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Sombras De Carmesí: El Pecado De La Dinastía Li..

Sombras De Carmesí: El Pecado De La Dinastía Li..

Status: Terminada
Genre:CEO / Vampiro / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En la vibrante metrópolis de Shanghái, la sangre no solo corre por las venas; es la moneda de cambio de un imperio que ha gobernado desde las sombras durante milenios.

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Capítulo 07

La noche caía sobre Shanghái como un paño negro bordado con hilos de neón. En el interior de un salón secreto, el sonido de una orquesta fantasma parecía flotar entre pilares de mármol y cortinas de seda. El perfume a sándalo, a lluvia reciente y a metal frío invadía el aire, mezclándose con el aroma acre de las copas de cristal tallado y las sombras que se movían con la gracia de quienes ya no pertenecen por completo a la humanidad. Shu Yan descendió por la escalinata envuelta en un vestido color vino que abrazaba cada curva, y cada paso parecía medir la reacción de la multitud que la rodeaba. Era la protegida de Li Zixuan, una etiqueta que pesaba como una cadena de plata que nadie quería romper.

El vestíbulo del salón estaba lleno de figuras que desafiaban la noción de lo humano: hombres y mujeres de perfil perfecto, jóvenes y eternos, con una presencia que evocaba tanto poder como peligro. Sus miradas no eran curiosidad: eran cuchillos envueltos en seda, evaluando, calculando, midiendo. Yan se movía entre ellos como una aguja en una conversación delicada, siempre observando, siempre calculando. El reflejo de las luces de neón en las superficies negras de sus trajes creaba destellos que parecían llamar a lo prohibido.

—Señorita Shu —dijo una voz envolvente al acercarse, registrando su presencia sin apenas disimular la admiración—. Bienvenida a la Gala de las Sombras. Soy Ji Yun, anfitriona y curadora de este umbral entre dos mundos. Tu entrada ha sido noticiada en susurros entre las sombras.

La mujer que habló, Ji Yun, era rostro de porcelana y sonrisa de terciopelo; su voz tenía la cadencia de quien conoce todos los secretos y se divierte revelándolos a destiempo. Sus ojos, brillantes y negros, parecían dos abismos en los que la luna se miraba sin descanso.

—Gracias, Señorita Ji. Es un honor —respondió Yan, manteniendo la compostura, aunque dentro de sí la vortex de emociones rugía—. No soy más que una persona que quiere entender el fin de la línea entre el poder y la culpa.

Ji Yun asintió con la cabeza, como si la hubiera evaluado ya por segundos y no por palabras. A su lado, un hombre de estatura imponente, con una sonrisa que no alcanzaba a ocultar la presunta amenaza, la observaba con atención. Vestía un smoking azul noche que le quedaba como un guante; su apellido resonaba en las conversaciones del salón: Wang Yu, representante de la facción Wang. Sus ojos, fríos y calculadores, parecían medir a cada invitado con la precisión de un analista que no perdona ningún fallo.

—El señor Wang está encantado de que nos acompañes esta noche —dijo Ji Yun, volviéndose hacia el hombre—. Es una noche de alianzas, Yan. Las alianzas sostienen imperios cuando la sangre y la plata se vuelven conceptos intercambiables.

Wang Yu inclinó la cabeza, no con una reverencia, sino con la frialdad de un arma bien engrasada.

—La protección tiene su precio, señorita Shu. Y tu presencia aquí es un recordatorio de que el Grupo Li no negocia con símbolos, sino con resultados. Espero que puedas demostrar esa capacidad esta noche.

Yan dejó escapar un breve respiro; sabía que cada palabra de Wang Yu era un eslabón de una cadena que quizá la ataría o la liberaría. Observó a Li Zhou, el anciano que parecía ausente entre la multitud y, sin embargo, su presencia era tan tangible como un muro de piedra. Li Zhou no sonreía. Sus ojos, escondidos bajo una frente de cejas gruesas, escudriñaban a cada invitado con la paciencia de alguien que ha visto demasiadas guerras para perder la calma por una fiesta.

Entre la multitud, un murmullo se elevó, suave pero inconfundible. Un par de figuras avanzaron con naturalidad entre la gente: Chen Wei, el jefe de seguridad de Li Zixuan, y un acompañante de ojos afilados y sonrisa desafiante: An Lian, líder clandestino de un enclave de la familia Si que no solía presentarse en eventos públicos. Este era un pulso de tensión, una prueba: la presencia de los Si en este escenario elegante podría significar que el conflicto estallaba en cualquier momento.

Yan se acercó a la mesa central, donde los anfitriones habían dispuesto una exhibición de caprichos gastronómicos que jugaban con los sentidos: sombras de caviar que parecían brillar con una vida interior, manjares que llegaban a la mesa en forma de pequeñas promesas de placer y peligro. El sommelier, un joven vampírico de piel pálida y cabello negro, vertía un vino que parecía absorber la luz de las lámparas y devolverla con un brillo rojizo. Yan intentó no mirar a Zixuan; su presencia estaba tejida a cada fibra de la vela que arde en ese mundo, y sin embargo estaba ahí, a su lado, como un pilar oscuro que sostenía la habitación.

—Señorita Shu —dijo una voz detrás de ella. Era Li Wei, un noble de la casa Li que había sido parte del consejo interno durante generaciones, con una mirada que no permitía errores—. Tu llegada ha causado un efecto interesante en la sala. Es la primera vez en décadas que una humana, o una humana con esa determinación, se mantiene firme ante la cara de la luna.

Yan se dio la vuelta para enfrentarlo. Sus palabras eran su escudo, pero su voz traicionaba menos confianza de la deseada.

—No estoy aquí para conquistar a nadie. Solo quiero entender por qué ciertos pactos se negocian a la sombra de una emoción llamada miedo, y por qué las sombras, a veces, brillan más que la verdad.

Wei asintió, como si hubiera esperado esa respuesta. En su mano, un vaso con un líquido que parecía humo. Se acercó a Yan, lo suficiente para que el perfume de sándalo que emanaba de su piel la envolviera, pero lo bastante lejos para que no pudiera oler la súbita fiebre que le provocaba su presencia. Sus palabras, cuando habló, eran casi un susurro:

—Porque en esta sala, la verdad es demasiado cara y la venda demasiado barata. Si quieres entender, pregunta a quienes ya la vendieron.

La moderación de Wei fue una máscara; Yan supo que él sabía más de lo que dejaba ver, y que era un hombre con una paciencia que podría durar años. A su izquierda, Li Zixuan apareció como si la habitación se hubiese contraído para contenerlo. Sus dedos rozaron la espalda de Yan de forma casi imperceptible, una caricia que parecía una promesa de poder y peligro.

—La gala es para enseñar, Yan —dijo él, en voz baja—. No para revelar. Pero si hay alguien a quien no debes ofender, es a Li Zhou y a su consejo. Ellos pueden convertir una sonrisa en un incendio en cuestión de segundos.

Yan no respondió. Los ojos de Zixuan, que parecían ver a través de la gente como si fueran sombras de vidrio, se posaron en una figura que venía hacia ellos con la facilidad de quien se sabe invitado en una casa ajena. Era una mujer de estatura media, con un vestido que parecía hecho de noche en estado líquido y con un collar de perlas negras que parecía un hilo de constelaciones. Sus movimientos eran elegantes pero llenos de una tensión contenida, como si cada paso fuera un combate que sabía que debía evitar ser un error.

—Buenas noches, Li Zixuan. —La voz tenía una musicalidad que contrastaba con la frialdad de su porte. La mujer se inclinó ligeramente ante él, y Yan supo de inmediato que era alguien de la esfera de Li Zhou, un pez grande que no solía enseñar sus aletas a cualquiera. Su nombre envuelto en murmullos? Lin Mei, una figura clave en la red de —lo que fuera— que atravesaba el entramado de clanes.

Zixuan no sonrió. En su rostro apareció una sombra que la hizo retroceder un paso, como si el mundo hubiera cambiado de textura al contacto con esa mujer. Lin Mei levantó la vista, sus ojos oscuros y profundos, y en ellos había una curiosidad que no era meramente personal sino estratégica.

—Lin Mei —dijo Zixuan—. Tu presencia no es bienvenida en mi gala, ni en mi casa. Si tienes algo que decir, dilo a mi espalda.

Lin Mei sonrió levemente, pero su sonrisa era más afilada que una daga. Sus ojos recorrieron a Yan de pies a cabeza, como si estuviera midiendo no solo su ropa, sino la sangre que corría por sus venas.

—Una humana en posiciones delicadas tiende a molestar a aquellos que permiten que sus aliados se conviertan en tiranos o en víctimas. Yo solo estoy aquí para observar, Li Zixuan. Observar a aquellos que pretenden sostener un reino con palabras y promesas.

Yan sintió la presión de la sala, la tensión de un juego que estaba a punto de estallar. El silencio que siguió se extendió como una hoja de metal cortante. Entonces, alguien aplaudió, primero tímidamente y luego con una resonancia que hizo que el salón entero respirara en sincronía. Era Li Zhou, que emergía desde una esquina oscura con la seguridad de quien acaba de activar un interruptor que revela el tablero completo.

El Anciano caminó hasta el centro de la sala, rodeado por una guardia de sombras que parecían no necesitar de la luz para moverse. Sus ojos, fríos, evaluaban a cada invitado con la paciencia de una persona que ha aprendido que el tiempo es el lujo más escaso.

—Bienvenidos —dijo, su voz suave como la seda y áspera como el acero al mismo tiempo—. Esta noche no es un simple banquete, sino un juramento. Aquí, bajo la luna que ve todo, recordamos que el poder no es un simple acto de voluntad: es una red de pactos que nos sostienen o nos deshacen.

Yan escuchó, tratando de no dejar que su respiración delatara el estremecimiento que la recorrió. Pensó en su padre, en la traición que había contado en secreto en su memoria. Pensó en que Li Zhou hablaba de pactos como si fueran las cuerdas de un instrumento musical que mantuviera a todos en perfecta armonía, cuando en realidad cada cuerda era un hilo tenso que, si se cortaba, podría hacer estallar el mundo.

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