Luisa, una mujer con un ex marido y tratando de llevar esta situación lo mejor posible, fallece por una alergia.
Pero no fue un accidente. 5 años después, Gaya Santoro es la esposa de Sebastián Guillén, el ex marido de Luisa. Con un tráfico final e igual al de Luisa, falleció.
Sin embargo despertó Luisa Mendez, la primera esposa después de 5 años reencarna en otro cuerpo, joven y hermosa, es ahora que la venganza debe triunfar. Todos los que lastimaron pagarán.
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Cap. 7 Los dibujos
Tomás levantó la cabeza y la miró con esos ojos que eran idénticos a los de ella, a los de Luisa. La misma forma, el mismo color miel, la misma expresión curiosa.
—Eres diferente —dijo de repente.
Luisa sintió que el corazón se le detenía.
—¿Diferente? ¿Cómo?
El niño frunció el ceño, pensando.
—No sé. Tu voz suena... distinta. Y me miras de otra manera. Como si me conocieras de antes.
Sebastián soltó una risa nerviosa.
—Tomás, no digas tonterías. Gaya ha estado en el hospital, está cansada. Déjala respirar.
Pero Tomás no apartó la mirada. Y Luisa, en lo más profundo de su ser, supo que su hijo siempre había tenido una sensibilidad especial. Que él, a diferencia de los demás, podía ver más allá de las apariencias.
—Quizás es que te he extrañado mucho —dijo ella, esquivando el comentario—. Y tengo muchas ganas de estar contigo. ¿Quieres enseñarme los dibujos que has hecho mientras estaba en el hospital?
La cara de Tomás se iluminó.
—¿Los tuyos? ¡Claro! He hecho un montón. Uno de un caballo, y otro de un dragón, y otro de ti con una capa de superheroína…
Mientras el niño tiraba de su mano para llevarla escaleras arriba, Luisa lanzó una mirada rápida a Sebastián. Su exmarido la observaba con una expresión extraña, como si intentara resolver un rompecabezas. Pero no dijo nada, solo asintió y se alejó hacia la cocina.
En el cuarto de Tomás, todo era orden y color. El niño había heredado su meticulosidad: los lápices estaban perfectamente alineados sobre el escritorio, los libros colocados por tamaño en la estantería, la cama impecablemente hecha.
Las paredes estaban cubiertas de dibujos, y entre ellos, Luisa reconoció algunos: un retrato de Pauline, otro de un perro que habían tenido cuando él era pequeño, y sí, uno de Gaya con una capa roja ondeando al viento.
—¿Te gusta? —preguntó Tomás, señalando ese último.
—Mucho —respondió ella sinceramente—. ¿Por qué me dibujaste con capa?
—Porque eres valiente. —El niño se sentó en la cama y la miró con seriedad—. La tía Vane dice que eres débil, que no sirves para nada. Pero yo sé que no es verdad. Una vez te vi llorando en el jardín y al día siguiente estabas sonriendo otra vez. Eso es ser valiente.
La tía Vane. Otra vez Vanesa, metiendo su veneno incluso en la mente inocente de un niño de diez años.
—Tomás —dijo Luisa, sentándose a su lado en la cama—, ¿quieres contarme algo sobre la tía Vane? ¿Cómo es ella contigo?
El niño se encogió de hombros.
—Normal. Me trae regalos a veces. Pero siempre me mira raro. Como si no le gustara lo que digo. Una vez le conté a papá que no me caía bien y papá se enfadó. Dijo que era una amiga de la familia y que tenía que respetarla.
—¿Y Lauren?
—Lauren la adora. Hacen cosas juntas todo el tiempo. Van de compras, ven películas, hablan de chicos... —Hizo una mueca de disgusto—. Lauren cambió mucho cuando llegó la tía Vane. Antes jugaba conmigo a veces. Ahora ni me mira.
Luisa sintió que el pecho se le comprimía. Su niña, su Lauren, perdida para siempre en el laberinto que Vanesa había construido a su alrededor.
Y lo peor era que no podía culparla del todo: era solo una niña cuando comenzó el lavado de cerebro, una niña que necesitaba atención y cariño, y Vanesa se lo había dado todo a cambio de su lealtad.
—¿Sabes qué? —dijo, pasando un brazo por los hombros de Tomás—. Yo tampoco confío mucho en la tía Vane. Así que hagamos un trato: tú y yo nos cuidamos mutuamente, ¿vale? Si ves algo raro, o si alguien te hace sentir incómodo, me lo dices a mí primero. ¿Te parece?
Tomás la miró con esos ojos que eran tan suyos, tan profundamente suyos, y asintió con solemnidad.
—¿Y si es la tía Vane la que me hace sentir incómodo?
—Especialmente si es la tía Vane.
El niño sonrió, una sonrisa amplia y sincera que iluminó toda su cara.
—Eres la mejor madrastra del mundo, Gaya.
Madrastra. Esa palabra resonó en su cabeza como un eco lejano. Madrastra, no madre. Pero por ahora, tendría que conformarse con eso.
Pasaron la tarde juntos, viendo dibujos, hablando de la escuela, de los amigos de Tomás, de sus series favoritas. Luisa descubrió que su hijo era esencialmente el mismo niño dulce que recordaba, aunque un poco más callado, un poco más observador.
Había aprendido a navegar las aguas turbulentas de su familia sin hacer demasiado ruido, a pasar desapercibido para evitar conflictos. Eso le rompió el corazón.
Cuando el reloj marcó las ocho, Pauline asomó la cabeza por la puerta.
—Señorita Gaya, la cena está lista. Don Sebastián pregunta si quiere bajar a comer.
—Sí, claro. —Se levantó y besó a Tomás en la frente—. ¿Bajas tú también, cariño?
—Después. Quiero terminar este dibujo.
En el comedor, la mesa estaba puesta para cuatro. Sebastián ya estaba sentado en la cabecera, y a su derecha... allí estaba Lauren.
Luisa se quedó inmóvil en el umbral, mirando a la adolescente que era su hija. Tenía catorce años ahora, y había cambiado tanto que por un momento le costó reconocerla.
El cabello, que de pequeña era castaño claro como el suyo, ahora estaba teñido de un rubio casi blanco. Llevaba maquillaje oscuro en los ojos y una expresión de aburrimiento perpetuo en el rostro. Iba vestida con ropa cara que ella no le había comprado, joyas que ella no le había regalado.
—Lauren —dijo, y su voz sonó extraña incluso para sí misma.
La adolescente levantó la vista de su teléfono por un momento, la escaneó de arriba abajo con una mirada fría, y volvió a concentrarse en la pantalla.
—Qué bien que estés bien —dijo, sin el más mínimo interés.
Sebastián carraspeó.
—Lauren, podrías ser un poco más amable. Gaya ha estado en el hospital.
—Ya he dicho que me alegro. —La niña—la mujer, porque ya no era una niña—encogió un hombro—. ¿Qué más quieres que diga?