"Aitana creció bajo el ruido de los pleitos de fin de semana y el silencio de un abuso que nadie vio; esta es la historia de cómo una niña rota buscó su hogar en manos ajenas, descubriendo que el pasado siempre reclama su lugar bajo la lluvia."
Me llamo Aitana y mi vida se divide en fragmentos. El primero se rompió cuando tenía seis años en el baño de una casa ajena; el último, cuando entregué la llave de mi alma a quien juró protegerme. He vivido entre el ruido de botellas vacías y el silencio de un secreto que me quemaba la garganta. Si buscas una historia de finales felices, sigue de largo; pero si quieres saber cómo se siente amar hasta quedar vacía y cómo se sobrevive cuando tu 'casa' se derrumba, quédate conmigo bajo la lluvia.
si sientes que esta historia no te gusta a favor de solamente dejar de leerla y absténgase a denuncias.
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La Memoria del Cuerpo
NARRADOR
La convivencia en aquella casa de dos recámaras era un ejercicio constante de paciencia y amor. Aunque el cariño sobraba, el espacio físico dictaba una realidad difícil: siete adultos y una bebé compartiendo cada metro cuadrado. Los hermanos de Julián empezaban a sentir el peso del hacinamiento, y las conversaciones sobre el futuro y la falta de privacidad se volvieron inevitables en la mesa.
Una tarde, después de que la familia terminara de comer, los padres de Julián los llamaron a la cocina. Se sentaron frente a ellos con una solemnidad que al principio asustó a la protagonista.
— Queremos preguntarles algo con seriedad —dijo el padre de Julián, mirando a la pareja—. Ya llevan tiempo viviendo aquí como pareja, están juntos en todo. ¿Ya son una pareja de verdad en todos los sentidos?
Julián y ella se miraron. No había vergüenza, solo la confirmación de un compromiso que ya era sólido en sus corazones.
— Sí, papá. Estamos juntos —respondió Julián con firmeza.
— Entonces no es justo que sigan así —intervino su suegra con suavidad—. Una pareja necesita su lugar. Su padre y yo hemos decidido que ustedes se queden con nuestro cuarto. Nosotros nos pasaremos al otro cuarto con los muchachos y la tía.
El sacrificio de los suegros la dejó sin palabras. Ceder su habitación, su único espacio de independencia, para que ellos tuvieran intimidad, era el regalo más grande que le habían hecho. Esa misma tarde hicieron el cambio. Al cerrar la puerta de esa habitación y verse, por primera vez, solos tras cuatro paredes que les pertenecían únicamente a ellos, el aire cambió. Ya no había literas, ni ventiladores compartidos, ni el llanto de la bebé de fondo. Solo estaban ellos.
Sin embargo, antes de que el deseo ganara terreno, ella sintió que no podía dar un paso más sin entregarle a Julián la última pieza de su rompecabezas. Se sentaron en la orilla de la cama, bajo la luz tenue de una pequeña lámpara.
— Julián, tengo que decirte algo... —empezó ella, con la voz temblorosa—. Antes de que pase algo entre nosotros, necesito que sepas quién soy realmente. No la chica alegre del supermercado, sino la mujer que ha pasado por cosas... horribles.
Con el corazón en la mano, ella le confesó todo. Le habló del abuso de su primo sobre el cemento frío, de la traición de Ricardo, del ataque en el quinto semestre y de la mochila arrastrada por el pavimento. Se lo contó todo, esperando ver en los ojos de Julián el mismo juicio que había visto en los de sus padres. Pero no fue así.
Julián la escuchó en un silencio absoluto. Cuando ella terminó de hablar, con el rostro empapado en lágrimas, él simplemente la atrajo hacia sí y la envolvió en un abrazo que se sintió como una armadura.
— Eso no cambia nada para mí —susurró Julián en su oído—. Tú no tienes la culpa de nada de lo que te hicieron. Aquí estás a salvo. Yo te voy a cuidar, siempre.
Esa noche, en el silencio de su nuevo cuarto, llegó el momento del encuentro físico. Julián, con una honestidad que la desarmó, le hizo su propia confesión.
— Tengo miedo de lastimarte... —dijo él, mirándola a los ojos—. Tú eres la primera mujer en mi vida. Nunca he estado con nadie, no sé bien qué hacer, pero quiero que sea especial para ti.
— Solo sé tú, Julián —respondió ella, acariciándole el rostro—. Solo sé tú.
El encuentro fue dulce y paciente. Julián buscaba constantemente su mirada, preguntando sin palabras si ella estaba bien, si se sentía cómoda. Su entrega era pura, sin la agresividad o el egoísmo que ella había conocido en otros hombres. Él quería que ella sintiera, que disfrutara, que por fin conociera el placer vinculado al afecto.
Pero el cuerpo tiene su propia memoria, una que no siempre obedece a la voluntad del corazón.
En el momento en que ella empezaba a sentir que algo nuevo despertaba en su interior, un calor que subía y amenazaba con hacerla perder el control, el trauma saltó como un resorte oculto. Justo cuando el placer estaba a punto de convertirse en un orgasmo, su mente gritó "peligro". Sin que Julián se diera cuenta, ella empezó a aguantar la respiración. Sus músculos se tensaron, no por el goce, sino por una fuerza interna que la obligaba a resistir.
"No sientas. No te sueltes. Protégete", parecía decirle su propio instinto.
Hacía fuerza, cerrando los ojos con intensidad, bloqueando esa culminación que su cuerpo buscaba pero que su memoria temía. Para Julián, todo estaba siendo perfecto. Él veía su entrega y creía que estaban en la misma sintonía, y ella, para no arruinar la magia del momento ni herir la ilusión de aquel joven que se estrenaba con ella, guardó el secreto. Sonrió, lo abrazó y le hizo creer que había llegado a la misma cima que él.
— Te quiero —le dijo Julián después, mientras descansaban abrazados bajo el ventilador—. Gracias por confiar en mí.
— Yo también te quiero, Julián —respondió ella, refugiándose en su pecho.
Se durmieron abrazados en su santuario privado. Julián dormía con la paz de quien ha descubierto un mundo nuevo; ella, en cambio, se quedó un rato mirando las sombras en el techo. Sabía que Julián era su lugar seguro, el hombre que la amaba con todo y sus cicatrices. Pero también comprendió que sanar el cuerpo era un camino más largo que sanar el alma. Aquella noche, aunque no hubo orgasmo, hubo algo mucho más importante: hubo respeto, hubo verdad y, por primera vez, hubo un hombre que no le quitó nada, sino que le ofreció todo lo que era.
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