De Rusia a México
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12
El amanecer en la mansión Petrov no trajo la luz, sino un funeral de silencio y disciplina. El "Espectro" no necesitaba gritar; su furia era un frío glacial que quemaba más que cualquier hoguera. Luna, con los brazos cruzados y esa mirada de hechicera que desnudaba hasta los pecados más ocultos, ordenó que los tres fueran llevados al gimnasio subterráneo antes de que el primer rayo de sol terminara de herir sus ojos cansados.
La venganza de Igor contra Alexei fue una obra maestra de sadismo militar. Mientras Ivanito y Misha eran obligados a presenciar la escena como advertencia, Igor arrojó un par de guantes a los pies de su pupilo.
—¿Crees que por saltar una ventana y golpear a unos niños ricos ya eres un hombre, Alexei? —la voz de Igor era un susurro peligroso—. Me faltaste al respeto a mí, a tu entrenamiento y a esta casa.
Igor no usó armas. Durante las siguientes tres horas, sometió a Alexei a una "sesión de corrección" de combate cuerpo a cuerpo sin descanso. Cada vez que Alexei caía a la lona con la resaca martilleándole el cráneo, Igor lo levantaba del cuello de la camiseta, negándole la rendición. Fue una lección de humildad brutal; le demostró que seguía siendo un cachorro frente a los lobos viejos. Alexei terminó con el cuerpo cubierto de hematomas, pero con la mirada fija, aceptando el dolor como el precio justo por su libertad efímera.
Para Ivanito y Mikhail, el castigo fue un asedio psicológico. Ivan decidió atacar sus fortalezas. A Ivanito, el "tanque" que amaba la acción, lo encadenó a un escritorio frente a una montaña de registros contables de la Bratva.
—Desde hoy, y durante un mes, no tocarás un gimnasio —sentenció Ivan—. Aprenderás que el poder reside en la paciencia de aguantar a un idiota sin romperle la cara.
Para el boxeador, estar quieto era una tortura china que lo hacía sudar de pura frustración.
A Mikhail, Luna le aplicó una medicina más amarga. Sabiendo que su mundo era la tecnología y su conexión interna, le confiscó todo dispositivo.
—Si quieres vivir en el mundo real, vívelo completo, Misha —dijo ella, entregándole una pala—. El jardín de invierno necesita ser removido manualmente. Solo tú y la tierra.
Misha pasó semanas cavando, enfrentándose cara a cara con el vacío de sus sentidos digitales, lo que lo obligó a fortalecer su conexión mental con Camila sin "muletas" tecnológicas.
Sin embargo, la verdadera tormenta se gestaba en los establos. Tras la paliza, Alexei se refugiaba allí, limpiando sus heridas con manos temblorosas. Masha, ignorando el peligro, lo encontró una noche con un kit de primeros auxilios.
—Déjame ayudarte —susurró ella.
—Vete, Masha —gruñó Alexei, apartando la cara—. Si Ivan nos ve, no habrá gimnasio que me salve esta vez.
—No me importa —respondió ella, presionando una gasa con antiséptico sobre su hombro.
El contacto fue como tocar un cable de alta tensión. Alexei la sujetó del brazo, pero esta vez no hubo deseo, sino una amargura profunda.
—¡Deja de jugar a la enfermera! —le gritó, poniéndose de pie a pesar del dolor—. Tú eres una Petrov, Masha. Tú vives en la seda y yo en el barro para que esa seda no se manche. Tu "amor" es un capricho que me va a costar la vida. Deja de usarme como tu escudo contra el aburrimiento.
Masha retrocedió, golpeada por la verdad brutal. El distanciamiento fue inmediato; Alexei se volvió robótico y distante, mientras Masha se encerraba en un silencio gélido. Pero en medio de las ampollas y el odio contenido, los tres jóvenes —Ivanito, Misha y Alexei— se reunían por las noches en la cocina, compartiendo pomada y sobras.
—Valió la pena —susurró Ivanito una noche.
—Valió la pena —repitieron los otros dos.
Habían pagado el precio, pero en la oscuridad, ya no planeaban travesuras, sino el día en que tomarían las riendas de su propio destino