascos pesados sobre tierra húmeda, la voz grave del vigía anunciando al recién llegado y el silencio expectante del campamento entero.
Alaric entró entre los árboles a caballo.
Estaba destrozado. Su jubón de cuero negro estaba cortado en varios lugares, una herida en el costado le manchaba la túnica de rojo oscuro y su cabello largo estaba revuelto y pegado a la barba por el sudor y la sangre. Pero su postura sobre el caballo era erguida, imponente, como si la muerte misma fuera incapaz de doblegarlo.
Sus ojos café escanearon el campamento en segundos, buscando algo. A alguien.
Cuando la encontró, el alivio que cruzó su cara de malo duró apenas un latido antes de ser reemplazado por su expresión habitual de granito. Desmontó con un movimiento fluido a pesar de la herida, entregó las riendas a un rebelde y caminó hacia ella.
Isolde se puso de pie sin pensarlo. La manta cayó al suelo.
Alaric se detuvo frente a ella. La miró de arriba abajo con esa mirada de inventario que la hacía sentir como un objeto, pero esta vez Isolde vio algo diferente en sus ojos oscuros. Una tormenta que luchaba por no desbordarse.
—Estás herido —dijo ella, su voz era apenas un hilo.
—Estoy bien —respondió él, y su tono era el de siempre, seco y cortante.
Isolde dio un paso hacia él y puso sus manos pequeñas sobre su pecho. Sintió el latido furioso de su corazón bajo las capas de cuero y sangre seca. Alaric se tensó como si el simple contacto de esas manos diminutas lo electrocutara.
—Te dije que te fueras —murmuró él, mirándola desde su altura aplastante.
—Y yo te dije que no soy una prisionera —respondió ella.
Un silencio cargado de electricidad. Las llamas del fuego cercano iluminaban el rostro de los dos, el contraste entre la piel dorada y delicada de Isolde y la dureza oscura y cicatrizada de Alaric.
Fue Isolde quien se movió primero. Se puso de puntillas, sus manos subieron por el pecho de él hasta su cuello, y lo atrajo hacia abajo con una determinación que sorprendió hasta al propio Alaric.
—Isolde... —gruñó él en advertencia, sus grandes manos cerrándose sobre su cintura con una firmeza que era medio freno y medio rendición.
—Calla —susurró ella contra su boca.
Y Alaric "El Carnicero", el hombre más temido de Aethelgard, el que nunca había obedecido a nadie, obedeció.
Sus labios se encontraron con los de ella como dos fuerzas opuestas que llevaban meses orbitando la una hacia la otra. El beso no fue suave. No podía serlo entre ellos. Fue hambriento y torpe y desesperado, el beso de dos personas que habían estado fingiendo que no se necesitaban. Alaric la levantó del suelo con una sola mano bajo su cintura, pegándola contra su pecho masivo mientras ella se aferraba a su cabello largo con los dedos. Él sabía a hierro y a noche y a secretos guardados demasiado tiempo.
Cuando se separaron, ambos jadeando, Alaric la bajó al suelo pero no la soltó. La apretó contra él con una ferocidad que rozaba el dolor y escondió su cara en el cabello dorado de ella. Isolde sintió el temblor en sus brazos de acero, la misma tensión que un hombre siente cuando ha estado a punto de perder algo y no sabe cómo manejarlo.
—Eres un problema muy serio —murmuró él contra su cabello.
—Lo sé —respondió Isolde, sonriendo por primera vez en días.
Genevieve, desde el otro lado del fuego, apretó la mano de Cédric con una sonrisa de medio lado. Él se inclinó y le besó la sien con suavidad, sus dedos de campesino entrelazados con los de ella, que eran de nobles.
Más tarde, cuando el campamento dormía y solo las brasas moribundas iluminaban las tiendas, Alaric llevó a Isolde a la más alejada, lejos de todas las miradas. La hizo entrar empujándola suavemente por los hombros y se quedó de pie frente a ella, llenando el espacio de la tienda con su sola presencia.
—Déjame ver la herida —dijo Isolde, con voz firme.
—No es nada —dijo él.
—Alaric.
El sonido de su nombre en los labios de ella lo detuvo. Apretó la mandíbula y, sin decir una palabra, se quitó el jubón de cuero. Isolde contuvo el aliento. Su torso era un mapa de poder y cicatrices: músculos definidos como esculpidos en piedra, marcas de espadas antiguas que contaban batallas que nadie había ganado contra él, y una herida fresca en el costado que sangraba lentamente.
Isolde tomó el paño que había en un cuenco de agua fría y se arrodilló frente a él. Con sus manos pequeñas y delicadas comenzó a limpiar la herida. Alaric no se movió, pero sus ojos café no se despegaron de ella ni un segundo.
—¿Cómo puedes ser tan brutal y tan estúpido al mismo tiempo? —murmuró Isolde mientras limpiaba.
—Es un talento natural —respondió él, y por primera vez en todo el tiempo que llevaban juntos, Isolde escuchó algo que se parecía a una sonrisa en su voz.
Ella levantó la vista. Sus ojos azules se encontraron con los café de él, a pocos centímetros de distancia. Sin el jubón, sin la espada, sin el castillo y sus reglas, Alaric era simplemente un hombre. Un hombre enorme y peligroso y herido que la miraba como si fuera lo único real en un mundo de mentiras.
—Cuando tenga la edad que a ti te parece suficiente —dijo ella en voz baja, con una intensidad que hizo que el pecho de Alaric se contrajera—, no voy a pedirte permiso.
Alaric bajó la mano y le acarició la mejilla con el dorso de sus nudillos rugosos. Fue el toque más suave que le había dado, y fue eso precisamente lo que le cortó la respiración a Isolde.
—Lo sé —murmuró él, y la oscuridad de su voz prometió cosas que hicieron que el calor le subiera a Isolde hasta la raíz del cabello—. Y cuando llegue ese día, Isolde, voy a recordar cada segundo que esperé y voy a cobrármelo todo.
La tienda quedó en silencio. Afuera, el viento agitaba los robles de Aethelgard y las brasas del campamento morían lentamente. Pero adentro, entre ese hombre de hierro y esa niña de oro, ardía algo que ningún reino en el mundo podría apagar.