Darién, un joven orgulloso, prejuicioso, al lado de su grupo de amigos se ve envuelto en una saga de estrategias en donde su única ambición es acabar con el aburrimiento.
La élite, como se hacen llamar. inician el juego de sus vidas, uno que comenzó como un simple experimento pero que pondrá sus mundos de cabeza.
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Llegada inesperada.
Un mes después:
El viernes por la tarde, la Universidad de Heidelberg era un hervidero de envidia destilada. Los rumores sobre el cumpleaños de Darién Herzog no eran simples chismes; eran crónicas de una mitología a la que todos aspiraban. Idril, movida por una mezcla de devoción e ingenuidad, caminaba flotando.
—Es una oda al ego, Idril. Un monumento a la superficialidad —escupió Aranza, apretando sus libros contra el pecho mientras esquivaba a un grupo de chicas que comparaban fotos de vestidos de diseñador.
—Es el hijo del Duque, Aranza. Es normal que el mundo se detenga —replicó Idril con una sonrisa soñadora—. Deberías venir. Eres mi mejor amiga, no quiero estar allí sin ti.
—¿A la boca del lobo? Prefiero una endodoncia sin anestesia —sentenció Aranza.
—Por favor, estás últimas semanas los chicos se han distanciado, me siento extraña sin ellos.
—Creí que yo era tu mejor amiga. — Dijo Aranza incrédula ante las palabras de su amiga.
—Lo eres, es difícil de explicar...
Aranza cruzó los brazos, Idril realmente estaba emocionada, "es una niña" pensó Aranza con una sonrisa tierna, dejándola soñar.
—Entonces quizás deberías ir...
Los ojos de Idril recuperaron el brillo, abrazó a su amiga y salió corriendo hacia el salón de clases para tomar su mochila.
Aranza miró la escena con ternura, le parecía un juego cruel pero quién eres ella para arrebatarle la alegría. Al abrir su casillero, el aire se le escapó de los pulmones. Sobre sus apuntes de química descansaba un sobre dorado, sellado con lacre negro y el blasón de los Herzog. Un objeto que pesaba más que el oro. Aranza lo miró con desconfianza, lo guardó con manos temblorosas, cuando de repente Josué, su compañero de química se acercó para saludar —Al fin te encuentro, ¿Qué es eso? — Dijo Josué señalando.
—Nada, solo publicidad de una joyería. —Afirmó Aranza.
Josué levantó una ceja confundido. —Ten cuidado, Owen quiere quedar bien con el profesor Smith, no te metas en problemas.
—No lo haré. —Afirmó Aranza, caminando junto a Josué rumbo al laboratorio.
Idril, por su parte, no recibió ninguna invitación, pero en su mente, ella ya era "parte del grupo". No necesitaba un papel para entrar en la casa de sus "amigos".
Emocionada gastó sus ahorros en un vestido lavanda de oferta y una caja de bombones artesanales, convencida de que estaba haciendo lo correcto.
La mansión Herzog era un imperio de luz blanca y cinismo. Holga Von Krieg reinaba con un vestido plateado que parecía mercurio líquido, marcando territorio junto a un Darién que bebía whisky con la mirada de quien espera el fin del mundo.
En el lugar se encontraba la crema y nata de la alta sociedad, todos los invitados habían sido cuidadosamente seleccionados.
Cuando Idril apareció en la entrada, el silencio se expandió como una mancha de aceite. No tenía invitación, pero el guardia, confundido por su insistencia casi infantil acompañada de las veces que la había visto en la mansión, terminaron de convencerlo. La dejó pasar esperando no haber cometido un error.
Al entrar al jardín, Idril se sintió pequeña. Su vestido lavanda, que en su habitación parecía elegante, aquí gritaba "barato" bajo las lámparas de cristal.
La mansión que ya de por si era todo lujo ahora se sentía irreal, un espejismo de poder, ambición y estatus.
Caminó junto a las paredes, pasando desapercibida conocía los caminos entre los jardines por lo que fácilmente llegó hasta donde se encontraba la élite.
—¡Oh, miren lo que trajo el viento! —rugió Saúl, intercambiando una mirada de puro asco con Samantha y Dona—. ¿Quién dejó entrar a la mascota?
Idril se acercó a ellos, ofreciendo su caja de dulces con una sonrisa que le temblaba en los labios. —Hola... hay tanta gente que pensé que jamás los encontraría.
—¿Qué haces aquí?—siseó Samantha, arrebatándole la caja y dejándola caer en una mesa de servicio—. Vete de inmediato, no puedes hablarnos aquí
Saúl, viendo a Holga acercarse junto a los hijos de algunos invitados, decidió que era hora de un correctivo.
Con la excusa de una foto grupal, empujó a Idril "accidentalmente". El chapuzón en la piscina helada fue coreado por una carcajada colectiva que rompió el alma de la joven.
Todos creían que se trataba de la servidumbre, Idril cayó junto a la señorita Anelly, una rubia prepotente, salpicando su vestido.
—Estúpida. —Rugió Anelly lanzando su copa hacia Idril, quién chapoteaba en la piscina intentando salir de ella.
—Te arrepentirás. —Gritó la chica, pero antes de que la escena avanzara, Elean Leroux, su acompañante, la tomó por la cintura con una calma que disfrazaba molestia. —No es el momento. —Susurro el hombre. Anelly asintió y caminó junto a él tomándolo del brazo, aún con el coraje en su pecho.
Darién, harto de la crueldad gratuita y las miradas asqueadas, apareció como un espectro sombrío. Arrojó su copa al suelo y extendió su mano hacia Idril sacándola del agua para después cubrirla con su chaqueta de esmoquin. —Lárgate de aquí, Idril —Le ordenó, con una urgencia que ella confundió con protección—. Esto no es para ti. Te van a destruir.
Los invitados veían la burda escena de reojo, lo único que minimizaba la burla era la intervención del cumpleañero.
Darién la encaminó hasta la salida del jardín trasero y, aprovechando la distracción, no regresó a la fiesta.
Saludo a algunos invitados que recién llegaban y converso unos minutos con el magnate Brekman.
Después, simplemente subió a su auto sin pensarlo dos veces. El rugido del motor rompió la quietud de la noche mientras dejaba atrás las luces elegantes, los brindis vacíos… su propio trono. Por primera vez, no huía de alguien más, sino de la versión de sí mismo que ya no quería ser.
El trayecto se le hizo eterno.
Cuando por fin llegó a los suburbios, el edificio viejo lo recibió con su olor a humedad y vida real. Subió las escaleras de dos en dos, sin importarle el eco de sus pasos ni el desorden de su respiración. Frente a la puerta del departamento 22, dudó apenas un segundo… y tocó.